LA PENUMBRA DEL BOSQUE DECRÉPITO

POR EDUARDO JUÁREZ VALERO CRONISTA OFICIAL DEL REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO (SEGOVIA).

Fuente de la Plata

Más allá de la última línea, pasada la puerta que limita el Real Parque, existe un verdor olvidado para los miles de personas que lo circundan. Aislado de la horda efímera que cada fin de semana atosiga los humedales próximos a la Fuente de la Plata por una decadente tapia ajada tras siglos de erosión e indiferencia, este bosque vive ajeno a idas y venidas, excursiones y deleites intrascendentes abocados a la cotidiana omisión de la rutina superficial. Amortiguadas las voces por las viejas piedras decadentes, los árboles han crecido despreocupados, buscando un hilo de luz que alimente un vigor sólo contrarrestado por los arrebatos incontrolables de la furia materna. Rebollos retorcidos compiten con la altanera arrogancia de los pinos albares, enhiestos como adarga en polvorín a la espera de un enemigo capaz de contrarrestar tanta presunción. Entre ellos se escapa alguna bardaguera asomada a la ribera de la escorrentía de turno que crece en el silencio de la desatención, y no pocos acebos hermanados en la umbría de algún cedro descomunal que trepa despistado en la esperanza de que nadie se atreva a acercarse para admirar su recia corteza.

Puestos allí por el afortunado azar del bosque, ese mismo que deja asomar una rocalla aquí para que trepe la vinca de flores violetas y un terraplén un poco más allá donde anidará la madreselva insaciable, cedros, rebollos y pinos, bardagueras, guindos, tilos, álamos, castaños, hayas y hasta algún aligustre extraviado compiten por la escasa luz, atosigados por el verde impenetrable del musgo eterno. Este, suave y apaciguador como todo lo pernicioso, en alianza inquebrantable con los líquenes tímidos de pardas intenciones, avanza con paso marcial gracias al convencimiento de que todo aquello acabará por ser pasto de sus oscuras ansias. Caminos, rocas y árboles, tapia, raíces y ramas, todo parece estar sentenciado a un inmenso e impenetrable verde oscuro tirando a negro, ese mismo que transforma un bosque perdido en una decrepitud insondable donde llevar la mente cuando la imaginación no da para más. Justo en ese momento en que las ardillas dejan de perseguir las semillas que antes rodaban ladera abajo; que las truchas no se regocijan en los bodones tratando de escapar al hambre eterno de nutrias y hurones; cuando los jabalíes ya no quieres escarbar entre los raigones, los corzos no peinan los brotes tiernos desaparecidos y los zorros se aburren de merodear a la conquista de nada; ese momento, digo, es cuando el bosque transmutado en reliquia palpitante ha pasado a mejor vida.

La misma democracia que se reveló en república cuando el primer brote de aquella nuez asomó en la ladera más empinada

Es entonces, queridos lectores, que aquel emocionante espacio nos sirve de ejemplo vital imperecedero donde aprender y enseñar para asumir la necesidad de la renovación. Entre sus caducos y decrépitos habitantes de costras secas y líquenes barbudos, uno puede buscar la parábola de la renovación como único camino para expiar la vejez imparable donde ansía juventud en eterno devenir. Es ahí donde llevé mentalmente a un grupo de estudiantes de Ciencias Políticas de la Universidad Carlos III de Madrid hace ya un par de años para que comprendieran la asunción imprescindible de la mudanza constante inherente a la democracia. Sentada su imaginación junto al brutal pino albar que otea la vereda de la fuente al otro lado de la tapia, pudieron comprender cómo ha de ser una democracia para poder sobrevivir a musgos y líquenes, hiedras parásitas y ventoleras que desgajen ramones, aquella que confiamos ver tocando el cielo, mientras vivimos un presente constante que desoye el pasado y no afronta futuro sino una ensoñación embustera. Esa democracia que creció en la clandestinidad todo el tiempo que el cedro del rastrillo estuvo dudando si girar hacia el esquinazo de piedra o crecer recto como sus parientes del bosquete que custodia la fuente de la Fama; la misma democracia que se reveló en república cuando el primer brote de aquella nuez asomó en la ladera más empinada, ajena a robles insensatos y ardillas hambrientas, para acabar devorada por la negrura que esconde el verdor descontrolado. Esa democracia que, renacida una vez más en el enésimo avatar reformista, ha completado ya la cuarentena sin que nadie se percate de lo cercanos que andan ya del suelo los líquenes que cuelgan de sus retorcidas ramas.

Aquellos jóvenes no supieron ver que la salvación se halla en los brotes pegajosos de inmaculado verde brillante

Asustados por la premonición legendaria, mis estudiantes no pudieron articular palabra alguna. Incapaces de imaginar un mundo sin democracia, un bosque sin vigor, una vida sin respeto y comprensión del compañero de viaje, de la peregrina que sonríe a cada paso ganado a la barranca más pingorotuda; aquellos jóvenes no supieron ver que la salvación se halla en los brotes pegajosos de inmaculado verde brillante que aquellos vejestorios aún son capaces de enseñar. Y en las semillas que habrán de traer nuevos retoños de cortezas lisas, libres de la congoja con que la vida retuerce la juventud.

Fue justo el momento en que todos ellos, aliviados por una mínima esperanza, cayeron en la cuenta de la explosión brillante de un cegador mar de narcisos sobre las mortecinas hojas secas de roble. Aquellos, asomando jóvenes, renovadores de un miserable futuro atado a un pasado que no terminamos de asumir, nos muestran cada primavera que incluso entre la arboleda olvidada del rastrillo viejo hay lugar para la renovación, hay sitio para la esperanza, pues, si los narcisos pueden revivir entre tanta miseria, qué no podremos hacer el día que comprendamos la libertad escondida en el cambio y la sabiduría implícita en la penumbra marchita de un pobre bosque decrépito y crepuscular que languidece en el esquinazo del Real Parque de San Ildefonso.

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