EL LAVADERO DE LA HUERTA DEL JAZMINERO

POR JOAQUÍN CARRILLO ESPINOSA, CRONISTA OFICIAL DE ULEA (MURCIA)

LAVADERO

El artesano de Ulea y miembro del Tribunal de las Aguas de Murcia, nacido en este pueblo murciano, en el año 1949, José María Carrillo López, tenía una finca, al principio de la calle de «Las Huertas», que heredaron sus cuatro hijos Dámaso, Blas José. Dorotea Isabel y Joaquín Carrillo Benavente.

A Joaquín, le tocó en herencia el terreno colindante por el oeste con su hermana Dorotea Isabel y, por el sur, con su hermano Blas José. A la parcela de terreno que le tocó en suerte al menor de ellos, Joaquín, se le llamaba- y se le sigue llamando- «Huerta del Jazminero»; por tener plantado a la cabecera de la finca un frondoso y oloroso jazminero.

Entre los años 1930 y 1950, no había agua potable y nos surtíamos por el caudal de agua que circulaba por las acequias mayor y menor. Solamente unos pocos almacenaba en aljibes o en pozos, el agua de lluvia, qué, como no sabían tratarla, se les corrompía.

Al no haber agua en las casas, las personas hacíamos nuestras necesidades, en unos bacines u orinales, o bien salíamos corriendo a los brazales, acequia y detrás de las tapias. Excuso contaros los tufos putrefactos que respirábamos, o como quedaban nuestras sandalias o alpargatas si teníamos la mala suerte de pisar un estercolero. Los olores no eran a rosas ni a jazmín; eran a…

Al no haber agua en las casas, las mujeres nunca los hombres tenían que llevar esos bacines u orinales y abocarlos en los brazales y acequias. Las mujeres bajaban a lavar sus ropas, a la acequia o a los ramales o brazales más cercanos.

Como es lógico, tampoco habían lavaderos en las casas y, nuestro abuelo Joaquín «El Botijón», en el año 1941, incrustó una losa ligeramente inclinada en el quicio del brazal que tenía su cauce a la cabecera de la finca, junto al tablacho y las brencas del partidor que utilizábamos cuando nos tocaba la tanda del agua para regar la huerta. A ese «lavadero» bajaban con sus ropas sucias la abuela Clarisa y Mamá.

Esa losa inclinada e incrustada en el fondo del brazal, causó la admiración de cuantos viandantes pasaban por el camino de las huertas.

Dicho lavadero, ubicado en la explanada del brazal, a la sombra de un limonero y un peral, era el lugar en donde jugábamos Paquito y yo; cuando ayudábamos a mamá o a la abuela a bajar las zafas, librillos o calderos de ropa; para lavar.

Cuando se ponía el tablacho, para regar, junto a la piedra para lavar, se hacía un remanso enorme y lo utilizábamos para bañarnos sin calzones, ni calzoncillos ni bañador y, como éramos pequeños, tanto mamá como la abuela se reían de nosotros.

Allí, junto al lavadero que puso el abuelo Joaquín, adornó la pequeña loma que separaba los dos bancales, con una matas de flores: Claveles, clavelitos, rosales, geranios, azucenas y, en el centro, el famoso y oloroso Jazminero que había plantado con anterioridad su padre José María. De ahí, hasta la actualidad, se le llama «Huerta del Jazminero». La estancia en dicha replaceta era muy gratificante.

Mamá o la abuela, a la vez que estrujaban la ropa para lavarla y escurrirla, nos miraban y sonreían. Cuando iban a tender la ropa lavada, miraban cual era el mejor

lugar para que se secara bien y no perjudicara a los árboles ni a los sembrados. Si papá estaba en esa huerta trabajando, mamá nos bajaba la merienda y, al atardecer, entre papá y yo, los abuelos eran mayores y estaban enfermos, subíamos a casa los barreños de ropa seca que mamá había lavado y puesta a secar. Paquito era muy pequeño.

Fue a raíz de ese año 1941 cuando el Alcalde Gumersindo Cascáles Carrillo, ordenó a los concejales y trabajadores de la Casa Consistorial, que se instalaran varios lavaderos públicos en los brazales  (El de el algarrobo, el matadero y el de el camino de la contra- aceña; a la altura de la finca de Manuel «el Frasquitón»)

Dichos lavaderos fueron bendecidos por el párroco José Muñoz Martínez quien, al terminar, leyó las ordenanzas que había promulgado el Obispo de Cartagena-Murcia, y, con posterioridad, «Cardenal Luís Belluga y Moncada», a principios del siglo XVIII. Dice así:

«Tenemos mandado de que en ríos, arroyos, acequias y brazales públicos, no se pongan las mujeres a lavar, dentro de los mismos, desnudas las piernas hasta los muslos; como lo hacen en otros lugares, ya que pasan hombres con frecuencia y, a propósito,»se ponen a registrarlas».

Tampoco: tanto hombres como muchachos, no se pongan a bañarse en dichos lugares públicos; por donde pasan mujeres y hombres, porque se ocasionan grandes indecencias que ofenden a Dios. También, en verano; aunque sean marido y mujer, o hermano y hermana, no anden por las calles del pueblo dándose las manos. Exhortamos a todos los padres de familia a que vigilen a sus mujeres y sus hijas con el fin de que no les permitan las indecencias de ponerse a lavar y otras veces a bañarse, desnudas por completo.

 

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