ENTRE RUIDOS Y VACUNAS

POR FRANCISCO ROZADA MARTÍNEZ, CRONISTA OFICIAL DE PARRES-ARRIONDAS (ASTURIAS)

Arriondas no se parece a la Vetusta que Clarín reflejó magistralmente en «La Regenta», porque la capital de Parres ni bosteza ni duerme la siesta, pero llegado el mes de octubre entra en una especie de melancólico y agradable sosiego, tras superar la euforia de un verano más ruidoso y concurrido de lo que se podía imaginar antes de la llegada del estío de las mascarillas y las distancias en las relaciones sociales.

Lo mismo que en los años 40 las señoras de los estraperlistas llevaban collares de perlas de tres vueltas, ahora es señal de riqueza tener varios coches, una segunda residencia, hacer viajes cuanto más lejos mejor y -todo ello- entre el ruido y muchas voces -tan típicamente españoles-, porque antes eran las verduleras y pescaderas las que más gritaban por las calles para intentar llamar la atención y vender su mercancía, pero ahora es algo ya común, sumándose también legiones de jóvenes a ese desorden externo tan propio del país más ruidoso de Europa (y casi del mundo).

En estos tiempos de pandemia universal -disgregados y poco eclécticos- la vida sigue en el tiempo, y aunque algunos piensan que su tiempo ha desaparecido, lo cierto es que siempre está ahí y nosotros cabalgamos -bien o mal- dentro de sus límites.

Realmente lo que nos ocurre es que, en esta obra teatral a la que llamamos vida, a menudo ignoramos que los mejores papeles no suelen ser los de los protagonistas a los que no pocas veces se les pone ahí por pura estética, bien sea social, política, religiosa, cultural, sanitaria…, sino que son miles de seres anónimos los que trabajan por el bien común -de una forma vocacional y silenciosa- los verdaderos intérpretes de los mejores papeles del gran teatro del mundo, como notas musicales que aguardan pacientes en el pentagrama de la vida.

Desde hace semanas nos recuerdan que la gripe puede confundirse esta temporada con el covid-19, el cual ha llegado la pasada primavera para quedarse durante largo tiempo, a modo de incómodo huésped universal por nadie invitado.
Es cierto que conviene vacunarse para evitar que nuestro ingenuo organismo -que suele ser a menudo un poco conservador y un mucho indefenso- esté preparado para los virus mutados que, cada otoño, aparecen con un aspecto travestido de nuevas espículas superficiales.

Unos y otros nos quisieron convencer durante muchos años que España tenía uno de los mejores sistemas de salud del mundo -lo mismo que nos dijeron de nuestro sistema educativo y hasta de la banca española- hasta que la realidad vino a desmentirlo de forma rotunda.

Ahora nos invitan a vacunarnos de nuevo y -un año más- así lo haremos, mientras esperamos que la gestión en la administración de esta vacuna contra la gripe se organice de una forma eficiente y puntual, aunque no tomemos el ejemplo de los propios profesionales sanitarios, puesto que -según afirmó el Ministerio de Sanidad- el pasado año la media nacional de sanitarios españoles que se vacunaron contra la gripe no alcanzó ni al 35% de ellos, y apenas a un 57% del resto de toda la población española.

No son ejemplos a imitar, como no lo eran los médicos que atendían a sus pacientes fumando dentro de su consulta, o los profesores que hacían lo mismo dentro de las aulas mientras impartían clase, lo mismo daba que los alumnos tuviesen seis, doce o dieciocho años.

Demostrado está que -en la sociedad que nos ha tocado vivir- es más habitual de lo acostumbrado que desde tribunas, tertulias, palestras, hemiciclos, púlpitos, estrados y -ahora también- desde las redes sociales, veamos palpables ejemplos resumidos en la conocida expresión “Haz lo que yo digo, pero no lo que hago”.

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