MARIANO Y ANTONIO, DOS FUNERALES

POR ÓSCAR GONZÁLEZ AZUELA, CRONISTA DE CRONISTA DE LAGOS DE MORENO, JALISCO (MÉXICO)

legada del ataúd de Mariano Azuela González a la entonces Rotonda de los Hombres Ilustres. Distingo a mi padre Antonio González Cárdenas, mi tío Salvador Azuela, mis primos Alfredo Toral y Arturo Azuela, así como a Gustavo Carvajal y Salvador Novo. Al fondo asoma en lo alto la tumba de Ignacio Ramírez, El Nigromante.

Escribió esta nota Isse Núñez publicada el 2 de marzo de 1952 en Novedades, misma que guardo con gran cariño ya que me fue transcrita por mi hijo Óscar en uno de los últimos trabajos con que me apoyó, con su vista ya cansada; dice la nota:

“Don Mariano Azuela bajó ayer, a las 13 horas, a envolverse en la tierra mexicana que tanto quiso. Junto a la tumba recién abierta, reposan los restos de don Isaac Ochotorena, el biólogo, y del general Mariano Escobedo, el patricio. Un nuevo claro oscuro de dolor quedó así escrito en la página brillante de la literatura mexicana. Dolor de quienes conocieron su vida y su obra, y dolor ausente de los personajes que tuvieron vida merced a la magia de su pluma regia. Dolor inmortal que inspiró los bajos fondos de “La Marchanta” y las desilusiones de aquel Demetrio Macías que surgió en “Los de Abajo”. Dolor de los soldados desconocidos que abrieron brecha en los álgidos períodos revolucionarios que el ahora ausente escenificó en su obra.

Dolor sin lágrimas, sin embargo, en todos los que ayer rodearon el hermoso rincón de La Rotonda de los Hombres Ilustres para dar el último adiós al novelista que, como dijera Novo en su oración, “hizo que México dejara de ser un país simplemente plástico en la expresión artística de sus realidades actuales y esenciales, para ser también un país cuya literatura fuese vital y auténticamente enraizada en su suelo”.

El cuerpo del escritor fue llevado hasta su última morada en hombros de un grupo destacado de funcionarios: el licenciado Rogerio De la Selva, en representación del Señor Presidente de la República, licenciado Ángel Carbajal, licenciado Manuel R. Palacios, licenciado Antonio Martínez Baez, licenciado Franco Carreño, licenciado Agustín García López, doctor Antonio González Cárdenas y don Aarón Merino Fernández.

Mi tío Antonio Azuela Rivera, el último de esa estirpe, sencillo y alegre, cercano al pueblo de Tebanca, el que le despidió.

Eran las 13 horas, “La Marcha Fúnebre”, de Chopin rasgaba el alma. Escritores y funcionarios, poetas y artistas, el pueblo entero de México, con la totalidad de sus representativos formaba aquel cortejo que tardó 10 minutos en avanzar 100 metros.

“¡Qué hermoso día para sepultar a Mariano Azuela!>, dijo Gómez Arias. Y luego siguió improvisando:

La pieza fúnebre del gran orador fue una de las más sentidas, Gómez Arias cantó mejor que orar para poner de relieve aspectos humanos y desconocidos del desaparecido. Gómez Arias pidió que no hubiera lágrimas para el ausente, pero luego, él mismo, enronqueció su voz por la emoción del llanto que quería brotar: “Todos le debemos algo…” volvió a repetir para concluir con estas palabras: “Y ahora, amigo, descansa en paz si puedes, porque yo estoy seguro de que tu espíritu surgirá siempre que haya necesidad de enfrentarse a la farsa”. Hasta aquí parte de la nota.

Hablaron también Mauricio Magdaleno a nombre del candidato presidencial Ruiz Cortines, Salvador Novo a nombre de Bellas Artes, el rector Luis Garrido a nombre de la UNAM de la que el doctor Azuela fue catedrático. Hizo un nuevo panegírico: “…nunca se doblegó ante los grandes, ni halagó a los poderosos. Su obra fue un valor de probidad literaria ya que jamás trató de ascender a empleos, cargos u honores públicos, vendiendo su conciencia de escritor. Por ello, su muerte es de las que provocan un verdadero duelo nacional”; Jesús Silva Herzog tomó la palabra en representación de El Colegio Nacional; Rubén Gómez Esqueda, en representación de las autoridades capitalinas.

Su viuda, nieta de un oficial español desembarcado en Veracruz en 1817, la abuela Carmen, confesó años después a mi tío Antonio -en audio que conservo-, que ella se hizo novia de Mariano un 14 de septiembre de 1892, contrayendo matrimonio en esa misma fecha ocho años después; curiosamente, un 14 de septiembre también pero de 2017 moría en Veracruz el último de sus hijos, Antonio Azuela Rivera, 125 años después del inicio de aquel noviazgo. Fue el último portador del apellido Rivera, estirpe fundada por don Pedro Rivera Jiménez llegado de Chiclana en tiempos de nuestra Guerra de Independencia.

Con la muerte de mi tío Antonio se cerraba de manera impresionantemente puntual un círculo de vida familiar. Su funeral fue diferente al de su padre, menos espectacular aunque más auténtico; él, a quien gustaba ser llamado “El Maduro”, en su viudez, estuvo dedicado al rescate de las especies locales de flora en peligro de extinción, radicando en Tebanca, a la orilla de la laguna de Catemaco; en contacto con aquella comunidad a la que dio trabajo y recuperación ecológica como nadie, murió estando a unos meses de cumplir su centenario de vida.

Hoy lo adivino así, en la penumbra diciendo: “mi vida entre brujos y café fue muy interesante; fue renovador ver que la vida no son sólo libros, historia y gente importante; mis padres me recibieron, la expresión de mi mamá fue: “ya estamos juntos mi chiquito”; y el chiquito, semejante viejo; creo que tardé más de lo debido”.

Alrededor de su ataúd se reunió el pueblo con el que convivió; los niños le entonaron cantos; hombres y mujeres le rodearon de aromas y flores como no hubo igual en más de dos siglos de vida familiar. Allá quedó, enamorado del entorno y de todo lo que le rodeaba, a una jornada del mar por el que llegó su bisabuelo, don Pedro Rivera en 1815.

Aunque hay muchos más personajes y anécdotas familiares, cierro con este capítulo un simple relato que cruza por los diferentes tiempos de México desde antes de que lo fuera; personajes chispeantes, de pluma, templanza y acción; tiempos y espacios ancestrales en los que dejaron chispa o huella de razón, nunca de fortuna material o fingida aristocracia; ríos navegables de sangre por los que debemos bregar orgullosos sus descendientes, hasta el final de los tiempos, benditos sean.

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