LA ARGOLLA EN EL MURO DEL POTOSÍ

POR EDUARDO JUÁREZ VALERO, CRONISTA OFICIAL DEL REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO DE LA GRANJA (SEGOVIA)

Palacio de la Granja de San Ildefonso.

Apenas asoma entre la frondosa hiedra que todo lo cubre, de modo que nadie es capaz de distinguirla. Agarrada al resquicio que dejan dos remedos deformes de lo que un día fueran recios sillares, el círculo perfecto forjado a fuerza de mazo y yunque hace ya tiempo que perdió su única utilidad.

De vez en cuando una avefría despistada acaba por posarse sobre ella, atenta a cualquier bichejo que por allí revolotee, siempre precavida de lo que pueda hacer esa masa ingente de paseantes que acostumbra a incomodar la plácida y sistémica vida que la naturaleza regala a los habitantes del Jardín del Rey.

Lejos de aquello, nada le queda por hacer en esta vida eterna a la argolla que languidece en el muro del Potosí, además de esperar a convertirse en el polvo oxidado de lo que una vez fue. Otrora orgullosa, enhiesta y pulida, hoy ya no recuerda los memorables años en que, soportando desafiante la oscuridad, acompañaba al rey en su paseo depresivo entre seto y bosquete, plazuela y huerto, camino de la Caja de Estudio donde reposaba un ejército de naranjos y limoneros en la orangerie más hermosa de cuantas construyera un monarca patrio.

Hoy desvencijada y más ocre que naranja, la argolla se retuerce en triste y eterno recordar, anhelante de un pasado que nunca ha de volver. Frente a ella, acompañado por el Sr. Bellette, este humilde Cronista Oficial intentaba rememorar hace unos días aquellos años en que el Paseo de Rey en verdad lo fue; tiempos en que la monarquía española se preocupaba por su huella pasada y futura y no dejaba ésta a expensas del tiempo y la decreciente responsabilidad social hacia el legado histórico. Vestigio de lo que debió ser una legión de congéneres, la argolla del Potosí seguramente soportó una de aquellas luminarias de colores creadas por los artesanos vidrieros que Ventura Sit y Carlos Sac atesoraban en la fábrica del Barrio Bajo a principios del siglo XVIII. Semejantes a amplios vasos de boca acampanada, las luminarias prendidas en la rebaba de la argolla aportaban luz al oscuro caminar de un rey infeliz asolado por incurable padecer.

Desequilibrado por tener que ser rey donde no quería; por verse obligado a renunciar al trono de su país natal, según le confirmara Louis de Rouvray mirando por las ventanas de uno de los torreones perdidos del Palacio de Valsaín en 1722; por tener que volver a ser rey cuando había logrado librarse de una corona indeseada; el Rey Animoso acabó por trastocar su vida, la del cortejo y la de todo el gobierno del reino al tratar de apaciguar la demencia que paso a paso le llevaba hacia una oscuridad sin remedio.

Quizás por ello, viviendo ya de noche que no de día, optó por rellenar de luz las oscuras veladas del alma que la sierra del Guadarrama suele regalar a los que nada quieren saber de la alborada.

Perdida la voluntad por el deleite que el Paraíso le prometía, el rey decidió pasear su triste vivir de la avenida de las Esfinges hasta el parterre de L’Herbe hasta llegar a la Partida del Rey, donde crecían en su huerto las frescas fragancias de los cítricos que invernaban en la orangerie de la Caja de Estudio, todo ello encerrado por el muro donde se yergue la vieja argolla, frente a la perdida huerta del jardín, camino del laberinto inspirado en los sueños de Antoine Joseph Dezallier d’Argenville.

Seguro que entonces, recién instaurada la dinastía, la argolla lucía pulida y brillante, esperanza de un futuro iluminado no ya por las luminarias de los vidrieros checos del Barrio Bajo, sino por el sol triunfante que aquellos que dieron razón a su ser pretendieron importar de la gloriosa nación vecina. Durante decenios, altozana y henchida del orgullo triunfante con que la victoria suele vestir al que poco reflexiona, la argolla acabó por comprender, a fuerza de agua, frío, olvido y despropósito, que la vanidad termina por transformarse en desidia y la ostentación en injusta detentación que ni siquiera el tiempo puede confirmar.

Acogotadas las luminarias en lenta muerte de museo vacío, la argolla hubo de ver cómo el Huerto del Rey pasó a ser jardín bucólico de maravillosa intrascendencia. Cobijo de monumentales secuoyas, de cedros centenarios y retorcidos paseos, la hiedra comenzó a conquistar el espacio que una vez dominara la luz de sus entrañas, hasta el punto de convertir el impasible potager de René Carlier en Potosí de los frecuentes visitantes sin conocimiento ni quien se lo otorgue.

Allí, arrinconada por la verde hiedra trepadora, el inmortal musgo que el tiempo alimenta acabará por quebrar el eterno resistir de la argolla que una vez iluminara el camino perdido de la monarquía española. Esta, orgullosa de un pasado que el futuro parece no entender o no querer, languidecerá en estos sus últimos años, incapaz de comprender que, en esta vida, en este mundo, nada que tenga un único fin ha de sobrevivir, pues, perdida la memoria irredenta de nuestra sociedad, ya me dirán, queridos lectores, a quién puede interesarle una vieja argolla raída, prendida de un muro podrido sin una mísera luz que soportar.

Fuente: https://www.eladelantado.com/opinion/tribuna/la-argolla-en-el-muro-del-potosi/?fbclid=IwAR2gJB9IQbm5aauzUIJwBs__eb84ogm6m6lz6FKX8k9MtVZeQatQ7YB80o0

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