HISTORIA DE UNA MALETA

POR ENRIQUE DE AGUINAGA, CRONISTA OFICIAL DE LA VILLA DE MADRID

Andaba por la sierra de Guadarrama, buscando el nacimiento del rio Manzanares. A la altura del Ventisquero de la Condesa, me encontré con un pastor y su rebaño de ovejas. Todo el tiempo por delante, todo el mundo a los pies, hablamos sin prisas.

Dos asombros me regaló el pastor. El primero: que el pastor conociera, distinguiéndolas, una por una, a sus ovejas, para mí todas iguales. El segundo asombro: la explicación, tan simple y natural, que me dio de esta habilidad, la misma por la que los humanos distinguimos a nuestros semejantes, la faz como principio de identidad. Una simpleza, con sus complicaciones.

Por lo pronto, distinguir a nuestros semejantes nos aproxima a una contradicción. Y me voy de cabeza a la Biblia; «Dijo Dios: “Hagamos el hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza…” Y creó Dios el hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó; macho y hembra los creo» (Gén, 1,26-27). La Biblia de Jerusalén anota que «semejanza» atenúa el sentido de «imagen», excluyendo la igualdad. El término concreto de «imagen» supone un parecido físico como el de Adán y su hijo.

La faz o el rostro, como principio de identidad, según confirma el desarrollo de las nuevas técnicas de identificación, las otras huellas dactilares. Y, desde esta superficie, a las supremas alturas. Se invoca a Yahveh en Los Salmos: «¡Alza sobre nosotros la luz de tu semblante!» (4.7).

Largo y enrevesado es el discurso de los filósofos sobre la identidad, desde Aristóteles a los contemporáneos. «Insecto apenas volátil», como me definía jocosamente un maestro, ¿qué puedo entender yo? Trapero de las ideas, merodeador de lo primario, pienso que, siendo el mismo, no soy el que era hace treinta años. Con lo que escuché en el aula a Eduardo Nicol (Barcelona, 1907-Méjico, 1990) me atrevo a repetir este aserto que he encontrado en la biblioteca: «Las expresiones que designan una persona y su cuerpo no son lógicamente equivalentes».

¿Qué soy yo? ¿Quién soy yo? Dos preguntas distintas y, por supuesto, dos distintas respuestas. En Julián Marías lo aprendí, en una tarde: «Cuando morimos desaparece lo que somos pero no quienes somos». Lo que somos, ya se sabe, objeto de tanatorio. Lo otro, la persona, el espíritu, más que el alma, ánima, común de los animales. Al modo orsiano, formas que pesan y formas que vuelan. Según San Pablo, «Todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo» (1 Tes 5.23).

¿Cómo una maleta a la deriva puede llegar a esta playa de los pensamientos encerrados en casa? ¿Qué rara asociación de ideas ha podido conectar dos nociones tan divergentes como la lubina y la Quinta Sinfonía de la parábola de Flammarion? Nos queda la ensoñación.

La maleta estaba en el altillo de un armario con otras maletas. Algo revisable aprovechando las circunstancias para darle una vuelta a la casa. Era la reina de las maletas, la maleta del padre, que la compró cuando las maletas no tenían ruedas. Paralelepípedo perfecto, con embellecedoras cantoneras en las esquinas, con sus caras de una especie de plástico suntuoso. Maleta de lujo, que nadie usaba por la incomodidad de su tamaño, tan geométrico.

Maleta, símbolo de lo viajero en cuanto que la vida es viaje, según unos, a ninguna parte; pero incesante. Imos indo se dice en gallego (vamos yendo). La maleta del padre, la maleta por antonomasia, estaba en el altillo, olvidada, vacía y brillante. Maleta con rostro que no se confundía con ninguna otra. Era la maleta. Las demás eran las maletas.

Con tal juego se creaba un orden caótico, una pintura abstracta adornada de atributos. También un arte realista, como las maletas del pintor Cristóbal Toral o la escultura de Eduardo Úrculo en la madrileña estación de Atocha. Como un remedo del pensamiento. Como una distorsión de la mente enjaulada, fantasmas de mi cerebro.

Acostumbrados a jugar con garbanzos, ¿Por qué no jugar con maletas, al orbe de las maletas? He jugado obsesivamente. Como en sueños. La maleta se ha ido agrandando más y más, hasta que en su interior se han acomodado todas las maletas del mundo. Y me he acomodado yo mismo.

No es fácil salir; pero imperativamente hay que salir. Los ancianos tienen, tenemos, más trabas, amén de mascarilla, guantes y bastón. Vuelta a la faz, ahora enmascarada. Vuelta a la maleta del padre. El mundo encrespado nos espera. El mundo luminoso nos espera. Vamos.

Fuente: http://www.larazondelaproa.es/

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