ACÁ UNA FOTO QUE TOMÉ EN PONTEVEDRA

POR PEPE MONTESERIN, CRONISTA OFICIAL DE PRAVIA (ASTURIAS)
Dice Azorín en «Las confesiones de un pequeño filósofo», que los sitios en que se deslizaron nuestros primeros años no se deben volver a ver, así conservamos engrandecidos los recuerdos de cosas que en la realidad son insignificantes; sin embargo, recorro en Pravia esos lugares donde jugué, en mi casa y en mi barrio, y siguen esos recuerdos agigantados, pero no sólo por las fantásticas ensoñaciones de la infancia, que en mi caso reconozco exacerbados, ubicados en un mundo muy feliz e irrepetible, sino por el significado real de cada competición, social e individualmente, es decir, no me parecen “insignificantes” sino “significativos”, pues nos preparaban para el mundo real, tanto por las habilidades manuales y de coordinación física como por las intelectuales y morales, aprender a ganar y saber perder, sobre todo esto último; según Ovidio: «Sic, ne perdiderit, non cessat perdere lussor»: para no perder, el jugador no cesa nunca de perder.
Me contaba mi padre que las personas tenemos esa capacidad mimética de reproducir semejanzas y que los juegos infantiles son capaces de imitar las más altas funciones humanas, que nuestros juegos de niños tienen un sentido muy hondo y que en la madurez se reproducirán de manera parecidísima, con la trascendencia, con la “significancia”, que antes parecían no tener, sobre todo a la vista de los mayores.
Hay quien incluso llega más lejos y dice que no es del trabajo de los adultos de donde nace la civilización sino del ocio y de los juegos de la niñez, en donde, por cierto, se nivelan los rangos.
Fuente: FACEBOOCK Pepe Monteserín Corrales

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