EL DESCANSO DOMINICAL Y SUS REPERCUSIONES

POR JOAQUÍN CARRILLO ESPINOSA, CRONISTA OFICIAL DE ULEA (MURCIA)

Fornarina 1911

La ley del ‘Descanso Dominical’ se implantó en España tras ser aprobado en el Congreso de los Diputados el día 13 de marzo del año 1904, siendo Presidente del Gobierno Antonio Maura, aunque entró en vigor el día 11 de septiembre de ese mismo año.

En Ulea (Murcia) esta decisión gubernamental se celebró con alegría por la clase trabajadora, pero con gran oposición por parte de la patronal, por considerar que perdían atribuciones sobre la clase obrera. Por tal motivo, el alcalde Antonio Tomás Sandoval lo celebró, pero sin aspavientos, ya que tenía a los dos sectores con opiniones divergentes y trataba de evitar la confrontación.

Sin embargo, no ocurrió lo mismo con el cura propio de la localidad Juan Antonio Cerezo Ortín, quien ordenó que se efectuara un sonado ‘volteo de campanas’ para festejar la buena nueva: como era santificar el domingo mediante el descanso laboral.

Para conmemorarlo a nivel popular, organizó una procesión por el pueblo presidida por las autoridades el mismo día 11 de septiembre de 1904, con cánticos de alabanza; con el fin celebrar la buena nueva.

Con el paso del tiempo -unos meses solamente- se comprobó que el descanso dominical era aprovechado por una gran mayoría de trabajadores para llenar las tabernas -las noches de sábado y domingo-, así como el local donde con anterioridad se utilizaba para ensayo de la banda de música del pueblo.

De manera informal, se celebraban actuaciones de cómicos que, con posterioridad obtuvieron gran prestigio como “El Gran Pepino (Gabriel Aragón); Thedy (Teodoro Aragón); Zampabollos; Germigildo y Garci; Ramper; Aparicio y, algunos principiantes que con anterioridad, hacían las delicias de chicos y mayores en las replacetas; así como actuaciones de cupletistas de segunda línea; o que estaban en los comicios de sus carreras artísticas.

Muchas de ellas, como Finita Rufete, Lulú, Alicia, Chelito, Imperio y ‘La Cachavera’, desfilaron por dicho salón entre 1906 y 1920, antes de que se convirtiera en el ‘Teatro Reina Victoria’, en la siguiente década.

Al acabar la función, los asistentes -jóvenes y menos jóvenes- les obsequiaban tirándoles flores, gorras, sombreros, pañuelos; acompañados de una gran ovación y requiebros picarescos. La famosa actriz ‘La Fornarina’ que puso de moda el estribillo de “La Pulga”, anunció su actuación en el mes de octubre de 1906 -aplazándolo para fechas posteriores- por las campañas de los diarios murcianos, El Liberal, La Verdad y El Heraldo que, en aras de la libertad de expresión, opinaban de distinta manera y vertían artículos a favor y en contra.

Cuando iba a venir a Ulea, se desató una campaña de desprestigio en contra de esta actriz conocida coomo ‘La Fornarina’ por llevar en su repertorio “La Pulga” y; el director del Diario ‘La Verdad de Murcia’, Sánchez de los Ríos, escribió un artículo en el que se daba cuenta de que sería excomulgada el siguiente domingo y, que el edicto del señor Obispo sería leído dicho domingo, en todas las parroquias de la región.

Otra sicalíptica cabaretera, ‘La Cachavera’, que se dio a conocer con el nombre de “Carne Flaca”-por su figura delgada y escultural- se estaba convirtiendo en un problema social y moral; “Incomodaban, la letra de sus canciones, la forma de cantarlas, sus ademanes insinuantes y su atractiva y escasa vestimenta”.

En esta época en que la mujer era poco valorada como persona, sino como objeto sexual, de trabajo o de referencia icónica, aquellas artistas -licenciosas y atrevidas, a veces-, se la jugaban para poder sobrevivir en una sociedad adecuada para los hombres y, de alguna manera, pusieron la primera piedra en la liberación de la mujer.

Las consecuencias fueron inmediatas: las tabernas siempre estaban atestadas y las intoxicaciones etílicas aumentaron de forma alarmante, hasta el punto de que el Alcalde Antonio Tomás Sandoval, ordenó que se difundiera un bando en el que se obligaba el cierre de tascas y tabernas a las 11 de la noche y, las vísperas de festivos a las 12.
A la vez recordaba que siguiendo las ordenanzas municipales se sancionaría a quienes transitaran por las calles en estado de embriaguez.

Pero el salón ubicado en la calle Binondo destinado a actuaciones de Variedades, se veía cada vez más concurrido de gente, para ver y oír a las artistas de varietés. Poco a poco iban tomando más auge y en la década de 1910 a 1920, el salón acogió a cupletistas de mayor prestigio profesional, tales como: las citadas Lulú, Finita Rufete, África, Chelito y La Cachavera, cuyas actuaciones picantes y subidas de tono, propiciaban la relajación de costumbres de los asistentes -estaba prohibida la entrada a mujeres (si no iban acompañadas de sus maridos) y niños-, creando gran desazón entre los políticos: incluso había serias discrepancias entre ellos.

Las actrices y actores se hospedaban en el café-posada de Domingo Pérez y durante el día, paseaban sin pudor, pero con respeto, por las calles de la localidad, haciendo reclamo de sus actuaciones para que asistieran a sus funciones.

Las opiniones eran encontradas ya que unos no veían nada pernicioso en las actuaciones de las cupletistas y sus paseos por las calles de Ulea con ropas escasas e insinuantes y, sin embargo, los menos aperturistas y más pacatos, incitaban a las autoridades a que suspendieran dichos espectáculos y obligaran a pasear con mayor decoro por las calles del pueblo a las “artistas de varietés”.

El cura propio Juan Antonio Cerezo Ortín, se reunió con los miembros de la Corporación Municipal, y con su Alcalde Francisco Tomás Ayala, a la cabeza; con el fin de que se pusiera orden a tal desmadre y se suprimieran dichos espectáculos o por lo menos, se controlaran sus actividades y actitudes dentro y fuera del escenario.

Así, el día 17 de octubre de 1915, se organizó una cruzada por las calles de Ulea invitando a todos los ciudadanos a que salieran en comitiva, con cantos sacros y gritos de ¡Fuera, fuera! a quienes consideraban “la reencarnación del mismo diablo”.

Como el cura aprovechaba las homilías para arremeter contra las provocadoras y provocadores, jaleado con entusiasmo por los fieles asistentes; en la calle, el sentir popular fue bien distinto y se cruzaron malos entendidos entre los ciudadanos, muchas veces de las mismas familias.

Ante tal desatino, tomó cartas en el asunto el Alcalde Francisco Tomás y, ante la negativa a dialogar del señor cura, lo puso en conocimiento del Gobernador Civil de Murcia y el Obispo de la Diócesis de Cartagena.

El resultado fue que, a los tres meses -el día 1 de febrero de 1916- fue trasladado de parroquia Juan Antonio Cerezo Ortín, siendo reemplazado como párroco de San Bartolomé de Ulea por José Azorín Piñero.

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