ENTREVISTA A JOSÉ ANTONIO FIDALGO, CRONISTA OFICIAL DE COLUNGA (ASTURIAS) (y 2)

José Antonio Fidalgo en el hotel Ramiro I de Oviedo. / Foto Miki López

José Antonio Fidalgo en el hotel Ramiro I de Oviedo. / Foto Miki López

José Antonio Fidalgo Sánchez (San Juan de Duz, Colunga, 1939) es profesor de Física y Química jubilado, escritor y gastrónomo. Ha escrito más de 150 libros de texto y casi 100 de gastronomía. Colaborador de LA NUEVA ESPAÑA, mantiene una página de Facebook con historia y recetas y una colaboración en «La buena tarde» (RPA) los jueves. Cronista oficial de Colunga, cofrade de honor de mesas, quesos y vinos, socio de honor de la Real Sociedad Española de Física y también de la de Química, está casado y tiene un hijo.

-¿Cómo empezó a trabajar?

-Conocía bastante a don Benedicto Nieto, catedrático de Latín e inspector con fama de hueso, pero un bendito, quien me propuso, nada más terminar la carrera, un trabajo para unos meses, dirigir un colegio libre adoptado en Sahagún (León), con 42 alumnos, que estaba a punto de cerrar. Se trataba de que aguantara hasta fin de curso. Fui en Navidades, me entrevisté con el Alcalde y tuve la sensación de que podían hacer cosas. Había ido en 1964 para tres meses y marché en 1969, dejando un edificio nuevo que pagó el Ministerio, bastante más de 300 alumnos, 8 o 9 profesores…

-¿Qué hizo?

-Ir a clase y darla, crear optimismo, apoyarme en la gente ilusionada en que aquello siguiera adelante. Al año siguiente tenía ciento y pico alumnos de los alrededores, montamos un comedor escolar y un colegio menor.

-Hizo su carrera docente en los Jesuitas.

-El padre Arturo Rivas y el padre Patac le hablaron de mí a Nicolás Berastegui, que me escribió una carta para que fuera profesor de Física. Las condiciones económicas eran buenas, pero no tanto como en Sahagún, donde cobraba del Ministerio y del Ayuntamiento. Al año siguiente, en 1969, me mejoraron la oferta. Lo comenté en casa, con la familia Figaredo, y me dijeron que si me apetecía venir usara una casa heredada de doña Carmen, «que es nuestra, que es la tuya». Con buen sueldo, casa gratis y mujer de Colunga, vine a Gijón a trabajar en el colegio de la Inmaculada, donde me jubilé hace doce años. Siempre me gustó la enseñanza y me mantuve motivado en estar al día.

-¿Cómo llegó a escribir libros de texto?

-El padre Rivas había escrito textos de Física y habló de mí en la Editorial Everest para que hiciera los nuevos libros de BUP.

-¿Cuántos ha escrito?

-Desde 1975, unos 150. Son de Bachillerato, y unos de Física general y Química general para un nivel intermedio entre BUP y primero de carrera que demandan las universidades. Gracias a estos últimos conocí a Manuel Ramón Fernández Pérez, con quien hice un tándem indestructible de comprensión y de trabajo. Hemos trabajado compartido y ha sido una fuente ilimitada de trabajo, estímulo y amistad.

-¿Cómo es?

-Algo más joven que yo, de Navia. Fue catedrático en el Instituto Calderón de Gijón, se animó a hacer el doctorado, opositó y se jubiló como catedrático de Universidad. Es un fuera de serie al que admiro y quiero.

-Los cambios de planes de estudio continuos le tienen frito como autor.

-No me explico por qué no hay un acuerdo global para un modelo educativo duradero. En cada Gobierno nuevo, el ministro se ve en la obligación de cambiar planes de estudio, temarios… Cambiar una lección modifica el libro entero. No te dicen qué mínimo pretenden que el alumno sepa y el consejero de cada autonomía presenta sus criterios estándares. Acabas teniendo 18 criterios, los autonómicos y el general, y te cambian contenido y modelo. Eso encarece los gastos a las editoriales.

-¿Y para el alumno?

-Uno de Cataluña que viene a Castilla y León ignora muchas cosas. Para Manuel Ramón y para mí sólo son intocables los que tenemos hechos de Química y Física general porque en las universidades piden lo que piden.

-¿Qué vida tienen los libros de texto y qué vida tenían cuando empezó a hacerlos?

-El primero duró de 1975 a 1982. En 1982 llegó el Gobierno socialista y Maravall ya cambió los planes de educación. A partir de ahí, los cambios fueron continuos. Cada poco más de un curso hay que hacer un cambio. Afectan más a la Historia y a la Filosofía, pero a la Física también.

-¿Sacó dinero a los libros?

-Sí. Vendíamos muchísimo. Ahora no, tenemos problemas con Everest, que está en administración concursal.

-Usted escribió también de gastronomía. ¿Cómo empezó?

-Para contarlo hay que volver a casa de los Figaredo, a 1957, a la calle Uría, y a una cocinera riosellana, Carmen Rodríguez, algo coja, todo sabiduría culinaria, todo bondad y totalmente analfabeta. Don Antonio tenía amistades buenísimas y cuando no comía en casa el gobernador, cenaba no sé quién. Carmen no sabía hacer platos especiales, para los que había libros de recetas, y me llamaba para que se los leyera… hasta diez veces. Llegué a saber recetas de memoria, cogí gusto a coleccionarlas y a buscar en la biblioteca sus historias. Era una afición.

-¿Cuándo la profesionalizó?

-En 1980, en Everest. El jefe, José Antonio López, me dijo «te voy a regalar este libro de cocina gallega que acabo de sacar y que prologó Álvaro Cunqueiro». Le contesté que era imposible. Yo sabía por mi amigo Juan Santana que Cunqueiro se estaba muriendo. El prólogo era una traducción de su librito «A cociña galega», de los años sesenta, que yo tenía. A López le sorprendió que supiera todo eso y aproveché para proponerle: «Si me encargas un libro sobre cocina asturiana me lo prologa Francisco Grande Covián».

-¿Qué le contestó?

-«Si tienes ese prólogo, te lo encargo». Telefoneé allí mismo a casa de don Francisco, que no estaba, y doña Gloria, su mujer, me prometió que lo haría. Sin hablar con él. En 1982 saqué mi primer libro de cocina asturiana. Entonces dirigía el suplemento dominical de LA NUEVA ESPAÑA Juan de Lillo, cuya mujer, Merche Sauras, es compañera mía de carrera. Me propuso que escribiera de cocina asturiana y lo hice durante 30 años. Eso me obligó a aprender y estar al día. Tengo editados casi cien libros.

-¿Qué le gustó de la gastronomía?

-El sentido histórico más que paladear. Soy más historiador que gourmet. Tengo una página en Facebook con miles de visitantes que se llama «Les histories de Fidalgo», donde enlazo historia con comida. Tengo 2.639 amigos, casi tantos como Graciano García. Todos los días escribo una gilipollez de ésas en plan de coña.

-¿Fue un padre presente?

-Creo que sí. Intenté ser modelo. Había un cura en mi pueblo que estaba loco, gran músico, coadjutor organista, que se llamaba Francisco Suárez Bustillo. Era un buenazo, tipo el Don Camilo de Giovanni Guareschi. Preguntaba a los chavales qué querían ser de mayores. Unos decían carpintero, electricista, médico, y él contestaba que el oficio y la primera carrera es ser buena persona. Intenté ese modelo en la enseñanza y con mi hijo.

-¿Qué tal siente que le trató la vida?

-Generosamente bien. En el sentido afectivo, en el profesional… la vida me honró en todos los sentidos. Creo haber sido buen profesor y mis alumnos en Facebook así lo manifiestan continuamente. Habré tenido fallos gordísimos con muchísima gente, por supuesto… Me tocó una vida familiar distinta, pero nunca tuve sensación de infortunio, ni de pequeño ni de mayor.

-Usted vivió poco tiempo en Colunga.

-Siempre viví en Colunga sin vivir. Estuve hasta los 11 años, pero volví todos los veranos enteros. Es el sitio al que regreso, siempre participando en actividades folclóricas y festivas.

-Es hombre de orden.

-Sí. Si preveo barullo voy para otro lado. Fui invitado a la reciente recepción de los Reyes y cuando supe el barullo que podía haber me dije «José Antonio, para Colunga». Acepto la discrepancia, pero con moderación. Habría querido ser gobernador en Soria, donde nunca pasa nada.

Fuente: https://aacolegioinmaculada.es/ – Javier Cuervo

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