CRÓNICAS FAMILIARES DEL NACIMIENTO DE MARIANO AZUELA GONZÁLEZ

POR OSCAR GONZÁLEZ AZUELA CRONISTA OFICIAL  DE LAGOS DE MORELOS (MÉXICO).

Foto Oscar González Azuela

El primero de enero de 1873 se dan dos eventos interesantes dentro de la historia y la microhistoria. Por una parte, a las cinco de la mañana de ese día, el presidente Sebastián Lerdo de Tejada había abordado el tren que haría el recorrido inaugural desde la ciudad de México hasta el puerto de Veracruz, con festejos en cada una de las estaciones a lo largo de su camino. Habiendo muerto el presidente Juárez en julio del año anterior, el colmilludo presidente sustituto dejó pasar los meses para que esta obra quedara ya fuera del año de gobierno juarista, llegando así el tren hasta el puerto que daba la cara de México hacia Europa y el mundo entero.
Lejos de ahí, en Lagos de Moreno, ese mismo día, a las ocho y media de la noche -según su acta bautismal-, nacía un varoncito, el primogénito de la pareja formada por Evaristo Azuela, caballero recio y parco, quien luego de enviudar de su primera esposa y perder a su hija en el parto, se enamoró de Paulina, hija de su compadre José María González, a quien llevaba más de veinte años de edad. Forzada por su padre a dicho matrimonio, ella nunca perdió su carácter dicharachero y ocurrente que heredó a su primogénito.
Don Evaristo era uno de los veintiocho hermanos, hijos a su vez de Mariano Azuela Orozco, quien casó con su prima Bárbara Camarena, dos años mayor que él, quien enamorada del marido pasó su vida prácticamente pariendo y amamantando.
Volviendo a Paulina, ella, resignada accedió al matrimonio, contando a sus nietas “apenas salvé el honor”, ya que Mariano nació a los nueve meses del matrimonio apenas contaditos, dado que de seguro Evaristo heredó la sublime fertilidad de su padre.
Contaba ella a sus nietas que Mariano le había llorado en el vientre y que unas gitanas le habían leído la mano augurando a aquella criatura una gran fama en su existencia, misma que se corroboraría al paso del tiempo y luego de las vicisitudes de una vida singular.
Pasados muchos años, se cuenta de las grandes fiestas familiares de cada día primero de enero, para los festejos en torno al abuelo, quien escribía alguna simple obra para que fuera representada por los nietos, las que cesaron por la muina que le endilgaron el día que al visitarlo para un ensayo, antes se comieron los nísperos que cultivaba con gran esmero, lo que fue causa de que no volviera a escribirles nada.
Fue otro primero de enero, ya en el año de 1976, cuando moría la tía que llevaba el sagrado nombre de la abuela: Paulina.
Sobreviviente por décadas de un cáncer, su deceso también se dio en esa fecha. Con ello se inició el desgranado de la mazorca familiar que daría paso a la desaparición un año después de mi padre, luego de Esperanza, Enrique, Carmen, Salvador, Julita, Luz María -mi madre- y finalmente de mi tío Antonio, a los noventa y nueve años de edad, en 2017.
Fechas y espacios dentro del entramado familiar formado por el lienzo de Penélope que teje a partir de la luz del alba y desarma lo articulado en la noche de la existencia de la que somos presas, pues como lo dijera nuestro Facundo Cabral, el suicidio es vano; si vas en pos de esa fácil salida, habrás de reencarnar en más y más pendejo… hasta que entiendas que para esto no hay escape posible.

 

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