ESFOYACES Y PICARDÍES DE MOCEDÁ

POR JOSÉ ANTONIO FIDALGO SÁNCHEZ, CRONISTA OFICIAL DE COLUNGA (ASTURIAS)

Ayer, que fue un día de alegre «hispanidad» y de gran tristeza por el fallecimiento en accidente aéreo de un joven capitán del Ejército del Aire, vi al Sr. Secretario General del PSOE, don Pedro Sánchez, asistiendo al desfile militar presidido por el Rey y, después, a la recepción regia en el Palacio Real.

En ambos casos, vestido con cierta dignidad pero SIN CORBATA.

Son otros tiempos llenos de gestos pícaros, pensé; o, ¡quién sabe si sus asesores de imagen le aconsejaron así pensando que iba de ESFOYAZA.

Porque «les esfoyaces», que son (eran) labores de agricultura, también encerraban grandes dosis de «picardíes».

Les cuento algunas.

Antaño, pero muy antaño, la juventud asturiana «emigraba» a zonas de la meseta para trabajar en la siega del cereal y ganar unos dinerillos. Al retorno, y para ·»disculpar» la ausencia, traían a sus esposas o novias algunos regalos (los «perdones»), que en muchos casos eran preciosos cordones de seda o de lino para ceñir el corpiño,justillo , ajustador o «sostenederu», como algunas decían. Los denominaban «gordones».

El agradecimiento, si era patente, lo demostraban con esta copla:

“Mucho me gusta lo verde:
sobre todo, los gordones
que vinieron de la siega
forradinos con amores.”

En otros casos las mozas, aparentando no quedar conformes con el regalo, se lo echaban en cara a sus enamorados durante «les esfoyaces»:

“Fuisti a la siega y vinisti,
non me trexisti gordones;
en viniendo les castañes
maldita la que me comes.»

Y ella, aparentando celos, insistía en no aceptar su regalo:

«Non quiero los tu gordones,
que non los enforroté;
ve llevailos a otra moza
que a mi non tienes por qué»

Empezaba la esfoyaza y todo el mundo a deshojar las mazorcas y los varones a enristrarlas. Pero, claro, las mozas tenían que insinuar de algún modo sus «amoríos» y lo demostraban lanzando «panoyaes» a sus mozos preferidos.

Elos, halagados, lo disimulaban diciendo:

«Al comenzar la esfoyaza
non me tires panoyaes;
estoy faciendo les riestres,
tengo les manes ataes»

En realidad tales manos no debían estar muy atadas por que de vez en cuando, ms que a la ristra («la riestra») atendían otros menesteres:

«Non me tires pe la trenza
del mandil, aunque me caya;
porque so moza soltera,
non quiero ser murmurada»

Ya en la «garulla», las mozas repartían castañas asadas y con ellas pequeñas calabazas que destinaban a mozos que no eran de su agrado:

“Mozos que andáis cortexando
non registréis faltriqueres,
que hay allá más calabaces
que les que nacen nes tierres.”

Lógicamente, el mozo despechado se veía obligado a devolver el desprecio recibido:

“Dísteme les calabaces
y comíles con pan tuernu;
más quiero les calabaces
que una moza en sin gobiernu.»

Y como el despecho era muchas veces la negación de una realidad amorosa, ella pedía su perdón de este modo:

“Tengo una pena en el pecho
que no me alcanza el gordón;
al ver que ya no me quieres,
prenda de mi corazón.”

El galán, siempre propicio al «retorno» de aquel amor primero, la animaba así:

“Amor mío, come y bebe;
de mi no tengas recelo;
que tan seguro me tienes
como el agua en tu caldero.»

Esfoyaces, picardíes, amoríos al calor de la garulla y al frescor de la sidra dulce.

Y «en sin corbata», como don Pedro en el Palacio Real.

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