UN PUEBLO PARA SOÑAR DESPIERTO

CATALINA SÁNCHEZ GARCÍA Y FRANCISCO PINILLA CASTRO, CRONISTA OFICIALES DE VILLA DEL RÍO (CÓRDOBA)

Meandro del río Guadalquivir en el valle sur de Sierra Morena,

El promontorio natural existente frente al meandro del río Guadalquivir en el valle sur de Sierra Morena, entre las coordenadas geográficas 37° 58´ N de latitud y 4° 16´ O de longitud, era antaño un espléndido mirador para soñar despierto. En este lugar, durante la dominación árabe en España, se construyó un Castillo que fue utilizado como punto de vigilancia de los movimientos de los reinos de Córdoba y Jaén, que tenían la separación de sus términos en el arroyo Salado de Porcuna.

Tras la expulsión de los árabes de Andalucía por el rey Fernando III el Santo, el monarca repartió su botín entre los colaboradores de la conquista, y el Castillo y tierras colindantes de las coordenadas citadas se las dio a don Fernán Ruiz de Aguayo, a quien convirtió con este reparto en el primer dueño y señor del solar donde se ubica el actual Villa del Río.

Con el paso del tiempo, El Río, que así se llamaba el predio en 1572, un remanso de paz junto a un gran río por donde circulaban ideas y mercancías, se fue convirtiendo en una aldea y en un enclave próspero que llega como resultado a la formación del pueblo actual.

Conserva esta localidad, de los tiempos romanos el Puente, y de su pasado árabe, el Castillo; la arquitectura renacentista y barroca, que habla por si misma, tiene repartidos los monumentos y escudos nobiliarios  por sus calles en amalgama con las casas populares, y en algunos patios interiores de casas de vecinos particulares (Sres. Criado, Hermanas Coleto), se observa ese toque delicado en el jardín que distingue la exquisita y sobria delicadeza de una sociedad refinada y culta.

A medias se conserva la estructura de las Aceñas en el río Guadalquivir,  primigenio de una industria avanzada; y las norias, que convertían las tierras áridas en fértiles huertas, están todas desaparecidas, en contracultura a la señalada anteriormente.

Para soñar en Villa del Río, lo mejor, es ser un soñador, no intentar desvelar su fisonomía,  es mejor recrearse con las sorpresas que se encuentren y  estar predispuesto para soñar; como en un país de hadas.

Hay que elegir la hora adecuada para el encuentro con el pueblo y lanzarse en su búsqueda. Con el alba se presenta la mejor ocasión, el sol llega por levante y penetra en todos sitios. Hay que esperarlo en la Plaza de la Constitución con el primer canto del gallo y los trinos de los pájaros de la ribera, y contemplar: cómo los rayos solares deshacen el plateado suelo dejado por la escarcha; cómo viste de color canela y oro  la piedra arenisca del castillo;  cómo ilumina el brillo de los verdes naranjos en flor y su dorado fruto que aromatizan de azahar toda la Plaza.

Por la tarde, cuando se están retirando los últimos rayos solares hacia occidente hay que contemplar hasta su culminación una puesta de sol; ver al astro rey beber agua en el Guadalquivir; ver al río suministrándole continuamente su agua teñida de un brillante color púrpura, que baja de Sierra Morena bordeada de una frondosa arboleda verde, hasta que consigue saciar su sed  cerrándole los párpados y consigue dormirlo.

Por la noche contemplar el formidable templo parroquial iluminado por la luz ambarina de los focos artificiales, que iluminado desde la base parece crecer en su campanario, viendo posar la luz sobre las piedras de los muros hasta resaltar la silueta y los formidables contornos de sus tejados y torre, mientras que, el resto del pueblo queda hundido en tenues sombras alrededor del monumento con un siglo de historia.

Vivir desde el primer momento el trasiego de un pueblo que se despierta; ver las mujeres que cruzan en silencio el atrio del altozano para oír la primera misa; la salida de sus hogares de trabajadores que se dirigen a la fábrica; el olor del pan recién sacado del horno; la elevación del humo ceniciento que sale  de las chimeneas; a los niños camino del colegio adormilados, cargados de bolsas con libros; los mochileros excursionistas, etc. etc.

En los viajes se trata de viajar, de ver, moverse de un sitio a otro para después soñar, soñar con distintos escenarios, no quedarse nunca como el ángel Moroni, más quieto y tieso que un pararrayos.  Los viajes se deben hacer acompañados, viajar solo, sin compañía, es como no viajar. En los viajes dormir deja de ser una necesidad. Dormir es una pérdida de tiempo. Mirar, escuchar, fantasear, inventar, este es el único mandamiento del viajero en este paraíso de horizontes, al que sólo se vuelve con el pensamiento para vivirlo dos veces, y en el que el tiempo vuela como un ave rapaz entre crestas montañosas sobre valles profundos a los que sólo baja para repostar.

Villa del Río es un concentrado vitamínico del espíritu cordobés, del espíritu andaluz, o mejor dicho del espíritu humano, donde lo bueno nunca pasa de moda. Un pueblo para caballeros andantes, en el que encontrarán arte, amor, flores, agua, etc. Donde los monumentos, escasos pero nobles, lucen como las joyas; como luce el palmito en las gentiles mozas, el agua a raudales en su gran río y las flores en los balcones.

En el campo, se levanta airosa en mitad de la ladera del cerro Morrión,  la ermita de la Patrona Nuestra Señora de la Estrella, dominando las casas que forman el pueblo y su continuo crecimiento. La panorámica desde este lugar privilegiado se torna tranquila, como el descenso de la  cautivadora agua del río.

Desde el puente de Hierro viene un aire puro de Sierra Morena con olor a jara y romero y se contempla el río Guadalquivir descendiendo hacia el sur buscando el mar, cortejado de corpulentos árboles llenos de aves cantoras aclamándolo como rey de la pradera, y en un suave meandro besa los cimientos del pueblo y torna hacia occidente, dejando al frente y en alto a los pobladores de la blanca villa, para que, pacíficos disfruten del susurro de los borbotones del agua con las piedras en el fondo de su cuna.

El riesgo, para el viajero que llega a este pueblo, un pueblo para soñar despierto, con múltiples atractivos e ilusiones, es, ser atrapado bajo su poder de fascinación y quedarse en él. Catalina y Francisco

FUENTE: CRONISTAS

 

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