BAJO LA ESPADAÑA (LVII). TELDE : LOS OFICIOS QUE SE PERDIERON EN EL TIEMPO

POR ANTONIO MARÍA GONZÁLEZ PADRÓN, CRONISTA OFICIAL DE TELDE (LAS PALMAS).

Vieja carpintería de Telde/TA

Al querer explicar las grandes revoluciones históricas, aquellas que se definen como saltos adelante de la humanidad, no pocas veces recurrimos a la exposición detallada de los cambios experimentados en la vida cotidiana de las gentes que fueron sus protagonistas.

Así, el paso de la piedra tallada a la pulimentada marca el abandono de muchos aspectos de la vida paleolítica por la nueva era, durante la cual la agricultura, la ganadería, el senderismo y otras tantas innovaciones se fueron incorporando de forma paulatina. Estos cambios, no han sido patrimonio de los tiempos más pretéritos, ni mucho menos, cada generación aporta los suyos como si de eso dependiera su derecho a entrar en la historia.

Sirva por tanto lo anteriormente expuesto, como plácet o permiso para ahondar en aquellas realidades cotidianas que poco a poco se fueron trocando o mutando en nuestros viejos oficios. Unos lo hicieron a fin de adaptarse a los nuevos tiempos, como sucedería con los carreteros que se convirtieron en flamantes taxistas o camioneros y otros, sin dejar de ser añorados, desaparecieron del espacio que les fue común durante tantas centurias.

Deseando escribir sobre esos viejos oficios tan propios de nuestro medio urbano y que hoy, sorprendentemente, son motivos de investigación por lo que pueden tener de piezas raras de museo etnográfico, queremos hacer un acto de justicia histórica con un buen número de hombres y mujeres de esta laboriosa y emprendedora ciudad de Telde, cuyos habitantes han destacado siempre por sus heroicas iniciativas, tanto en la agricultura (fue el II Marqués del Muni el Excelentísimo señor don Luis de León y Castillo quien iniciara en su finca de Jaraquemada, el cultivo del tomate para la exportación) como en la política y los estudios antropológicos, destacando en las primera el Excelentísimo señor don Fernando de León y Castillo, y en los segundos el ilustrísimo señor Doctor Gregorio Chil y Naranjo. Pero estas líneas van a ser cubiertas con otros nombres, tal vez no tan sonoros, pero igualmente dignos, pues ¿hay algo más noble que ganar con el sudor de la frente el cotidiano sustento?

Y llegados aquí, debemos lamentarnos una vez más del mal estado en que se encuentra nuestro Archivo Histórico Municipal, hacinado en unas dependencias frías, húmedas y lúgubres en donde es imposible la consulta y el estudio pormenorizado de éste y otros temas, que nos inducen a pensar si interesa o no que se conozca la intrahistoria de nuestra querida urbe.

Así las cosas, no nos queda otro remedio que echar mano a la memoria y recomponer aquellas imágenes históricas que el tiempo, enemigo sin igual de las cosas y las gentes, ha borrado, o mejor dicho, ha desdibujado de nuestro entorno más inmediato. Hace solo seis décadas, era Telde una ciudad de extremada anarquía urbanística, cuyas consecuencias aún padecemos. Asó lo dejó escrito el poeta intimista teldense don Montiano Placeres Torón (1885-1938):

A vista de pájaro,

El pueblo sería

Como la pizarra

Grande de la escuela

Después de la clase de geometría…

Y nosotros, al releer una vez más esta lírica composición, recordamos al lector la urbe que vieron nuestros infantiles ojos hace solo treinta años. Era Telde una ciudad provinciana de segundo o tercer orden, con marcado carácter de pueblo agrícola, con calles estrechas y serpenteantes, ramificadas por cientos de angostos y sombríos callejones, en donde siempre había un portón destartalado y tras él, una vieja vestida perpetuamente de negro, mordiendo la punta de su roído pañuelo, que abreviar se subían a las aceras y niños descalzos o con hatillos de soga para cumplir la función de cinturón. Remiendos de distinto color y dibujos en el terno gris, bajo el cachorro negro de cinta desteñida por el sudor.

Era Telde también, tanto en la parte baja de la ciudad como en la alta, que llamábamos Los Llanos, una aglomeración de casas dispuestas en niveles varios con multitud de salientes y entrantes, con esquinas repletas de ancianos que masticaban y escupían en movimiento monorrítmico la salivosa bola de tabaco negro.

Calles en donde se gritaba de todo y por todos, y en que se hacía oír los vendedores de chochos o altramuces, como Maestro Antonio, Pancho el Feo o Rafael Casimiro. Calles en las que se veía pasar desde finales del siglo anterior; los coches de mulas de Miguelito Carreño, y algo más tarde a Agustín el de las Viejas, Panchito Alemán, el del negro y fuerte Casimiro, Agustín Jiménez, Manuel Platanera o los carreteros de los señores de Medina en San Juan: Melián el Viejo, Agustinito Naranjo, Manolito Torres y Pedro Ceballos. Además de Cándido González, el de San Francisco.

Apartándose de los coches de tracción mecánica, molestos por la carga y la húmeda condición de aguadores, oímos las voces de Juan el conejero, Paco Medina, Pío Sosa, Antonio la dormía, Lola Liria, Hilaria, Rosalía Alejandro, La Fandango, Lola la cagona, Alejo, el camión, Dolores la gata, y de forma muy especial Chano, el último aguador del barrio de Los Llanos. Sin olvidarnos de Felicita, que traía el agua desde el cercano valle de San Roque a lomo de burros, tapando con grandes círculos de corcho las verdes tinajas que desmontaba en un pequeño cuarto de la trasera de la plaza de San Juan.

Hombres llenos de ingenio y maestría, de la calidad humana de Maestro Fernando Alemán, quien por los años veinte hizo levantar a sus albañiles la torre del reloj de la basílica de San Juan. O como Maestro Pancho Ortega, uno d ellos primeros contratistas de obras de la ciudad, que edificó medio barrio de Los Llanos y varias casas de recreo y veraneo en Las Clavellinas, como las casas de don Fernando Rodríguez y la de don José Blanco Guerra. Tomás Ventura, Pancho López, Pedro Romero, Leoncio Monzón, Juan Ramos. Nicolás Vera, Maestro Luis Sánchez, Moisés González, Antonio Pablo y Tomás Alemán, este último del barrio de San Antonio del tabaibal. Todos ellos saben de muros de mampuesto a base de piedras, barro y cal, techos de tierra Zamora, pisos de cemento frotado y dinteles de tea.

Cada familia con su clientela, y ésta confiando en el buen oficio de su albañil, que por añadidura eran titulados maestros mayores de obras, pues suplían a arquitectos y aparejadores con tal destreza que algunos son recordados como verdaderos genios en la primera de las artes: la arquitectura. Y para darle la vista con blanca cal, el azul añil o el morado, cuando no el amarillo o el verde, se llamaba a la familia de albeadores de los palmeros o al Majorero, aunque buena clientela tenía también Maestro Felipe Ramírez y Maestro Manuel, ambos hermanos y buenos oficiales de pintura.

Cada oficio traía encadenado otro, que remataba al anterior. Así los carpinteros teldenses fueron siempre de renombre; unos, dedicaron su trabajo a confeccionar puertas, ventanas, balcones y celosías; otros, eran ebanistas o ensambladores de muebles. Todos trabajaban la tea, la riga, la caoba, el cedro, la morera y hasta el olivo con herramientas rudimentarias, algunas heredadas de padres y abuelos. Sus nombres y apellidos aún hoy son añorados: Manuel Cabrera, Domingo Suárez, Expedito Melián, Pablo Sánchez, Juan Estévez, Manuel Hernández, Daniel Verona, Ramón Artiles, Isidoro Batista, José Martín, la familia Mateo y un larguísimo etcétera.

Era también gremio de prestigio social los llamados antaño, barberos, hoy trocados en su denominación como peluqueros. Además de cuidar la estética masculina, algunos cumplían con celo y esmero otras artes paralelas, pues eran expertos sacamuelas y practicantes. Cada barrio contaba con un buen numero de profesionales de barbería, destacaremos, no obstante, a los más sobresalientes: Pancho Suárez, Eugenio y Alfonso Torres, Pancho Falcón, Batista, Juan Quintana, Miguel Noble, Juan Silva, Modesto Artero, Benito Ojeda, Pedro Quesada, Hipólito Quintana, José Suárez, José Quintana, Pancho Bruno, Domingo Silva, Juan Santana, Pepito Naranjo, Domingo Munguía, Cristóbal Benítez y Cesáreo Pérez.

Oficios y oficiales había para casi todo, pero populares, lo que se dice populares, ninguno como los limpiabotas o betuneros. La escena, por cotidiana, aún nos parece cercana, pero hace años que ya no están en la plaza de San Gregorio. Sus cajas tachonadas llenas de betún, gamuza y cepillos. Sus manos con una policromía entre negras, azules y marrones. Los cuerpos inclinados, sentado sobre el pequeño, casi diminuto banquillo, la conversación fácil y dicharachera, la pregunta directa siempre en los labios: ¿limpia? Hombres como: Miguel Ramón, Juan el Conejero, que también era aguador, El Palurdo, que era buen luchador, los hermanos Pulido, los hijos de Miguelén y otros conocidos solo por el apodo como El Taco. Pero anteriores a éstos últimos y por necesidad del adelanto técnico surgieron los faroleros. Era entonces necesario encender de forma manual los faroles de carburo. Contaba la ciudad con veintiocho faroles a finales del siglo XIX, más dos, eran por la luz que despedían, conocidos por la luz-luz. Uno situado en la plaza de San Juan y otro en la de Los Llanos de San Gregorio. Los faroleros eran en la primera mitad del presente siglo Juanito, Dominguito y Andrés Santana, que también ejercía de cantero.

Junto al fuego atizado por el fuelle jadeante, el yunque y el martillo, componían al golpearse una eterna sinfonía. El herrero daba con fuerza para adaptar la herradura a su forma tradicional. El oficial de herrería era unas veces veterinario y otras, tratante. Todos trabajadores incansables. Maestro Jorge, los Cabrera, Juan Hernández, Maestro Antonio el del Chorrillo y Maestro Manuel Vega el de San Pedro son nombres unidos al calor de la fragua a la que le dedicaron sus vidas. Sus hermanos menores, sólo porque la fragua era algo más pequeña, pero igualmente diestros con las herramientas los latoneros: Perico el Diablo, Juanito el mío, llamado en verdad Juan de Jesús, Fernandito el Negro con su pierna de madera, Maestro Pepe, Maestro Pancho, Maestro Agustín Pérez, Pedro Ortega y Antoñito que alegraban la plaza de San Francisco con su alegre tintinear el dúctil metal.

Hubo oficios muy pintorescos, casi pudieran parecer extraídos de películas, cuentos o leyendas. Uno de ellos fue el de camellero; estos personajes tambaleantes en lo alto de sus enormes cuadrúpedos se dedicaban al transporte en lugares de muy difícil acceso, pero también se servían de su fiel animal para, con destreza, trazar los surcos en las tierras más baldías y pedregosas. Dos camelleros al menos conocieron las décadas pasadas: José Jiménez conocido popularmente como el Plumo que trabajaba para los señores Medina y Juanito, hombre alto y delgado, quien dominaba a su dromedario con vara larga y alta voz, elemento este último que le permitía ser pregonero de fiestas y bandos municipales.

Las colchoneras eran también una estampa propia de las mujeres de nuestra ciudad. La lana y la crin servían para el relleno y la muselina y otras telas gruesas para el forro. Aventar la lana, lavarla y disponerla a lo largo de la gran funda del colchón era todo un arte. Carmita, conocida por la Moña, era una gran conocedora de su oficio y otra, que vivía en la trasera de la iglesia de San Gregorio, que era conocida por Encarnación la suegra de Santa Cruz, fue una esmerada profesional de granada clientela y fama sin igual.

Otras mujeres que dedicaban al bello y duro oficio de lavanderas. El Roque, El barranco de Los Ríos, la acequia Rial, El Abrevadero, El Callejón, LA Mareta y La Fonda, las recuerdan. Cestas de junco, caña o mimbre, jabón de Suasto, El Lagarto o La Llave, las porciones del añil, las piedras lisas para tender, las canciones, los chismorreos… todo eso y algo más, acompañaban a estas mujeres de brazos fuertes, cuellos rudos y cabeza nivelada para portar la ropa. Ellas eran tantas que sólo podemos reseñar algunas: Pino la Alta, Juanita la de Tecén, Carmen y Lola Liria, de tez morena y cuya clientela decía de ellas que eran limpias como el oro, Pancha, Felisa, Hilaria García la Canea, la Chíchara, Isabelita Valerón, Carmen Ceballos, Rosarito, Dolorita y Dolores Camacho. Algunas también planchaban y así se unían a planchadoras de la talla y fama de Lolita Suárez, en el cascajo de San Gregorio, Mariquita Segura, María Ramos, las hermanas Pluma y muchas más.

Pero antes al menos, los ternos (pantalón y chaqueta) eran confeccionados con gran destreza por los sastres: Elías Zorio, Manuel Quintana, Francisco Luis Toledo, José y Alejandro Quintana, Pedro Suárez Peña, Francisco Ravelo, Domingo Domínguez, Carlos González Suárez, Juan Santana Miranda, Elías Zorio Boggie…

Otro de los oficios de las grandes multinacionales dejaron para la historia fue el de los lecheros. A lomos de mulas o yeguas y algo más tarde en bicicletas o furgones, las plateadas lecheras portaban el líquido blanquecino de la vaca o cabra. ¿Cuánto le echo, cristiana?- ¡A mí tres medias!- ¡Parece que esta leche pasó por la pila de cristianá!- ¡Señora, que ofende!, en mi casa solo se usa el agua para fregar las lecheras ¿oyó?. Lecheros honrados y limpios como los Validos de San Juan, Santiago Medina del Valle de Los Nueve, Felipito en la Primavera, Matías en Caserones, Juan Vega en San Antonio y Pepito Parra con sus lecheras brillantes y su buen verbo convencían al personal de la calidad de su producto.

Oficios y más oficios como la familia Viera, que eran salineros, explotando sus salinas de La Garita. O las manteras o hacedoras de mantas como Calendarita Pérez que llamaban Candelaria Morán. O también el de vainero o confeccionadores de vainas para los esnaifes. Había varios en la familia Falcón, siendo el más experto Daniel Falcón.

Zapateros, en cada esquina uno. Sus lugares de trabajo, pequeños y destartalados, llenos de cajas de madera, baldes con agua, trozos de cuero de diferentes grosores y calidades, banqueta pequeña y mesilla de trabajo de cortas patas. Así al menos, fueron los que todos conocimos: Antoñito Ramírez (calle María Encarnación Navarro), Antonio Suárez (en el cascajo de San Antonio), Juan Hernández en San Juan, Maestro Antonio González en la calle del Conde, Maestro Antonio y Juan Falcon, José Monzón Santana, Periquito y Juanito Hernández, Maestro Juan Sánchez apodado según cuentan el Loro, Dominguito Mejías, y por lo menos una veintena más. Unos, remendones; otros, buenos oficiales que hacían zapatos y botas para una extensa clientela no sólo de Telde sino de todo el sur y este de la isla.

Al principio comentábamos de pasada que la principal fuente de riqueza de nuestro municipio era el cultivo de su hermosa Vega Mayor. La agricultura siempre ha tenido su complemento natural en la ganadería. Las ferias de San Gregorio no eran un evento más o menos folclórico, sino por el contrario, una cita para la transacción mercantil en donde el trueque y la compra-venta se sellaban con una palabra y el fuerte apretón de manos.

De marchantes o tratantes de ganado fueron importantes los Cabrera, Marrero, así como también Juan el Cortante, Pérez el Tuerto, Antonio Medina, Martel, Pepito el Gago, Vicente el del Corredera, don Luis Ojeda y don Silvestre Ojeda Medina que traían carnes de la Argentina y bestias (yeguas, caballos y mulas) de Sevilla y otras partes de Andalucía.

Y aún pudiendo parecer que ya hemos terminado nuestra relación, nos quedan trabajos tan importantes como el femenino de las bordadoras y pacotilleras que, con manos ágiles y dedos diestros en el dominio de la aguja, bordaban con primor, calaban sutiles pañuelos o complicadas mantelerías de lino. En Telde, eran famosas Carmina Suárez, las hermanas Croissier, Mariquita Monzón y otras. Todas ellas abastecían el comercio local y el indiano, dominado por Federico Mireles o Francisco Ramírez y algo más tarde, por Sindo y Carmelito Déniz.

Algunos pensarán que me he olvidado de las manos de nuestros dulceros que hicieron la delicia de nuestros años mozos, pero no es así. Aquí está su relación. Algunos, de los primeros años del siglo XX y otros, un poco posteriores: Melchorito en el altozano de San Francisco, Faustina Suárez, también del mismo barrio, Carmita y Lolita Galindo en Los Llanos, las de Alcaraván en San Antonio, Lina Suárez en la calle Ruíz esquina Mareta, Lola Peña y Mercedita, ésta en la calle Vega Grande, Carmita Hernández conocida como la del pescado salado en la calle Doramas, y las hermanas Sanabria frente a San Pedro Mártir.

De todos los oficios, a nuestros ojos siempre les causó sorpresa el de los carboneros. Nos pasaba algo parecido a Montiano Placeres, que cantó sobre ellos estos versos:

El chico de la carbonería

Tan negro,

Fumando,

Tendido a la puerta

Del pequeño comercio

Ellos fueron: Anastasio y Juan González, Las Medina, Suárez, Las Reyes, Juan Benítez Macías. Vendían carbón cuando este era necesario para cocinar en las también negras cocinas de hierro o para las pesadas planchas con que se alisaban los gruesos tejidos.

Oficios de gran tradición eran los que hoy englobamos en la llamada artesanía. Algunos llegaron a ser verdaderos motores de la maltrecha economía isleña, como es el caso de los tejedores, de los que Telde llegó a tener varios centenares en el siglo XVIII. Pero también eran oficios muy dignos el de cestero, albardero, alfarero.

Oficio realmente peculiar y no mal remunerado era el de plañidera, es decir, mujeres que se contrataban, con categorías de primera, segunda o tercera, a fin de que lloraran por un familiar difunto.

Lañadores, que pagaban loza, vulgarmente llamados pegarrajas. Y afiladores para cuchillos, en improvisada máquina sobre su ciclomotor.

Hasta aquí, esta relación de hombres y mujeres que con su trabajo crearon actividades económicas, hoy ya históricas, pero que en su tiempo sirvieron a la sociedad teldense para que ésta pudiera desarrollar con dignidad la vida cotidiana, con niveles similares a otras urbes españolas coetáneas. Para ellos, nuestro respeto y para sus descendientes el afecto y el reconocimiento de sentirse herederos de su nombre y su buen hacer.

El autor pide disculpas a los descendientes de aquellas personas que llevan su apodo o mote, pero de no ser así no serían reconocidos por los teldenses. Asimismo, agradecemos la información prestada por el Señor don Antonio Lorenzo Guedes y Pérez de Azofra.

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde, Hijo Predilecto de esta ciudad y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

FUENTE: https://www.teldeactualidad.com/articulo/geografia/2021/02/17/303.html

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