EL BOSQUE A LA FUGA

POR EDUARDO JUÁREZ VALERO, CRONISTA OFICIAL DE REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO (SEGOVIA)

Amo el bosque no por lo que esconde, sino por todo lo que de mí hay en ello. Prendado de la umbría encubierta tras la roca descarnada, camino hacia las altas cimas tratando de hallar esa sencilla humildad que algún día desearía ver reflejada en el espejo. En la negrura del verdor intenso que cubre las rocas húmedas y chorreantes del paredón de la Chorranca o en el suave y delicado amarillo pastel del piorno primaveral sacado de una pincelada caída de María Rubio Cerro desearía abrir los ojos esas mañanas de laboro intenso y poco descanso. Por encima del carril de la Garita, donde sacaron los pastores de árboles una lata inmensa de un único pino para levantar un chozo entero; justo antes de alcanzar las lomas empedradas en el pinar del Accidente por debajo de la pradera de los Soldados, me encantaría gastar un buen rato cada mañana antes de dar ese primer paso que empuja la rueda para no parar en toda la semana. Descansado entre la yerba cervuna de la majada del Tío Blas o abducido por el cantar del caño gordo que brama agua gélida desde la fuente del Intendente al manantial del pino de la bota, estoy seguro de afrontar el presente, pasados unos instantes deliciosos, sin la menor preocupación hacia un mañana esperanzador que no consuma el hoy con esos miedos de un ayer incomprendido.

Y de todos aquellos parajes inmemoriales y homéricos, nada me apasiona más que el bosque primigenio que aún palpita dentro del cultivo en que ha desembocado la antaño floresta de Segovia desde que Carlos III los comprara al concejo a mediados del siglo XVIII. Ese bosque de tronco revirado y marchito que, perdida la liviana corteza anaranjada, ha devenido en un arrugado pellejo; tintado de infame marrón con matices grisáceos, verdes y blanquecinos coloreados por líquenes barbudos e irrespetuosos con la edad que otorga un fuste acanalado por cientos de años al barbecho de un monte que no entiende de otra cosa que no sea tiempo y agua, viento y frío, sol abrasador y escorrentías desvergonzadas; ese bosque repleto de pinos asimétricos y torneados por la pasión serrana y el sufrimiento que un paraíso regala a quien se atreve a experimentarlo; ese bosque, digo, que late en mi corazón incluso cuando padezco el adoquín abrasador de Zocodover o el asfalto lacerante y la repulsiva losa pulimentada de la puerta del Sol, sigue ahí, vigilante, en las lomas más ariscas de una sierra que vigila un mundo cada vez más aciago y hostil. Ya sea entre pinos acostados, arrastrados por el descomunal peso de un punzante frío plomizo a la fuga u oculto bajo el abrazo de negros tejos balsámicos y rojizos acebos de dulce brisa, el viejo bosque segoviano late con un corazón arrítmico entre la peña de la cima y las enhiestas varas somatizadas de los clones cultivados en los bajíos horadados por pistas y arrastraderos, praderas falaces y extemporáneos cargaderos de leña muerta y mutilada.

Mas ese primer bosque, origen de todo y principio de nada, se bate en lenta retirada hacia los picos más abruptos y los vientos más secanos. Acogotado por la explotación intensiva de laderas y collados, viejas praderas invadidas y vaguadas anegadas, apenas se puede ver más allá de los ajados caminos del alto paso que sea. Atrapado entre el roquedal desarenado y las praderas de jabinos y piornales, los viejos pinos ancestrales, chaparros y deformes, enramados hasta el raigón y desmochados por el rayo intempestivo y la insaciable vaca de lengua muerta, aquellos monumentos languidecen su medio milenio de vida. Ya no hay chiquillos que los escalen ni pastores que roben alguna de sus ramas bajas al privilegio impuesto por los monarcas. Fija su savia en todo lo que por allí transita, tan solo recibe la indiferencia del turista ocasional, del ciclista desmemoriado, del corredor ausente de un pasado que grita con cada zancada al son de las pedaladas rítmicas de una sociedad cegada por el disfrute de una naturaleza abstraída y sacada del natural contexto en el que debería ser atendida.

Y, condenado por ese desdén incomprensible, el bosque se agosta achuchado por la explotación extensiva y la barbarie humana que todo lo consume. Abrasado el medio por el uso indiscriminado de unos recursos destinados a lo inmediato, salga el sol por Antequera o Alaska, secamos los manantiales, quemamos las reservas y elevamos la temperatura hasta ese punto en que la inteligencia queda paralizada por la máxima estupidez que uno pueda imaginar. En ese fragor salvaje del hoy sin mañana, el bosque perece lentamente y el viejo pino de tetones ariscos y piel áspera se ve invadido por el imbatible y opulento roble. Antes asumido por las bajuras de un pinar atávico, campa y por las alturas sin un horizonte que lo atemorice. Compañero ya de la fuente de la Peseta o de los peñotes de la majada de Rompe, el rebollo transmutado en ancho y frondoso roble de hoja coriácea y agalla preñada de insoportable y zumbadora mosca, escala día tras año ladera arriba, al calor de un medioambiente bien cacareado por cuántos se asoman al privilegio y muy poco combatido por el sentido común.

Encerrado en un mundo desequilibrado por la sinrazón y el conocimiento mezquino de lo que se debería hacer, el viejo bosque segoviano se despide en la estrechez de una franja cada vez más insegura, constreñida entre el risco de los Claveles y la fuente de las Mentiras que un día señalara el tío Conrado Martín Merino, consumido por la esperanza de que ese mismo calor que encanalla al joven rebollo segoviano termine por dejarlo coronar la mocha de Peñalara, entre temblorosos canchales y neveros perdidos para firmar desde ese fin del mundo un canto de cisne que, sinceramente, espero no poder presenciar.

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