UN ENCUENTRO CORAL, VOCES PARA LA AMISTAD

POR RICARDO GUERRA SANCHO CRONISTA OFICIAL DE ARÉVALO (ÁVILA)

El pasado ha sido un fin de semana para no olvidar y nunca mejor dicho porque, aunque sea una frase hecha y convencional, de vez en cuando adquiere su verdadero significado, cono es el caso.

Ayer este Diario dio puntual noticia de la celebración del XX Encuentro Coral “Villa de Candeleda”, pero yo hoy, en estas líneas de mi torre, necesito contar los aspectos más afectivos, los menos periodísticos, pero también esos aspectos que quedan en sentimientos emotivos vividos en unas circunstancias más cercanas. 

Hoy me expreso como coralista, como miembro de la coral de mi ciudad, La Moraña de Arévalo, que tantos momentos buenos nos proporciona, de emociones musicales, también de esfuerzos y ensayos, que todo forma un todo de esta inquietud musical polifónica.

Verán amigos lectores, esta coral arevalense de la que hablo, tiene ya una edad en este mundo de la polifonía, unos años que nos han proporcionado muchas vivencias y aventuras musicales, que nos han hecho viajar a muy diversos puntos nacionales y extranjeros, conocer tantos sitios y tantas gentes… hoy me vienen de la memoria algunas vivencias compartidas con otras formaciones, compartida con otros coros, precisamente en encuentros múltiples, como fue la Mundial Coral de Laval, en Canadá, que como en este caso de Candeleda, compartimos escenario, encuentros y compañía con otras corales. Y he encontrado varios puntos de similitud… muchos coralistas juntos, de diversos estilos musicales y tendencias, de diversos repertorios y entonaciones. La tormenta nocturna que en Candeleda retrasó el espectáculo musical central del encuentro, como en Laval… allí se suspendió. Éramos junto a otra formación cubana los seleccionados de habla hispana para el concierto del gran escenario. También de momentos muy calurosos, cantando al sol o casi, como en la Calle de la Iglesia, que la línea de sol-sombra iba desplazando a intérpretes público espectador, como en aquel escenario del gran parque de Laval… magníficos grupos de música no tan convencional… y la apoteosis de todas las voces participantes, en torno a trescientas, en aquel gran escenario. La lluvia mermó algo la audiencia, pero la calidez de la acogida no mermó para nada esas emociones compartidas con otras voces, con otras gentes, algunas de origen más cercano, otros más lejanos, todos unidos por un mismo sentir y el amor a la música. Y con un clásico, el Nabuco, universal y tan lleno de simbolismo, como en el Museo de Pérgamo de Berlín, ante la puerta de Ishtar, un privilegio inolvidable.

Como muy bien dijo José Antonio Muñoz en la presentación de todos las corales participantes en este encuentro que acabamos de disfrutar, después de los efectos de la pandemia, muy intensos y dolorosos para todos, pero que el mundo de las corales ha sentido con intensidad poniendo en peligro, además de muchas vidas, la supervivencia de tantas formaciones… su dirección vital y apasionada nos muestra el carácter y el talante de este hombre amante de la música que tantos palillos ha tocado para lograr esta gran espectáculo en un entorno de ensueño, una de las más bellas poblacuones e nuestra tan variada provincia, ahora que ha sido reconocida como le villa de las casas rurales y de turismo de Castilla y León, con sus calles típicas, sus balconadas, sus plantas y flores por todas artes… y su agua que baja de las cumbres sonora y saltarina, aunque encauzada por alguna de sus calles. Esa placita de Las Burgas, tan recoleta de arquitectura tradicional, con esas golondrinas espectadoras de excepción que aquellos sonidos que las encandilaban y hacían cantar en rivalidad con los coros. O esa Plaza Mayor tan recoleta y adornada de plantas, especialmente la Casa de las Flores, que es Museo del Juguete y desde siempre ha sido y es una imagen característica de esta villa acostada a los pies de Gredos, un microclima de palmeras, naranjos y limoneros, tabaco y el famoso pimentón, en esta Castilla de las cumbres. Enlace de dos comarcas, el Valle del Tiétar y La Vera con el macizo central de Gredos y los picos más altos, al fondo del impresionante paisaje que, como un telón de fondo, decora el caserío con la Capra Hispánica presidiendo el inicio del casco histórico.  

Al lado, el castro Vettón de El Raso, vestigio y lugar arqueológico. Y la gran garganta de Sata María ahora y este año baja de caudal, y poco después, la Virgen de Chilla, su patrona en el gran santuario…

Gracias por invitarnos… ha sido toda una experiencia, ¡casi vital!!!

FUENTE: EL CRONISTA

 

 

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