EL DÍA QUE SE BAUTIZÓ A UN ISRAELITA

POR ANTONIO LUIS GALIANO PÉREZ, CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA (ALICANTE)

Catedral DE Orihuela. Reja del altar mayor. Colección A.  L. Galiano.

En nuestra levítica Orihuela, a lo largo de los tiempos, sus gentes se han acostumbrado cotidianamente a todo aquello que surgiera de la liturgia y ceremonial de la Iglesia Católica. Lo cual daba motivo para que en alguna ocasión poco común, como el bautizo de un convertido, al igual que el sepelio de algún judío tuviera eco en la prensa del momento. Lo primero ocurrió el domingo 23 de abril de 1854, a lo que nos referiremos con más extensión.

Posteriormente a esta fecha, “La Voz de Orihuela”, el 16 de febrero de 1884, informaba que dos días después, salvo imprevisto, se efectuaría en la Catedral la administración del Sacramento del Bautismo a un judío llamado Judá Leví Flado, de dieciocho años y natural de Gibratar, que había vivido en Orán hasta que arribó en España. Para administrar el sacramento, el Obispo Victoriano Guisasola y Rodríguez, delegó el sacerdote Julio Blasco

Museo Diocesano de Arte Sacro Orihuela. Sede del Obispo Gómez de Terán. Foto A. L. Galiano

Transcurrido un siglo, “La Verdad” del 31 de octubre de 1989, daba la noticia del entierro en Orihuela de una anciana hebrea, llamada Sala Rose que había fallecido en una de las urbanizaciones cercanas a la costa. En presencia de los familiares de la finada venidos desde Inglaterra, las exequias las celebraron dos rabinos, siendo inhumado el cuerpo en un panteón adquirido por dichos familiares.

Ahora bien, retrasemos el calendario, y regresemos a aquel lejano día de 1854, en que en nuestra Catedral, además de ser bautizado fue también confirmado y recibió la primera comunión un israelita procedente de Constantinopla que, previamente había sido catequizado.

Esta noticia nos llega a través de las “Memorias” del canónigo penitenciario, después arcediano, Juan Alfonso de Alburquerque y Werión, que vivió momentos difíciles durante el extrañamiento del Obispo Félix Herrero Valverde y que,

posteriormente, dicho prebendado fue promocionado a la Diócesis de Ávila, y tras ello a la de Córdoba, donde falleció 13 marzo de 1874, siendo enterrado en la Catedral-Mezquita cordobesa.

Este canónigo describe con toda clase de detalles la ceremonia, en la que con las aguas del bautismo el israelita recibió los nombres de Manuel, María, Andrés, Félix y Jorge. Para ello, en la Catedral se dispuso un tablado alfombrado y adornado con cortinas de damasco carmesí, en la zona próxima al coro, sin interrumpir el acceso al mismo. Sobre el citado tablado se instaló un altar en el que se entronizó un crucifijo acompañado por cuatro candeleros de plata, además de todo lo necesario para administrar ambos sacramentos.

Museo Diocesano de Córdoba. Juan Alfonso de Alburquerque y Werión. Foto A .L .Galiano.

En el altar mayor se instalaron los candeleros y las sacras de plata, mientras que los púlpitos fueron adornados con paños de tisú de plata. El catecúmeno fue acristianado por el Obispo Herrero Valverde, el cual llegó al primer templo de la Diócesis en procesión acompañado por los miembros del Cabildo Catedralicio. El Prelado, pasó a ocupar la sede en el altar mayor, sentándose en el trono que fue fabricado durante el pontificado del Obispo Juan Elías Gómez de Terán. Por otro lado, el Ayuntamiento que había sido invitado por los padrinos del neófito, ocupó sus bancos. El israelita había llegado acompañado por Andrés Rebagliato, alcalde de la ciudad, y por Matías Sorzano, padrinos de bautismo y de conformación, respectivamente. Éstos aguardaron en la Puerta de Loreto a que el Obispo, después de haber finalizado los salmos al pie de altar mayor, saliera a recibirlos, para acceder todos al tablado antes indicado. El Obispo iba revestido de medio pontifical acompañado por tres canónigos, siendo los prebendados más antiguos, José María de Buck y Andrés Beltrán quienes le sirvieron el báculo y la mitra.

La novedad de que fuera a ser bautizado un converso, motivó que acudiera al templo un gran número de fieles, dando lugar a que el Cabildo Catedral adelantara media hora el coro y tuviera que suspender la procesión claustral. Así mismo, debido a la aglomeración de gente que deseaba presenciar la ceremonia, se tuvo que abrir la Puerta de los Perdones o de la Anunciación.

En el momento de derramar las aguas del bautismo, empezó a sonar el órgano, acompañado por el rodete de campanillas, irrumpiendo en toda la ciudad un repique general de campanas. Tras ello, el recién bautizado fue confirmado por el Obispo, y a continuación, accedieron todos al altar mayor, ocupando el converso un lugar junto al alcalde y al otro padrino, en los bancos de la Ciudad. Mientras el Prelado dejaba las ropas de medio pontifical para vestirse la capa magna e iniciar la misa conventual, que fue celebrada por el canónigo doctoral Francisco de Gonzálvez. El recién bautizado recibió la primera comunión de manos del Prelado, y una vez finalizada la misa, el doctoral Francisco Baeza pronunció un sermón alusivo a la ceremonia que se estaba llevando a cabo. Tras ser publicadas las indulgencias, el Obispo dio la bendición, concluyendo la ceremonia con el canto del “Te Deum”, a la vez que, de nuevo, repicaron todas las campanas de la ciudad.

A continuación el Prelado se retiró al Palacio Episcopal, precediéndole en el cortejo el nuevo cristiano con vestidura blanca flanqueado por los dos padrinos.

Al día siguiente, en que se conmemoraba la festividad de San Vicente Ferrer, el converso con dicha vestidura blanca acudió a la misa acompañado por el alcalde y padrino de bautismo, ocupando de nuevo un lugar en la capilla mayor.

Es lógico que esta situación poco frecuente, en la que se bautizaba, confirmaba y recibía la primera comunión un convertido al catolicismo, diera lugar a la curiosidad e

interés de los oriolanos por presenciar la ceremonia. Como decía, era un hecho poco habitual que acaeció un 23 de abril de 1854.

FUENTE: ORIHUELA, HOY

 

 

 

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