EL DEMONIO MERIDIANO Y UN GUISO DE ANCAS DE RANA

POR JOSÉ ANTONIO FIDALGO SÁNCHEZ, CRONISTA OFICIAL DE COLUNGA (ASTURIAS)

Portada del libro citado.

Guiso de ANCAS DE RANA, especialidad que preparan con maestría en BODEGA REGIA, en León capital.

Cuando yo era «nenín» y estudiábamos el catecismo del jesuita P. Astete, había un apartado que trataba de los pecados capitales y las virtudes que los evitan. Lo aprendíamos canturreando así:

«Contra soberbia, humildad;
contra avaricia, largueza;
contra lujuria, castidad;
contra ira, paciencia;
contra gula, templanza,
contra envidia, caridad;
contra pereza, diligeeeeencia»

Según dicen los psicólogos la pereza, si ataca al espíritu, es campo labrantío para que el demonio (el maligno) siembre la malicia de los otros pecados. Es ese estado que los antiguos llamaban ACEDIA o «taedium cordis», «anxietas», y «tristitia animae». Y decíase también que si ese estado de angustia se presenta en horas de duermevela de siesta, es el momento ideal para que el demonio invada con tentaciones pecaminosas nuestros pensamientos y deseos.

Es, como se lee en el salmo 91, «el azote («yasud») que devasta a mediodía y que San Jerónimo en su Vulgata tradujo como «el DEMONIO («yesed») que ASALTA a mediodía. Es decir, EL DEMONIO MERIDIANO.

Hace escasos meses (año 2020), un leonés de Cimanes del Tejar, DON FRANCISCO ALVAREZ VELASCO, profesor de Lengua y Literatura, poeta, escritor galardonado, publicó una preciosa novela , entre ficción y autobiografía, titulada INCURSIÓN Y MUERTE DEL DEMONIO MERIDIANO. En ella ensambla personajes imaginarios y personajes reales, lugares, situaciones vividas en su pueblo natal, ocultos en su mayoría con nombres ficticios.

Uno de ellos es «Macario», un joven «sordomudo para las palabras, pero no para los ruidos malos que resonaban en su cabeza sin poder salir : el canto del río cuando lo percibía como una interminable llorera , las ranas en verano… los llantos del hambre, los gritos de los niños cuando le tiraban piedras…»

«Macario los almacenaba en su baúl de ruidos y cuando no cabían más subía al monte Sardona y entraba en lo más hondo de la Cueva de la Loba Parda para vaciarlos allí»…en espera de que llegaran «las visitas de los sueños reparadores y en ellos desaguaba los ruidos malos …para que entraran los sonidos hermosos a los que era sordo en el mundo de afuera»

En esos sueños se sintió cocinero en la fonda de «Concha la Plexiglasa» y se vio guisando una cazuela de ANCAS DE RANA:

«Plexiglasa corta pedazos de braga roja para que vaya yo al Oribe a pescarlas. Pronto tengo tres docenas, las enhebro en juncos y subo alegre y cantando por la cuesta del Carcavón. Un morrón, dos pimientos «botón de fuego», dos tomates y cucharada de harina. Media hora en la sartén con manteca. Echo las ancas con vino blanco de Valdevimbre. Tres credos. Concha las sirve de tapa a la hora del vermú».

La primera vez que yo comí ancas de rana fue en Zamora donde, como tapa, las servían en un bar-cafetería cercano al Ayuntamiento. Después las disfruté, fritas al ajillo, en León capital, en un bar del «barrio húmedo» que se llamaba Casa Emiliano. Tiempo después en CASA BOÑO, en La Bañeza, guisadas en su salsa picantina ; y ultimamente en BODEGA REGIA, en la capital leonesa.

Hoy apenas hay charcas en los pueblos y las ranas autóctonas deben conservarse para proteger la especie. Las que abastecen los mercados son procedentes de Indonesia, Tailandia o Japón, cultivadas en granjas especializadas, y cuyas ancas exportan ya congeladas.- Como decimos en Asturias, «ye lo que hay».

Yo las guiso «a mi modo» siguiendo una receta que me enseñaron en Sahagún (León):

«Preparo un pisto con cebolla, pimiento verde, pimiento rojo, ajo, perejil u una guindilla de cayena. Cuando está todo bien pochado coloreo con un toque de pimentón y aromatizo con media hoja de laurel y un chorro de vino blanco fuerte. Tras unos hervores agrego las ancas de rana (ya descongeladas y limpias) y , si es preciso, un poco de caldo, y prosigo la cocción durante unos 10 minutos. Salpimento al gusto y sirvo, muy calientes, en cazuela de barro».
¡Ah! Y las voy comiendo «a tenedor y a dedo» para eliminar los «huesinos» y, de paso, «chupar los dedos» y mojar pan en la salsina.

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