ZENÓN EN LA FALÚA

POR EDUARDO JÚAREZ VALERO, CRONISTA OFICIAL DEL REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO (SEGOVIA).

Felipe V

Frente al relato que oculta la infamia bajo una vida de dedicación, la historia debe mostrarnos tal y como fuimos, con las luces que nos encumbran y las sombras que aterrorizan a los que nos rodean. Solo entonces seremos capaces de dar valor histórico al individuo.

Hace algún tiempo, indagando en los años bárbaros de la locura imparable que consumía a Felipe V, llegué al conocimiento de una multitud de subterfugios ideados para su alivio por los cortesanos de aquel pobre rey encadenado a un trono que detestaba. Animados por la reina Isabel de Farnesio, más apegada a la ostentación del poder que preocupada por la deriva insana que empujaba a aquel pobre hombre hacia una oscuridad de dudoso retorno, todos los allí frecuentes organizaban cualquier distracción que pudiera sacarle del ensimismamiento al que sus múltiples patologías le condenaban cada vez con menos latencia. Así, entre partidas trileras de mallo junto al recién terminado plantel de la Fama, deliciosas veladas de bolos rodeados por los setos de platabanda de los delicados bolandrines del plantel de Andrómeda o sorprendentes competencias persiguiendo el XIV en el bosquete del Anneau Tournânt, por debajo de la fuente de la Selva, justo al lado de la puerta de Alfonso XII recién abierta, la vida de aquel rey poseído por una notoriamente desconocida locura transcurría en deprimente fiesta continua.

Ahora, de entre todos aquellos cortesanos, ninguno más creativo en la fastuosidad que el joven Zenón de Somodevilla, Marqués de la Ensenada. Empeñado en sacar al rey de sus vapores dementes y aliado con su amigo Carlo Broschi, il Farinelli, decidió liberar del embarcadero la famosa falúa que había sido construida para que el incomprendido Carlos II navegara su mísera vida entre lagos artificiales y meandros del Tajo. Transportada la embarcación hasta el estanque principal del Jardín de este Real Sitio, dispuso Zenón que el monarca extraviado cabalgara aquella montura barroca sobre las calmadas aguas que allí almacenaban el Carneros y el Morete para que, escoltado por una flotilla de embarcaciones, Carlo Broschi pudiera deleitar a medio bosque con su incomparable voz. Al parecer, aquella proeza estilosa del joven cortesano sacó durante algún tiempo al rey orate de sus delirios, por lo que acabó recibiendo amplio reconocimiento, quedando su logro en los anales del acervo colectivo de una sociedad empeñada en mantener bajo el solio al precio que fuera a un hombre incapacitado para el ejercicio del poder.

Con el paso de los años y el fallecimiento de esa alma en pena, Zenón no solo mantuvo su posición en la corte, sino que llegó a ser consejero durante los dos reinados siguientes, ocupando las secretarías de Estado, Hacienda, Marina, Guerra e Indias. Ampliamente reconocido por su carácter ilustrado, lo que le llevó al proceso reformador de la sociedad como llave para su progreso, trató de retocar cuantos aspectos tuvo a su alcance, incluso la conformación del camino real que comunicaba Segovia y Madrid por el puerto de Guadarrama, donde colocó un león que actuara como trasunto del monarca Fernando VI, lamentablemente prostituido su nombre por los facinerosos que atentaron contra la convivencia hace ahora ochenta y cinco años. Fue capaz incluso de infiltrar en la Royal Society a Jorge Juan y Santacilia para robar los secretos de aquella alardeada marina británica, ampliamente superada por el ingenio patrio en aquellos años ilustrados.

Ahora bien, entre toda aquella política progresista, entre toda aquella ilustrada voluntad reformadora, Zenón decidió exterminar a los gitanos que poblaban este maravilloso país de atormentado e ignorado pasado. El 30 de julio de 1749, actuando de forma coordinada, ordenó la detención de todos los gitanos del país, consiguiéndose la captura de unos doce mil paisanos. Separados por sexo para que así se extinguiera la etnia, los hombres acabaron encadenados en los arsenales para dedicar su miserable existencia entre trabajos forzados, quedando los menores de siete años y las mujeres sometidos al mismo trato en fábricas y cárceles dispuestas a tamaño fin. Conocida la acción de exterminio como Gran Redada, se dilató en el tiempo hasta el año 1763, fracasando en su motivación primigenia.

Mas, este humilde Cronista, que es taimado en esto de analizar el pasado, se pregunta cómo es posible que, de todo lo hecho por ese prohombre que tanto divertía al rey demente y aconsejaba con tanta prudencia a Fernando VI y Carlos III; que intentó cambiar muchos de los factores económicos que empujaron este santo País hacia una posición más que privilegiada en la competencia económica occidental; que sólo cayó en desgracia cuando la estructura de inteligencia y espionaje inglesa logró que una de las muchas acciones de desinformación y contrainteligencia infiltradas en la corte de Fernando VI alcanzó el éxito debido; cómo es posible, digo, que sigamos recordando el personaje triunfante en la lucha contra el inglés, el reformador avanzado y el ilustrado exitoso que alegraba las penas de Felipe V a lomos de una falúa construida para otro rey perdido para el conocimiento propio y olvidemos al exterminador sibilino, al eliminador de etnias, calculador opresor de una singular comunidad hispana.

Quizás sea, queridos lectores, que, enamorados de un pasado de trágica leyenda e incomprendida historia falseada por el eterno relato de la invención manipulada, hayamos acabado por rechazar el horror que nos ha precedido, dejándolo al pairo de una falúa escondida en el embarcadero perdido del Mar de nuestra conciencia reprimida.

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