UNA VISITA AL BENEFACTOR OLIVAR

POR CATALINA Y FRANCISCO SÁNCHEZ PINILLA, CRONISTAS OFICIALES DE VILLA DEL RÍO (CÓRDOBA).

Foto olivares de Córdoba facilitada por Catalina y Francisco Sánchez Pinilla

Hoy, como tantas otras veces, he ido al campo para ver el olivar. Lo hago porque me complace su compañía: disfruto viendo su desarrollo, hoyando el suelo de piedras salpicado y tomando la sombra de la arboleda mientras el aire colorea mi rostro.

Los cortaores, el Quico y Vicente, le quitaban las varetas verdes, que rectas como juncos han crecido en los pies de los olivos, y como actores que ensayan una obra de teatro, con la hachuela cortante de doble hoja, repetían una y otra vez un golpe seco sobre el tronco de madera que las sostiene, formando con las varas cortadas, suaves y flexibles, manojos en la mano izquierda.

Las varetas, ayer hijuelas del olivo, frondoso árbol de 4 a 5 metros de altura, de tronco corto y grueso, y copa ramosa y ancha, plantados en el Monte Real, pago de la Pepa Lora, bajo cuya protección crecieron y fueron alimentadas, no llegaran a dar el fruto que soñaran. La cruel hoja metálica las separó de su progenitor y la mayoría, formarán montones entre olivos donde serán consumidas en una fogata desprendedora de etéreas llamas doradas y lastimosos quejidos, que las transformará en cenizas, no sin perder antes su suavidad, vigor y color.

Las varetas de los olivos, por las propiedades que poseen, se prestan a varias posibilidades de consumo y uso: las más pequeñas y tiernas sirven de alimento a los animales roedores como los conejos y también para el ganado ovino y caprino que rumian sus tallos. Otras varetas desprovistas de las hojas de que se adornan, por su forma y flexibilidad, son materia prima para la fabricación artesanal de canastas y enjugaeras, enseres muy útiles en los hogares; y las más largas y fuertes se utilizaban en la fabricación de vallados para aves de corral y en los linderos de patios durante el subdesarrollo, sustituyendo a tapiales.

El árbol, después del desvaretado, ha dejado de alimentar numerosas hijuelas, repartirá ahora su sabia, como madre de corazón generoso, a salvar su fruto, la aceituna, la cual como pendientes de doncella en las orejas, cuelga verde en ramilletes en sus tallos, deseoso de que atemperen los calores para afianzarles el desarrollo.

Hasta que llegue diciembre, el árbol, todavía tiene que soportar un periodo de gestación, y es en este periodo cuando más cuidados necesita en sus pies y en su copa: labrados, rulados, abonado foliar, etc. También es en esta época cuando más presentable se pone el arbolado. Una lluvia otoñal temprana, le hace desprenderse del polvo del verano, que mantenía la hoja cubierta del color de la tierra, y entonces, la hoja se nos muestra verde en su haz y blanco plateado en su envés, y el fruto ya gordito se deja ver entre las hojas en un balanceo continuo.

Cuando llega noviembre, el pueblo comienza a oler a aceituna. La población criada en la cultura olivarera, tomará del árbol el fruto más otoñado y lo partirá, y después de unos días bañado en agua para que desprenda la acidez, con mucho mimo, lo aliñará con especias aromáticas: hinojo, cominos, laurel, limón, sal, ajos, etc. y pronto expondrán las aceitunas, para ser degustadas por los paladares más exigentes, en las mesas familiares.

Del olivo se aprovecha casi todo, en invierno, las casas dotadas de confortables chimeneas, consumen en su calefacción madera de olivo, y hasta no hace muchos años en las cocinas de todos los hogares el combustible preferido era el carbón y la leña de olivo, que impregna un perfume especial a las comidas: cocidos, guisos, frituras, asados, migas.

Los panaderos, alfareros y tejeros, tenían próximos a sus hornos grandes montones de leña y ramón, que utilizaban para calentar la bóveda en la que cocían sus productos. El ramón era también, materia prima de los piconeros, personas que se dedicaban a fabricar picón, sustancia ésta que adquiría un color negro y que se utilizaba en braseros que se colocaban en mesas con enagüillas, almacenando calor, y a cuyo alrededor se sentaban las personas, y se acomodaban principalmente los gatos.

Por Navidad, la recolección está en su punto álgido y las fábricas funcionan a tope, el fruto triturado para obtener el aceite desprende un olor especial y entonces, el pueblo entero huele a molino. El aceite nuevo y virgen penetrará en las sartenes de todas las casas y su olor llenará todos los rincones. El pan en cualquiera de sus formas solicitará un poco de aceite de oliva, y de su unión resultará un manjar para satisfacer todos los apetitos.

El aceite es para la población villarrense, nacida y criada en una cultura mediterránea, como el néctar de las flores para las mariposas que, cruzan los campos en su búsqueda; como la teta para un lechón; como el vino de Montilla para los montillanos, que lo contemplan amarillo transparente a través del cristal, con reverencia.

La aceituna, fruto del milenario árbol en sí misma, o el aceite en su forma líquida, atrae la atención del ser humano por sus cinco sentidos:

La vista. ¿Quién no disfruta en la contemplación de un olivo lleno de aceituna en cualquiera de las tonalidades de su color: verde, morada o negra?

Olfato. El olor del aceite fresco que se desprende de un molino olivarero en invierno satisface a todo el pueblo.

Gusto. El sabor de fruta fresca de la aceituna aderezada con especias, o el aceite líquido, nos hace disfrutar del sentido del paladar.

Tacto. Si el aceite chorrea de su envase y lo tocamos con las yemas de nuestros dedos, pronto percibiremos que es un líquido suave, escurridizo, que acaricia.

Oído. Se presenta precedido de tan dignos adornos, que llega a nuestro oído por la comunicación entre personas, sin ruidos ni anuncios. Es el precio que paga por su popularidad.

Otra expresión de belleza la ofrece el olivo en primavera, cuando está adornado con su flor. La flor blanca símbolo de paz y esperanza, llamada “trama”; es pequeñita y cuando en el olivo empieza a formarse la aceituna se desprende cayendo al suelo en un vuelo mariposeado formando un anillo alrededor del tronco del árbol, dando la impresión de estar anillado por un tupido manto de copos de nieve.

Olivos que anilláis el término de Villa del Río, gracias por vuestra presencia y gracias por vuestra colaboración a nuestro crecimiento y desarrollo. Siempre os llevaremos en nuestro corazón.

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