PREGONANDO LA PRIMAVERA

POR FULGENCIO SAURA MIRA, CRONISTA OFICIAL DE CRONISTA OFICIAL DE FORTUNA Y ALCANTARILLA (MURCIA)

Últimamente se pregona todo con la finalidad  de expandir cualquier evento, aunque no todo acontecer es realzado con su  entidad suficiente. Porque para mí que cada cosa tiene su sitio como cada fasto su acomodo desde su lugar y su énfasis, y no me valen prendas que cualquiera, por muy enterado y culto que sea, por muy capacitado que esté en diversos ámbitos pueda cavilar sobre algo que desconoce o no ha vivido. Pues tal aserto lo mantengo convencido de que yo mismo me he metido en camisas de once varas o en terreno pantanoso en ocasiones, por hacer alabanzas sin sentir pero buscando el pláceme de mis invitados, y claro, ha salido de todo, y hasta he sido aplaudido por quienes no han entendido ni la mitad de lo expuesto.

Que  ello puede suceder como ser negro de ocasión y zurcir  textos a otros que lo han requerido para mayor desmesura del autor, pero las cosas son así y no cabe mayor tratamiento.

 Cuando debía de ser lo contrario, pues pregonar es algo tan necesario como simple y nada rebuscado. Es sencillamente vocear una situación próxima que por diversos motivos hay que ensalzar, pero sin ditirambos ni arpegios diversos, ya que tan solo se ha de provocar por quien conoce y ha vivido de cerca ese fasto que por sí mismo lo justifica, trátese de anunciar la Semana de Pasión de un pueblo o de la presencia de festejos de una aldea perdida.

Pero es que las cosas son de otra forma,  pues es  muchas veces el artista de turno, el político de relieve, sea de donde sea, o el cantante más atendido quien  se ocupan de  pregonar y poner énfasis en los cristos y vírgenes de un determinado pueblo para tratar de su Semana Santa  o  de la fiesta del pueblo requerido, pues da lo mismo que su voz se ajuste a la mínima regla de la oratoria o comunique, desde su emoción, con el aparentemente  culto  vecino del lugar indicado, que, por supuesto  no tiene culpa de nada.

 Pero esto forma parte de la parafernalia de las fiestas desde sus diversos acomodos. Se trata de cubrir un trámite desde la frialdad que  es lo que caracteriza este mundo con el que hemos  vivir  y ¡Sálvese quien pueda¡.  Porque uno no va a descubrir nada con decir estas verdades ni nadie se va a avergonzar con saberlas, como cuando se  dice que aquello está mal hecho y sin embargo se continúa haciendo, aunque a mi se me ocurre que hay que indicarlo cuantas veces sea conveniente.

Se ha perdido la elegancia y el gusto. Ya lo dice Burke en el siglo XVIII y mantiene Kant en su gran estética que apenas se conoce y ni siquiera se ha leído, pero da lo mismo porque hoy nos encontramos con un deslizamiento de mentes anodinas y con una cultura de trapo y muñeca banana.

 Que se sienta o no la primavera es algo que no da respuestas ni satisface al titiritero del sistema que anda tras su interés estrujando al poder todo lo que puede, ni siquiera le importa al dubitativo de todo que no halla regocijo en una estrofa de poeta  ni se estremece ante el olor de azahar de la tierra levantina.

 Y es que para bien o mal  no necesitamos más que señalar que sentimos la primavera en la vida recreada, desde este sol que nos alumbra y los prados que nos suavizan los problemas vitales. Es esta una  estación del alma que aspira el néctar de lo sublime y entona el himno de la belleza.

La sentimos en la misma sangre que brota con argumento renovados de vida plena, y anhelamos besar a la naturaleza   en sus abiertos esquemas de paraísos encontrados.

Queremos que nos hable  el poeta en este tiempo y que  Bellini nos sugiera la gracia de la música en su señera estrofa: “ Casta diosa, que pintaste de plata estos antiguos y sagrados árboles, vuélvenos tu claro rostro sin nubes y sin velos”. O  que se note el color de Ticiano en la Flora robusta de sus pinceles de magia.

 Porque mirar, oler o escuchar la primavera  es un don del hombre que se hace a su propia imagen y torna al origen de la verdad.

Sentimos la primavera desde su propio ser sin agobios ni reclamos, porque todo tiene su tiempo, pese al que no guste de ello, porque la natura brinda  en este tiempo su perfume y delicia desde su pregón  que es un estallido de rosas.

 Porque la primavera se pregona ella misma y tan solo hace falta comunicarse con su polen. Lo demás está garantizado.  

LA FIESTA DEL AZAHAR.

Alcantarilla huele a azahar en este tiempo. Se relame de gusto entre los naranjos y limoneros amarillos de su luz morisca con la estampa barroca de su figura.

La Rueda  de su museo ampara desde el siglo XV  los surcos de sus acequias que liman las quillas de sus arcos romanos. En ellos alimenta Cicerón su oratoria y  convoca el agua en su regolfo de charca, mas allá del río que penetra hacia la vieja  Lucentun.

Y en ese flujo se aspira la cultura de la esfinge y la brisa marina de Cartago, con sus barcazas rimando tiempo a las olas traviesas del Mediterráneo.

Se contuvo aquí la paz romana en el trayecto vital de su odisea y bailó la villa al trepidar al son de su historia, hasta que la sura coránica relajó al hombre  con sus sentidos.

Le dijo Alá que buscara la silueta de la amada junto a las sombras de los limoneros y naranjos encontrados en el Patio de Córdoba, la sultana, y en los  bancales de esta huerta que es hembra afincada con su mejor esencia.

El huertano cavador le dijo en una ocasión a su amada:

-¡ Hueles a azahar¡

Y todo se hizo tan claro como el hogar y la pasión de cada día. Y entonces nació esta huerta que es lisonja y sonido, rumor de agua en los regolfos del río que  nació para dar  agua a sus orillas y hacer crecer la huerta con sus palmeras de oriente.

El olor de azahar es el talismán que nos acurruca al quicio de los barracones, a la espera de la amada, la que hallamos una vez en nuestra vida y sigue su lenguaje de ternura y pasión.

Como lo es la primavera en esta fiesta del azahar que hay que hacer nuestra como esencia del árbol más puro y regio de nuestro paisaje: tránsito hacia  el regocijo.

 Porque sin azahar no hay paraíso, ni siquiera palabra ajustada al renacer de la vida, ni un tanto de prosapia en la verbenera ocasión de lo festivo.

Si para Ramón Gómez de la Serna la acacia es el árbol madrileño, para el murciano lo es  el limonero y el naranjo, sobre cuyas aristas de blancura irrefrenable se guluzmea la vida en su honda sensación de  libertad y amor.

Ello es un reclamo desde este rincón de crónica, que es contagio ahora del tiempo que nos abre sus olores y nos arrebata el alma.

Os convoco a esta fiesta del Azahar, desde el candor  de sus poetas que  peregrinan con su eco, con el fin  de que se estrene al auto lírico de su señuelo desde el don de la rima y la palabra.

Se hace necesario sentir la locura del alma por lo bello como  calma y presencia de una identidad  de frescura y elegancia.

Siento mi tierra por su  perfume. Azahar de hembra que estalla en los labios de pasión interminable, como símbolo del hogar que es remanso de paz y benevolencia.

 Nadie nos puede quitar este don que es rúbrica y ademán, prestancia y orgullo, honor y altivez  secundada por la ocasión del nacimiento.

Linaje  recóndito que  atrae y siembra, organiza y luce como la vestimenta de la huertana acostumbrada a la caricia.

Demos rienda suelta a este evento. Disfrutemos con lo nuestro, aquello que fecunda la existencia fiel de la huerta por la que rondaba el hilo de su duende en el beso templado de los amantes.

El azahar es un trozo de paraíso que nos ha de contaminar para sentir el reclamo de la vida, la esperanza de seguir estando junto a la bardiza, relato de quijero que se  arrima a  la arena bruja de los menajes del hogar.

 

 

ALCANTARILLA Y LOS FESTEJOS MURCIANOS.

 

Se incardina la villa  en el hacer de la  capital, por donde penetra el río de sus amorosos encuentros, como una dama que danza al ritmo de una danza de agua y pasión. Lo solía hacer antaño cuando el Museo huertano organizaba  cabalgatas que se unían al  Bando de la Huerta como fiel reflejo de  un ayer de huertanía fogosa sin hartura de prestancia, como la que ha dado  la prosa en la oratoria de sus poetas y donde Jara Carrillo preside su estirpe. Era otro tiempo, acaso fundido en los goces de la fantasía que pone lance en la realidad, a veces futesa, de las cosas.

Diego Riquelme el amigo y alcalde de la cultura, inigualable, suscitó  otrora enseñanzas de postín en este discurso de bando y  perorata que lucía su encaje con la lluvia del Abril murciano, sin desgarros y con la diligencia del buen regidor de su pueblo, dando sabor a este tiempo temprano de la brisa primaveral.

Conozco aquella voz del regidor atento y oportuno, de pluma  fácil y abierto a la huerta entera, como heraldo de sus costumbres, como reclamaba atención a la hidalguía suprema  y graciosa de sus carrozas que dirigía hacia la ciudad, bordando su reclamo en las orillas de los pueblos vecinales, con el fin de unirse al Bando murciano. Y era factible su presencia  en aquel como dádiva y proclama de la enjundia de Alcantarilla.

 Se unía de esta forma un hermanamiento huertano  con el  otro en la sensualidad de sus zagalas portando refajos de soflama, hasta el punto que daba gozo asistir a su encuentro.

Tenía razón el buen alcalde al  retomar la savia del pasado festero en una acción de gracias a la vida del huertano sin los consejos de sofisticados comparsas de relumbrón que atrofian todo y lo desarman. Porque aquellas carrozas sí estaban a la usanza del momento  en un frenético orgullo huertano, abandonando la letanía del nuevo ejercicio de amontonar prosapias sin sentido.      

Nunca mejor dicho que Abril es el mes de los festejos murcianos, con su eco de perorata y  verbenas al quicio de sus noches de claros y fuegos de badil, porque la huerta se encarga por si misma de entonar la gracia en los relajos y atavíos de sus hembras, reinas de la fiesta para el don de la palabra del poeta.

Fueron las musas quienes inspiraron a nuestros poetas del siglo XIX para encumbrar la fiesta y rendir pleitesía al Bando con sus textos de requiebro, desde la menudencia de la palabra que se hace dialecto auténtico como el  que nutre la prosapia de Vicente Medina, en sus lances de ternura, como se acomoda a la cadencia del lugarico, tan nuestro como una reliquia de la voz de nuestros antepasados.

 Y esa vos permanece en cada broche de nostalgia, desde el detalle de la añosa carroza  huertana que Alcantarilla prestaba a la ciudad  del Segura, fundida en el aire de una barraca sacrosanta, antes de que, como dice el poeta, se fueran río abajo, hasta su destrucción completa.

Ahora las peñas huertanas  se empeñan en retomar el costumbrismo antañón con su salsa y seña, lo que no está nada mal si se ciñe a lo auténtico, ello teniendo en cuenta el basamento del Museo Huertano que tiene su centro en nuestra villa, a la que hay que venir en este tiempo de azahar, aroma de su piel.

FUENTE: EL CRONISTA

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