SIEMPRE NOS QUEDARÁ EL CAMPO

POR CARMEN RUIZ-TILVE, CRONISTA OFICIAL DE OVIEDO

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Septiembre, mes bisagra, comenzó con las Medallas de Asturias, entre las que destacan las de Carmen Gómez Ojea y Adolfo Rivas l San Mateo contentó a casi todos, salvo a los barraquistas, que se fueron con la música a otra parte

Pasa septiembre, mes bisagra entre el verano y el otoño y este año hay que reconocer que el cielo se portó, en contra de lo que vaticinaban unos franceses aguafiestas, y nos dio días interminables de sol con el paisaje colorido que admiró a los muchos visitantes que se acercaron hasta aquí.

Con septiembre también empiezan las ceremonias que hacen de prólogo al otoño-invierno que llegará.

El primer acto oficial fue la entrega de las Medallas de Asturias que, en un acto sobrio en el Auditorio, tuvieron la plausible novedad de prescindir del oro y dar solo medallas de plata, todas iguales, lo que evita agravios comparativos. Todo muy bien, en un ceremonia breve y ágil en la que de entre todos los premiados quiero destacar a Carmen Gómez Ojea y a Adolfo Rivas. Carmen, que intervino en representación del resto, fue Carmen en estado puro, brillante y directa, una mujer que lleva toda su vida recorriendo el camino de la literatura y es siempre como es, como lo fue allí. Gracias, Carmen.

Adolfo Rivas tiene, entre otros méritos, el de ser director eficaz de la Fundación Vinjoy, una obra extraordinariamente benefactora que nació en Oviedo como empeño personal del padre Vinjoy y sigue aquí, muy crecida, porque las necesidades a las que atiende no cesan ni desaparecen con los avances técnicos. Está recibiendo reconocimientos, pero todo es poco. Adolfo Rivas, siempre en causas solidarias, es también director de Caritas y se multiplica en esto con buen fruto. Es para mí un orgullo constatar los méritos de mis antiguos alumnos y él lo fue.

Como el tiempo vuela, en septiembre voló el tiempo para adelantar el comienzo del curso de la Universidad, que lejos de ser, únicamente, un acto protocolario y solemne, fue además la apertura real de las clases y tareas y ya andan las facultades y las calles animadas, recordándonos a cada paso que esta es ciudad universitaria de verdad.

San Mateo. Las fiestas de San Mateo dan para mucho y como cada cual habla de la feria según le va en ella se repartió contento para muchos, los de los clásicos chiringuitos, los de los novedosos gastrobares -palabra fea en la que la etimología no pinta mucho- y para todos los que hicieron su agosto en septiembre, menos los barraqueros, que se fueron con la música y el ruido a otra parte. Y hablando de música, habrá que echar el freno o la sordina a los altavoces porque uno de los encantos de la fiesta está en charlar con los amigos con unas cañas por el medio, y no hay manera.

Hubo fiestas para todos con los escenarios crecidos y multiplicados. Para colmo de bienes son pocos días, porque como dicen que decía Isabel la católica, mujer de su casa, «todos los días gallina amarga la cocina».

Palabras mayores. Como constatación de que entramos, de verdad, en el tiempo de ordinario, nos llega de la Audiencia la confirmación de la sentencia de La Balesquida, que es jarro de agua para mucho balesquidos, entre los que me cuento. Por supuesto no es que haya nada en contra el señor arzobispo, que recibe del cielo, se supone, el regalo de la cofradía más antigua de España, y valorada entre las más antiguas de Europa, si no la más. Fundada, como es bien sabido, por una dama ovetense de origen franco, parte de una nutrida colonia de la que nos queda el nombre de La Gascona, tuvo doña Velasquita o Balesquida Giráldez el cuidado de dejar su obra a los «xastres y otros hombres buenos de la ciuda». Con obras piadosas a su costa y hospital en el que se acogían las llamadas «vieyes de La Balesquida», protectora eficaz de los y las ovetenses, en el siglo XIII hizo una cofradía laica, cuando todo giraba en torno a lo religioso, y ella era evidentemente religiosa. Si hubiera querido hubiera dejado su legado a la sombra de la Iglesia, pero no lo hizo. Cuando en los años 30 del siglo XX la obra languidecía y peligraba, otra vez un grupo de «hombres buenos» de Oviedo lograron regenerarla, creando la Sociedad Protectora, siempre manteniendo su carácter independiente. Ignoramos la razón última de este cambio que trae zozobra en tiempos de tanta zozobra.

Oviedo es música. Reconforta el ánimo el espectáculo que se vivió delante del Auditorio, a media tarde del penúltimo lunes de septiembre, con la paz de la vida de ordinario recuperada, cuando los músicos de las orquestas de música clásica empezaron a tocar para los que por allí pasábamos, unos de pie, otros sentados, los niños dejando los juegos para sentarse en el suelo a escuchar el maravilloso milagro de cerca. La evidencia de tanto acoso a la cultura puede ser preludio de empobrecimiento de una realidad cultural y educativa que costó mucho conseguir, en esta ciudad pionera y muy bien dotada en lo musical.

Fuente: http://www.lne.es/

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