TODOS PROBAMOS LA MIEL DE LA HIGUERA

POR CATALINA SÁNCHEZ GARCÍA Y FRANCISCO PINILLA CASTRO, CRONISTAS OFICIALES DE VILLA DEL RÍO (CÓRDOBA).

Recordando aquella frondosa higuera

En las afueras del pueblo, en la prolongación de la calle Pescadería hacia el río, a su izquierda, existe una haza de tierra que se une a la población por el Sur y en pendiente se prolonga hasta el río Guadalquivir por el Norte.

Esta finca tiene en su mitad un desnivel bastante pronunciado, y la explotaba el propietario con sus hijos en la fabricación de materiales de construcción: ladrillos y tejas, principalmente, disponiendo para ello de todos los elementos básicos: superficie para almacenamiento, horno, pozo, etc.

En la parte alta, se construyó una casa de labor y corrales dedicados a granja avícola, provista también de un pozo con alberca y, al lado de esta se plantó una higuera breval que prodigaba frutos y sombra. La higuera, que disponía de los elementos necesarios, humedad y un suelo apropiado, se desarrollaba grande y frutera.

A esta casa se vino a vivir Salvador,  y allí nació su único hijo: Javier, que tuvo alrededor de la higuera su principal lugar de esparcimiento. Diminutas flores rodeaban en primavera la higuera y a sus pies relumbrante de intensas tonalidades de color, le ponían  una manta extendida con los juguetes. Más tarde en la higuera, su padre le colgó un columpio para mecerlo y que reposara su vista sobre el sembrado campo,  blanco de algodón, verde de patatas o rubio del maíz.

La higuera, al estar sembrada junto al camino del río, era visible y conocida de todos los transeúntes; de los niños que acudían a pedir tallos de ella y plumas de gallinas para hacer repullos y de las mujeres que acudían por hojas para cubrir alcaparrones que ponían en lebrillos al sol. Así que, cuando los frutos estaban maduros y se hacían apetecibles, había que complacer a peticiones de: los que conducían los burros transportando arena del río; a los hombres que trabajaban en el tejar; a los galgueros que por las tardes llevaban los perros a refrescar; a las mujeres que llevaban las ropas a lavar al río, y también a los labradores próximos al predio, pues todos deseaban probar los frutos cuando la higuera en plena producción manifestaba su deseo de que sus higos fueran saboreados. Por lo  que, toda alma viviente que por allí se acercó, probó la miel cristalina de la higuera en sus frutos morados.

La higuera breval es un árbol de hojas grandes verdosas que daba brevas e higos. Las brevas o frutos más adelantados eran los que todos los años cogíamos con más ilusión. Cuando las brevas aparecían verdes en el árbol, ya las estábamos mirando y siguiéndole el curso de maduración, y cuando alcanzaban su madurez cambiando al color negro y otras veces amarillentas, se les abría unas rajitas por donde se les salía el almíbar dulzón que tanto engolosinaba.

Las brevas, conforme maduraban, se recogían y  colocaban en un canasto de mimbre, de los que hacía y vendía Juan Camisón, un gitano vecino que vivía enfrente, y después se seleccionaban, y en un plato se metían en el frigorífico, de donde se sacaban muy fresquitas antes de la consumición. ¡resultaban deliciosas!

Los higos eran la segunda cosecha y la más productiva del árbol. Su maduración sucesiva a las brevas, la tiene de agosto a octubre. El fruto, oblongo y carnoso es más pequeño y menos dulce y perfumado que el de la breva.

La higuera mostraba su opulento tronco agarrado al suelo, y sus fuertes ramas, extendidas como tentáculos de pulpo la hacían casi esférica, estaban cubiertas de grandes hojas verdes, las que levemente movidas por el viento deslumbraban o enlutaban rendijas de suelo. Estas hermosas hojas, representativas de las que se pusieron Adán y Eva, -para cubrir sus cuerpos desnudos ante Dios- intransparentes a los rayos del Sol proyectaban una sombra que rebajaba al menos unos grados la temperatura en la zona cubierta. Por eso se cobijaban en ella a diario muchas personas conocidas del casero, (Alfonso Luque, Manuel Alcalá, Manolillo Veras, Juan Camisón, etc.) las que sentadas sobre unos bancos de madera o recostados sobre la alberca solían pasar las tardes charlando, y de vez en cuando si caía algún higo iba a parar a algún estómago. Salvador les atendía sentado en una mecedora con un sombrero de paja puesto y cuando coincidía regar la tierra, se levantaba, visitaba el surco que recibía el riego y volvía a la sombra al mismo sitio.

Cuando alguna de estas personas eran requeridas en sus hogares, desde su casa se mandaba a algún chiquillo a buscarlos diciéndoles: “debe estar en la higuera”. No en el sentido de despistado hacia la persona buscada, sino en el lugar que les era habitual. En una de estas tertulias surgió la conversación y se contó la historia de cómo se vivió por los presos, una Semana Santa en la cárcel de Córdoba, y que fue el origen del Pregón de Semana Santa del año 2002 ¡Vae Victis!..

Al llegar la noche se retiraba la tertulia y entonces la higuera se poblaba de pájaros que acudían allí a dormir. Por la mañana temprano los pájaros desayunaban picoteando los higos y los trinos y el alboroto que formaban, despertaban al dueño, que raudo se levantaba y los espantaba, y a continuación se subía al árbol a recoger los higos maduros, pues la higuera como los buenos panaderos, por la noche producía sus más ricos y frescos frutos.

Un día del año 1970, avisó el “progreso”, de que la carretera N-IV iba a ser trasladada del centro de la población a la ribera del río y que la finca a que nos referimos quedaría partida en dos, pues el trazado se engulliría: el pozo, la alberca y la higuera. Así ocurrió, y con la desaparición del pozo y la alberca desapareció la crianza de aves de corral, y conjuntamente con la higuera el centro de reunión de tertulianos, la buena sombra y las ricas brevas e higos que con tanta ilusión esperábamos todos los veranos.

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