ECHANDO EL RESTO

POR ANTONIO LUIS GALIANO, CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA

Grabado de Alagarda, 1760.

Grabado de Alagarda, 1760.

Las personas y las instituciones suelen, en algunos momentos, hacer un esfuerzo para quedar bien que a veces va dirigido para demostrar más de lo que se es, por aquello del quiero y no puedo, o para demostrar complacencia en espera de lograr alguna prebenda. En el primer caso, se traspasa la línea divisoria que supera las posibilidades económicas, concluyendo con deudas que lo único a que conducen es a desequilibrar la economía familiar. En el segundo aspecto, es como esperar `pares devueltos´. En ambas situaciones, pudiendo o no afrontarlas, se crea una actitud que es la antítesis de ese dicho oriolano que reza «ser más agarrao que una ardaba», que refleja la tacañería o la poca esplendidez. Orihuela y, por extensión los oriolanos, a lo largo de nuestra Historia siempre hemos sabido estar, demostrando generosidad con aquellos que nos han visitado, presentando en más de una ocasión una apariencia enriquecida diferente a la situación real que se vivía en esos momentos. De igual forma, que en muchas ocasiones se ha sabido echar el resto, no como sinónimo de forzar una última jugada apostando lo que nos queda, sino como un esfuerzo máximo para conseguir algo, que tal vez fuera únicamente mostrar con nuestra hospitalidad un agasajo que favoreciera la posterior relación. Esto último es lo que intuimos que se pretendió con la organización de la bienvenida de un nuevo gobernador a Orihuela a mitad del siglo XVIII.

Corría el año 1755, y para preparar los fastos de la llegada del que sería el número treinta y seis en la nómina de los gobernadores, la Ciudad comisionó a los caballeros capitulares Juan Ignacio Otazo y a José Maseras López para que preparasen todo lo necesario para recibir a Pedro de Narváez y Piédrola, que venía a sustituir a Antonio León Villaseca y Carvajal, que desempeñaba dicho cargo desde 1735.

El gobernador militar y político Narváez y Piédrola, era natural de Guadix y vino avalado por su rango de capitán de guardas españolas y como coronel de los Reales Ejércitos. Al poco tiempo de estar posesionado de su cargo, que debió producirse en los primeros días del año 1755, el 15 de mayo de dicho año fue sustituido provisionalmente por Lorenzo de Samora, el cual fue nombrado cuatro días después. El motivo de su sustitución no fue otro que «habiéndole aconsejado que para mejorar sus accidentes, debe tomar los aires de su Patria», obteniendo a tal efecto el permiso correspondiente a través de una real orden. Posteriormente se incorporaría a su puesto, desempeñándolo hasta su fallecimiento, siendo sustituido por Tomás Giménez de Ybusqueta, en 1761. A Narváez se debió la fundación de la iglesia Hospital del Corpus Christi y la de la Venerable Congregación de la Caridad, en 1757. Reedificó y arregló las calles y los paseos de la ciudad y acondicionó los caminos del término. A él se le atribuye la construcción de la Cruz cubierta que existía en la Alameda de San Antón. Así mismo, se le valora que limpiase la población de vagabundos, delincuentes y mujeres de mala vida, hasta el punto que según indica José Montesinos en un romance heroico que se dedicó en elogio a su persona con motivo de la inauguración de la iglesia del Hospital, en una de sus estrofas se decía: «Ahora si que cantarán/ gallinas en los corrales/ que ya las zorras están/ con grillos en los arsenales/». Tras su fallecimiento, su cuerpo fue inhumado en la iglesia de San Gregorio de los alcantarinos.

A la vista, de los logros que el gobernador Narváez consiguió para Orihuela, la Ciudad se vio recompensada en los gastos que contrajo con motivo de su recibimiento, los cuales por un importe de 85 libras 11 dineros fueron abonados por Fernando Rodríguez, mayordomo de los propios y rentas de la Ciudad a Simón Pardo. Para hacernos una idea de lo que suponía dicha cantidad, la Venerable Congregación de la Caridad entregaba al prior del Hospital, «treinta y seis dineros por la estancia del enfermo que comía y a los de dieta todo lo necesario hasta caldo de gallina». Con lo cual, con lo gastado en el recibimiento del gobernador se podía costear 560 días de hospitalización de un enfermo. Los gastos contraídos correspondían a la adquisición de comestibles, personal, menaje y elaboración de los alimentos. Así, de los primeros, contabilizamos: en carne; 12 pollos, 12 pollas, 6 capones, 4 gallinas, un pavo, 3 conejos, aproximadamente 16 libras de carne de vaca y carne de carnero por un importe de 17 reales 12 dineros. Se mercó anguilas, manteca y tocino de cerdo, manteca de vaca; 6 docenas de huevos y leche. Verduras y limones. Especias (canela, jengibre, clavillo), sal y piñones. Pan francés y pan duro, aceite, vinagre, vino, aguardiente y rosolí. Por dulces y bizcochos se abonó a los confiteros Luis Fuentes y Nicolás Clemente, 204 reales, prácticamente la cuarta parte de lo gastado, así como 12 libras de chocolate. 150 vasos de agua helada y 4 garrafas de agua clara, por un importe de 80 reales. En salarios se abonó 3 reales «por llevar los trastos», 13 reales 8 dineros al hombre que fue por pescado, así como otras cantidades a propios por ir a Albatera y Benejúzar, a los cocheros de la marquesa, a los cocineros (53 reales 8 dineros) y a los asistentes de cocina y mesa. Para cocinar se precisó una carga de carbón y leña, y se adquirieron seis perolas grandes, ollas y tapaderas por un total de 11 reales. Aparece una partida curiosa que corresponde a dos barajas de naipes que costaron 4 reales.

Mirándolo objetivamente, se echó el resto, y el gobernador al parecer quedó contento tal como se pudo comprobar al cabo de tiempo. Ahora bien, hubieran estado más satisfechos los hospitalizados que pudieran haberse beneficiado con aquellas 85 libras 11 dineros, pues era una buena cantidad para la mitad del siglo XVIII.

Fuente: http://www.laverdad.es/

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