LAS COSAS CLARAS

POR ANTONIO LUIS GALIANO PÉREZ, CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA (ALICANTE)

Foto Gaspar Poveda

Creo que, al igual que muchas personas en nuestra cultura, soy un aficionado a todos aquellos productos que se fabrican con las semillas que contiene el fruto de los árboles bitneriáceos americanos, que los aztecas utilizaban como moneda pequeña en sus transacciones. Sé que me podrán decir, a qué me estoy refiriendo, lo que me obliga a hablar de forma más sencilla.

En este caso, estoy aludiendo al cacao que se emplea como ingrediente para fabricar el chocolate que, incluso en algunos momentos, pudo también suplir el salario de un predicador, tal como le sucedió, en 1734, al jesuita Marcos Antonio Carbonell que le fue encargado el Sermón de “El Pájaro”. Sin embargo, debido a que la Compañía de Jesús tenía estipulado no percibir dinero como limosna por la predicación, con las 10 libras que se acostumbraba abonar por dicho oficio, el Ayuntamiento mandó elaborar chocolate por esa cantidad y que le fuera entregado.

Según el dicho popular, “las cosas claras y el chocolate espeso”, haciendo referencia a que, o bien se tomaba mezclado con leche o puro, aunque yo lo prefiero de la primera forma, vemos que nos acerca de alguna manera al concepto “claro” como algo que se distingue bien y sin añadidos y, sobre todo, que puede tener relación con escritos fáciles de comprender, lo que conforman de alguna manera los reglamentos.

Así, retomando aquello de la estipulación que indicábamos con los Hijos de San Ignacio, ya en la mitad del pasado siglo XX, cuando la huida de los mismos desde Orihuela a Alicante; para poder acceder al Colegio de Santo Domingo, lo primero que te entregaban era su reglamento con una hoja anexa en la que se hacía referencia a los honorarios. De esta forma, desde un principio todo quedaba más claro que el chocolate espeso.

Por supuesto que, tanto el fin del Colegio, como el plan educativo y la colaboración necesaria para lograr los objetivos estaban dentro de unos parámetros cristianos. Ahora bien, las condiciones para la admisión de los alumnos partía entre niños de 7 a 11 años que debían saber leer y escribir, tener algunos conocimientos de matemáticas y de catecismo, y que no hubiera iniciado los estudios de Enseñanza Media, salvo que procediera de otro colegio regido por la Compañía de Jesús. Por supuesto que era preceptivo pasar por un examen antes de ser admitido. Aún recuerdo el mío para incorporarme como alumno de ingreso de Bachiller, que consistió en un dictado y una división.

El año académico se iniciaba el 1 de octubre y finalizaba el 15 de junio, estando el alumno obligado a acudir al Colegio los domingos y días festivos que fueran señalados por la Dirección del centro. De no ser factible esto último debía ineludiblemente ser justificada la ausencia.

Era importante el dejar muy claro que, aunque los superiores no podían responder de la conducta de los alumnos fuera del Colegio, bajo ningún concepto podrían continuar en el mismo “quienes conste que no llevan una vida ajustada a la moral cristiana”, siendo motivo de expulsión, entre otras causas, la irreligiosidad, la inmoralidad y la insubordinación.

Los alumnos podían ser internos, mediopensionistas y permanentes. Estos últimos eran los que considerábamos como externos y su horario abarcaba desde las 8 de la mañana a 13 horas y desde las 13 hasta las 20,30. Tenían la obligación de asistir los domingos y días festivos a todos las actividades religiosas que se celebraban en el Colegio. Los precios que existían en el curso 1951-1952, ya los dimos a conocer en una ocasión anterior, y eran entre 70 a 100 pesetas al mes, según el curso, más 35 pesetas por permanencia.

Me llamaba la atención el momento en que los alumnos internos iniciaban y concluían el curso, acompañados con sus padres portando sobre la baca de los coches su correspondiente colchón de lana.

Habría más cosas por anotar, como son el uniforme y el equipo que debían portar los internos, mas podemos dejarlo para otra ocasión. Sin embargo, con todo lo anteriormente dicho las cosas quedaban perfectamente claras, pero el chocolate seguía estando espeso.

Fuente: Aquí Orihuela

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