LOS SEGOVIANOS Y EL MAR

POR ANTONIO HORCAJO, CRONISTA OFICIAL DE  RIAZA (SEGOVIA)

Rodrigo de Escobedo

Segovia vista de frente termina, o empieza según de donde se venga, en una simulada forma de proa de navío. Visto de lado, tanto da babor como estribor, ese “navío de piedra”, como lo definió en un bello libro Luis Felipe de Peñalosa, se refuerza con la apariencia de un recio mástil dorado. La Catedral emerge como un gran defensor de embates de las olas de la vida, que éstas baten igual en tierra adentro que en la playa oh en las quillas en mar abierto.

Al final, siempre que llego a Segovia por la Puerta de Madrid, saludo a la ermita de la Cruz como si fuera el puesto de mando, que mantiene el rumbo de la historia generada por la vida de nuestras gentes y del encuentro, para los que en ella entran por primera vez y se quedan un tanto pasmados por la generación de euforia que provoca la emoción, si queréis llamadlo sorpresa, (yo lo he vivido con algunas gentes foráneas) por el choque con los atractivos de una ciudad lustrosa, plagada de historia, como te cuentan sin hablar sus propias piedras. Una ciudad nueva cada día y coqueta en sus cielos para quien va a ser conquistada por ella.

La ciudad les llena de románico y, sobre todo, del Gran Crótalo –que decía Tomás Calleja– cuando culebrea por la sentina de la nave, cargándola de estupor en los ojos y la realidad tangible sorprendida, de tanta gente ajena que exclama, cada uno en su lengua, siguiendo el milagro de entendimiento, al igual que el provocado por el dominico Vicente Ferrer al predicar desde la ermita,: “Que maravilla es ésta que todos, tan diversos, lo entendemos”, los ojos atónitos elevados hacia esa “ceniza en vuelo” del poeta en que se convierte el Acueducto todo. No siendo más que una superposición, sencilla y genial a la par, de piedras armónicas pero no iguales que, como diría Ramón en una de sus greguerías, nacidas aquí, “gran cincho que abriga la ciudad como un tapabocas de pastor”, o acaso sea cercha, fortaleciendo la armadura de la nao.

Son las gentes que han cruzado los mares del mundo para sobrecogerse en esta nave varada en el terruño, desde donde Segovia se extiende entre el refugio de los puertos del Guadarrama, al abrigo de mil olas, que baten en el abierto Mar de Pinares, por donde parece querer escapar la proa.

Es evidente que no fue esta metáfora lo que movió a los segovianos a recorrer, desde el comienzo de su apertura, la mar oceana, o el mar, como decimos las gentes de tierra adentro. Bueno será que los segovianos de hoy recordemos la importancia que tuvo la presencia de nuestros paisanos en ese mar, apenas hace unos siglos, mientras construyeron un mundo nuevo que hoy quisiera recordar en algunos nombres de aquellos que honraron a su tierra segoviana sirviéndola, primero en sus travesías en el mar nuevo, y luego en sus vidas, dejadas la mayoría de ellos en la Tierra Firme, donde hoy se quiere borrar su recuerdo.

Rodrigo de Escobedo, Pedro Arias Dávila, Diego Velázquez de Cuéllar, Juan de Grijalva,…y luego Julián de Arriaga, Gobernador de Venezuela, Presidente de la Casa de Contratación, Secretario de Estado de Marina e Indias, sin los que el alba de América y su madurez serían otra cosa, y en cuya luz todos ellos, y algunos más que citaremos, ocupan un lugar en la historia y son señalados como pioneros que abrieron y llevaron adelante al mundo conocido a través de horizontes señalados o, las mas de las veces, para descubrir y marcar nuevas rutas por el mar de los misterios, como lo describe el Marqués de Lozoya. En otros mares también hubo segovianos que dejaron huella firme, como aquel Juan de Contreras que murió en la mayor ocasión que conocieron los siglos y que se dice Lepanto. Como prebenda por su muerte, tubo puesto de Regidor en nuestra ciudad su pariente Don Francisco, que alcanzaría a ser Presidente del Consejo Real de Castilla.

Es sabido cómo se hizo la recluta para el primer viaje del Descubrimiento pero, como fuera, en esa tripulación primera se encontraba el segoviano, ya citado, Rodrigo de Escobedo que no iba, como tantos otros, para las labores propias de la faena, de mantenimiento y baldeo en la nao y cuya función sería la de dejar escrita la crónica del viaje. Este, paisano de la ciudad, se anticipó a la pléyade de cuellaranos que luego seguirán. Pero es lo cierto que Escobedo, vuelto Colón a Castilla, quedó en aquel territorio a las órdenes de Diego de Arana, a quien debía sustituir en caso de muerte, siendo por tanto uno de los primeros colonizadores que tuvieron responsabilidades en el nuevo continente. Que Rodrigo era de fuerte temperamento nos lo dicen las crónicas, como nos cuentan que abandonó, por farruco, el territorio seguro de Guacabajén y que, en esa salida, fue muerto por el jefe de los maguanas, después de tres años en las nuevas tierras.

Un hidalgo, llamado Diego Velázquez de Cuéllar, se embarcó con Colón en su segundo viaje. Será quien funde las ciudades de La Habana, Santiago de Cuba, Trinidad, Puerto Príncipe y otras muchos poblados y asentamientos, siendo Gobernador de la isla, por decisión de Diego Colón, hijo del Almirante, que le designa como conquistador y colonizador de la isla de Cuba, dedicándose a la colonización y poniendo en manos de Pánfilo de Narváez, segoviano de Navalmanzano, las tareas de la conquista.

Y, en este punto, volvemos a la importancia de los segovianos y el mar, pues que Diego Velázquez envía a un joven inteligente y decidido, Juan de Grijalva, también de Cuéllar, a recorrer las costas en lo que hoy conocemos como el Golfo de Méjico. La misión de Grijalva será importantísima para el conocimiento de la costa mejicana que facilitaría la gran hazaña de Cortés, también reclutado para la conquista por Diego Velázquez aunque entre ellos hubiera sus dimes y diretes. Me quedo con ganas de mover la pluma para contar algo de cómo se desarrolló la Guerra de las Comunidades en America y el papel de los segovianos en aquella revuelta. Pero se sale, ahora, del amplio panorama del mar.

Como hemos visto, la Tierra de Segovia dio gloria en sus hijos a la aventura marinera, pero también alumbró almirantes de la Armada Española, cual Juan de Borbón, cuyo nombre lleva una fragata por los mares en los que tantas horas pasó nuestro ilustre paisano granjeño y el gran Almirante Francisco de Contreras, conocido como Conde de Alcudia. De este ilustre, y olvidado almirante segoviano, hablaremos en otra ocasión, pues merece la pena divulgar y conocer su brillante trayectoria como hombre de la mar, cuyos afanes le han de llevar, siguiendo las huellas de Pedrarias por la América Central, navegando y sirviendo frente a las acometidas piratas de los hijos de la Gran Bretaña.

Si Velázquez de Cuéllar alcanzó poder, prestigio y fortuna en Cuba, si Pedro Arias fue cimiento de Panamá y fundador de una de las ciudades más prósperas de la América Central, si Grijalva enseñoreó el perfil costero de México, si Arriaga navegó, por vocación y, por oficio militar profesional, todos los mares y ocupó responsabilidades máximas, no nos hacen olvidar a otro segoviano que, nacido en Vegas de Matute en 1667, llegó a ser virrey del Perú: Antonio de Mendoza, que alcanzó la confianza del rey que vino de Francia, para regalarnos ese oasis de esplendor que llamamos La Granja. Según nos cuenta Antonio Sancristobal, otro asiduo en la casa limeña de Jerónimo de Aliaga, que salido éste de nuestro entrañable barrio de San Lorenzo fue cofundador de Lima con Francisco de Pizarro.

Pero, volviendo al marino Mendoza, sabemos que llegó a Lima el día 6 de enero, festividad de los Reyes Magos, de 1736. Con criterio para la mejor gobernanza segregó del virreinato los territorios que hoy son Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador, si bien que lo que entonces contaba era, en este territorio, la ciudad de Quito. Estos hombres de la mar, todos segovianos, que estamos citando, marcharon a aquellas tierras para, entre otras cosas, la defensa de bandera y territorio. Así que a Mendoza le correspondió una actividad desusada para lo que hacían otros responsables de la época: defendió las costas de Perú contra los ataques de la flota inglesa, con el buen oficio de los marinos españoles de la armada allí destacados.

Tales fueron el almirante Ansón, y los celebres Jorge Juan y Antonio Ulloa, que luego bajo su patrocinio llevarían a cabo su famosa misión científica. Mucho más se puede decir de Antonio de Mendoza, un personaje de leyenda, prudente y eficaz virrey del Perú. En la catedral de Lima se puede ver un retrato de aquel insigne hombre segoviano. En esta estampa se refleja la imagen, el recuerdo y la obra de tantos segovianos que marcaron surcos y dejaron rastros perennes en el mar, después de dejar el rastrojo y el majuelo en los pueblos nuestros que les vieron nacer. Y por esos surcos salieron a entregarse al mundo.

Fueente: https://www.eladelantado.com/segovia/los-segovianos-y-el-mar/?fbclid=IwAR1hJXo1LsJqHB2ykRox2gBUfj3QzusxZAgpNnXSH2kqWDBTiJ6bT3uCzvA

 

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