MONUMENTO… ¡A LA PATA DE UNA MESA! • DOS FUNCIONARIOS RECUPERARON LA FAMA DE SANTA ISABEL Y LA COMPLETARON CON PLOMO DE TUBERÍAS Y TROZOS DE MOBILIARIO

POR ANTONIO BOTÍAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA

Histórica. Juan y Manuel, dándole los últimos retoques a la escultura de Senac.

No existe en el mundo un monumento que honre la pata de una mesa. Y no de una mesa de barroca madera, de traza isabelina o muy estilizada línea moderna. No. La pata de una humilde mesa de formica, de aquellas que se hicieron populares entre las clases medias a finales del siglo XX. Pero eso sucede en Murcia donde, hasta hoy mismo, era un secreto. A partir de ahora será, sin duda, un aliciente más en esta tierra tan proclive al ingenio como a la desmemoria. Hagamos historia.

Apenas un año después de que la díscola reina Isabel II lo nombraba corregidor de Murcia en 1835, el temible Pedro Chacón ordenó el derribo del convento de las Isabelas, hoy plaza de Santa Isabel. Acaso apuntaló su aciaga idea el vivir en aquel lugar y querer darle aire a su residencia. O en la secreta convicción de que su nombre sería recordado. Y lo ha hecho, como ejemplo de incompetente redomado. Por si no querían caldo, el corregidor renombró el lugar como plaza de Chacón, si bien los murcianos, tal que castigo a tan bruto político, siguieron llamándola plaza de Santa Isabel hasta la actualidad.

En la jamás llamada plaza de Chacón se construyó el monumento ‘A los artistas célebres’ gracias al impulso de Javier Fuentes y Ponte que, sin ser murciano de nacencia, sopa de cultura con onda dio en estas tierras. La idea era recordar a quienes habían destacado en distintas disciplinas humanísticas. Eso sí, para levantarlo se utilizaron materiales de la antigua muralla.

Murcianos ilustres

No es necesario imaginar la traza de aquel monumento pues, aparte de la existencia de fotografías de la época, fue reconstruido durante la última rehabilitación del entorno. El monumento original, levantado en 1869, contaba con un pedestal en forma de columna y coronado por una obra de Luis Senac Huertas: el ‘Ángel de la Fama’. La pieza estaba inspirada en uno de los cuatro arcángeles del retablo de la parroquia de San Miguel, obra de Francisco Salzillo, como destacó en su día el profesor José Luis Melendreras. En el basamento se atornillaron placas de mármol con los nombres grabados de algunos murcianos ilustres. Y el tiempo pasó.

En torno a la década de los años setenta del siglo XX, el Ayuntamiento decidió modernizar la plaza. Y sustituir el ángel por otra pieza moderna. No anduvieron descaminados al encargarle el trabajo al escultor Juan González Moreno, quien, en 1971, entregó la obra titulada ‘Monumento a la Fama’.

Representaba una estilizaba figura que sostenía en su mano derecha una corona de laurel. Los murcianos pronto bautizaron aquella espléndida escultura como ‘La Penalti’, pues recordaba a un portero lanzándose en el intento de atrapar el balón. El ángel de Santa Isabel fue a parar al almacén de la antigua estación de Caravaca, hoy Aguas de Murcia. Y el tiempo volvió a pasar. Más tarde, alguien decidió que la pieza se recuperara para exhibirse frente al edificio de La Convalecencia, en Teniente Flomesta.

Un chapista y un fontanero

En enero de 1999, el Consistorio volvió a remodelar Santa Isabel. Entonces se quiso reconstruir el antiguo pedestal y recuperar la estatua de Senac. ‘La Penalti’ corrió desigual fortuna, acabando en el almacén municipal de Mayayo, donde, en el año 2007, quien esto escribe la encontró por casualidad -tan desocupado andaba de archivo en archivo- y solicitó que fuera restaurada y colocada donde aún luce. Aunque faltó elevarla sobre la base para darle el vuelo con el que fue concebida.

Pero lo que pocos saben es que las obras de acondicionamiento de Santa Isabel, tal y como puede admirarse en la actualidad, ocultan un secreto tan sabroso como inaudito. Retornemos unos años en la historia. La antigua escultura del ángel de Senac, antes de llevarla a La Convalecencia, casi se había convertido en un amasijo de piedra y metal en el almacén de la estación de Caravaca.

Fue el aparejador municipal Eduardo Cascales quien tuvo la idea de encargar su restauración, aunque la iniciativa se vio truncada cuando recibió los presupuestos desorbitados de algunos escultores. Entonces obró la genialidad que impera en estas tierras: «¿Por qué no reparamos la antigua?», se preguntó. Y se lo propuso a los funcionarios Manuel Marquina y Juan Serrano, el primero fontanero y el segundo con conocimientos de chapa. Sí, de chapa.

Ambos comenzaron a trabajar en la vieja escultura, que fue necesario enderezar mediante golpes de marro, aunque no los aplicaban directamente al metal sino sobre maderas interpuestas, para evitar destrozar, aún más si cabía, la pieza. Senac Huertas debió removerse en su tumba. De alegría, claro, pues su creación se hubiera perdido de no mediar Cascales. También fue necesario eliminar el relleno de piedra caliza. Horas y horas de trabajo que, poco a poco, le devolvieron las hechuras a la pieza. Pero restaba lo más complicado: a la escultura le faltaban grandes trozos, como la espalda entera, el cuello, el pecho y parte de un brazo. Sin contar la corona de laurel. Juan y Manuel no se arredraron. Del antiguo Hotel Castilla, en San Basilio, arrancaron las tuberías de plomo para componer las partes inexistentes.

Fábrica de Puente Tocinos

La corona, ya puestos, también la rehicieron empleando hojalata, que cincelaron a martillo. Para culminar la pieza, sin embargo, restaba un detalle de gran trascendencia. Al parecer, se había extraviado la trompeta que sujetaba el ángel de Luis Senac Huertas en su mano izquierda.

La decisión que se adoptó fue antológica. Apunten ustedes señores catedráticos de Historia del Arte: Juan Serrano conocía la existencia de una fábrica en Puente Tocinos, donde se fabricaban aquellas mesas de formica y de patas cónicas, las primeras que inundaron el mercado. Sin pensárselo dos veces -pues de lo contrario no lo habría hecho-, se encaminó hasta allí para conseguir una de ellas.

Apenas restaron unos cuantos retoques y la colocación de la boquilla para que la pata de la mesa se transformara, Dios nos asista, en una elegante trompeta. La misma trompeta que hoy, señores guías turísticos, luce en lo alto de la escultura que se llevaron de La Convalecencia a Santa Isabel. La misma que atribuyeron por error a Baglietto y que de eso, de trompeta, solo tiene el nombre. La pata de una mesa de formica. Igualen, igualen ustedes tanto arte y genio.

Fuente: http://www.laverdad.es/

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