EN EL PASO DEL SILENCIO DE VALDECLEMENTE

POR EDUARDO JUÁREZ VALERO, CRONISTA OFICIAL DEL REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO (SEGOVIA).

Después de mucho caminar entre pinos y robles, serbales retorcidos y tejos centenarios; después de mucho trasegar a través de humedales embarrados en lo mas alto de la sierra, de cruzar cervunales indómitos recortados por cabras, caballos y vacas; después de recorrer ingentes distancias entre picachos y llanuras mesetarias, he llegado a comprender el deleite implícito en el silencio y la quietud que la soledad imprime a todo lo que toca, a todo lo que embarga. Andando entre majadas con mi Compadre, el Sr. Bellette, he conseguido asumir que no haya nada más imperecedero, más relevante, que el silencio del bosque cuando nada quiere mostrar.

Alejado del ruido mundano, de las aglomeraciones vanas, uno aprende a escuchar lo que el bosque le transmite en arrullo tenue y delicado, perceptible solo para los que nada tienen que decir y mucho que cultivar. En el trecho que va desde el Prado Redondillo, donde otrora la Infanta Isabel de Borbón organizara excursiones con su corro antes de que la gestión institucional del pinar decidiera destruirlo al albergar justo allí un cargadero de leña muerta; hasta la fuente del Zorrillo que mana justo a la caída del arroyo de Valdeclemente, a la sombra de Peña Citores; en ese trecho, digo, uno siente que algo inusual se ha apoderado de la mente. Ni carbonero juguetón, ni avefría industriosa; ni quejido de tejo o cantar de pino joven y orgulloso; ni cauce de arroyuelo, cacareo de manantial o escorrentía valerosa lanzándose al infinito de un caer eterno: nada se escucha en ese condenado paso. Es tan intenso el silencio que uno no se ve capaz de hablar, como si romperlo supusiera cometer un crimen contra la naturaleza castigado con una eternidad de ruido y desasosiego o, peor aún, sin poder caminar de nuevo el Paso del Silencio.

Hasta hace unos días, que nos encontramos una manifestación berreante asentada en una de las praderillas que el pinar regala entre la fuente del Zorrillo y la explanada alta del Cojón de Pacheco. Aunque, si he de ser sincero, la congregación de paseantes extemporáneos ya venía arruinando el caminar desde el Nogal de la Calabaza, ocupando el ancho del paso, llenándolo todo de vociferantes argumentos para marchar al lado contrario.

Uno es consciente, por otra parte, de la necesidad que se tiene de un tiempo a esta parte de escapar del encierro hogareño al que se ha visto obligada esta sociedad atacada por la gripe de Wuhan, huérfana de soluciones individuales, condenada a usar siempre la calle del medio. Necesitados de etéreas paredes, techos estrellados y suelos mullidos de yerba y musgo, corteza y pantanal, vecinos de acullá, de aquí, de cualquier vecindad, han venido atosigando el Paraíso hasta hacer empequeñecer a ojos de los nativos sus antaño inescrutables lindes. Vamos que, como habría dicho mi Sr. Padre, hay más gente que en la guerra.

Y, pensando en esa expresión tan del Real Sitio, me he visto reflexionando acerca del gentío beligerante que hubo de soportar este Paraíso para quedar aquello como voz proverbial aplicable a cualquier aglomeración que nos haga perder nuestros santuarios del silencio. Así, volviendo la mirada al templo del conocimiento que reposa en los anaqueles del Archivo Histórico Municipal, he caído en la cuenta de que, entre marzo de 1937 y abril de 1938, este Real Sitio hubo de ver cómo la población castrense superaba a la vecinal, con los problemas inherentes a tal situación. Atendiendo solo a los días de la afamada Batalla de La Granja que tuve la honra de investigar hace ya casi quince años, entre soldados franquistas y republicanos se superaron las quince mil unidades por tan solo tres mil quinientos vecinos.

Si bien es cierto que la mayor parte de aquellos soldados integraban las diferentes unidades del Ejército Popular de la República, una parte de soldados franquistas similar a la población vecinal acabó alojada en diversos lares de este pobre municipio. Además, debido a la sempiterna desidia institucional esquilmadora del presupuesto público y abúlica con la preservación del patrimonio histórico, los ocho cuarteles existentes en el Real Sitio habían pasado a mejor gloria, bien desamortizados y vendidos, como los cuarteles viejos de caballería, infantería y artillería; ocupados como el cuartel del Pajarón o abandonados a su suerte como el viejo cuartel de la Guardia de Corps o el pabellón de Retenes; le tocó a los vecinos hacer frente al acomodamiento de aquella tropa, reviviendo los onerosos aposentamientos y fonsaderas de los que mis queridos vecinos segovianos tendrían mucho que argumentar.

De modo que toda casa vacía o aparentemente desocupada en el Real Sitio acabó siendo habitada por oficiales, suboficiales y tropa en general, llenando hasta el último rincón existente desde el pasadizo de la calle de Santa Isabel hasta la calle de los Guardas. En el caso de las tropas regulares, la cosa fue distinta. Conformadas por tabores de Melilla, Larache y Tiradores de Ifni-Sáhara, los moros fueron ubicados en campamentos accidentales, siendo de los más singulares el constituido entre las dos secuoyas del Medio Punto, frente a la Real Colegiata del Palacio, que tanto miedo daba a la tía Anita Escudero, y el levantado en la explanada norte de la Real Fábrica de Cristales, donde acudía Juanín Bellette, tío de mi Compadre, a degustar tés y más fruslerías exóticas cuando conseguía escapar de la vigilancia de Doña Leovigilda, su Sra. Madre, en el corredor alto del edificio que levantara José Díaz Gamones hace ya dos siglos y medio.

Por todo ello, no es de extrañar que, en este Real Sitio, haya perdurado en la memoria la citada expresión, acogotados como estuvieron nuestros abuelos, nuestras queridas madres e industriosos padres, por la aglomeración de gentes en tan aciagos días. Viviendo ahora días terribles igualmente, creo poder decir con seguridad que, aún teniendo pavor a las consecuencias que el descontrol en la gestión de la masa produce, un servidor está deseoso de poder usar la expresión castiza con alegría una vez más.

Que las calles estén repletas de gente, los bares ahítos de jolgorio, risas y requiebros; que chanzas y dislates cubran una vez más este Paraíso de lo único que da sentido a todo, pues sin humanidad para llenarlo, poco nos quedará más que el silencio irrompible de la nada eterna en el paso del silencio de Valdeclemente.

FUENTE: https://www.eladelantado.com/opinion/tribuna/en-el-paso-del-silencio-de-valdeclemente/?fbclid=IwAR09a9CtIma8753Fy0QhgFze1aepko9Jk3hNSU5L0CSpG1iwR6UG0DIuLAs

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