BICENTENARIO DE LA LLEGADA A SANTA CRUZ DEL NATURALISTA FRANCÉS LOUIS DE FREYCINET

POR JOSÉ MANUEL LEDESMA ALONSO, CRONISTA OFICIAL DE LA CIUDAD DE SANTA CRUZ DE TENERIFE

Louis de Freycinet.

Desde que en las postrimerías de la Edad Media los primeros navegantes tomaran al Teide –en aquellos momentos la montaña más alta del mundo– como referencia en sus rutas oceánicas y, en 1634, el rey Luís XIII de Francia estableciera el Meridiano Cero en la Punta de Orchilla (El Hierro), el puerto de Santa Cruz se convirtió en escala obligada de las expediciones europeas que tenían por objeto la expansión colonial y los estudios científicos.

Con el fin de poner a disposición de la humanidad los conocimientos adquiridos en estos periplos y difundir las investigaciones realizadas por estos viajeros, un grupo de prominentes personajes del mundo de la cultura europea crearon la Real Sociedad de Londres (1662) y la Academia de Ciencias de París (1666). Uno de los objetivos de estas Instituciones era fomentar expediciones científicas que tuvieran por finalidad los estudios geográficos, cartográficos y científicos; por ello, junto a los marinos, se incorporaron naturalistas, geólogos y dibujantes que aportarían importante documentación sobre la historia natural, etnografía y vulcanología de las zonas visitadas.

Como estas flotas recalaban en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, dada su posición geográfica, y por las exigencias de avituallarse de agua, frutas frescas, animales vivos, pescado, carne salada, quesos y leña, la Isla también sería considerada como una atractiva escala científica, por su naturaleza volcánica y peculiar vegetación. Louis Claude de Saulces de Freycinet, naturalista, geólogo, geógrafo y botánico, nacido en Montélimar (Francia) en 1779 y fallecido en Freycinet (Francia) en 1842, ingresó muy joven (14 años) en la Marina francesa.

Después de participar en varios combates contra los ingleses, a los 21 años se incorporó como segundo oficial del Le Naturalista en la expedición científica del capitán Baudin que iba a estudiar la mineralogía, zoología y botánica de Australia, viaje organizado por la Academia de Ciencias de París y sufragado por Napoleón Bonaparte.

La expedición, que había salido del puerto de Le Havre, el 18 de octubre de 1800, estuvo en Santa Cruz de Tenerife del 2 al 13 de noviembre. Al regresar a Francia, en 1805, fue asignado al departamento de mapas y planos de la Armada, tiempo que aprovechó para completar el libro Viaje de descubrimiento a Australia 1800-1804 que Francois Péron –compañero de la expedición– había dejado inconcluso a su muerte.

Ascendido a capitán de Fragata, dirigió una expedición que tenía por misión determinar la forma del Globo terrestre, estudiar el magnetismo terrestre y la meteorología en el Pacífico Sur y, de paso, recopilar materiales para los museos de Historia Natural de Francia. Zarparon del puerto de Toulon (Francia) el 17 de septiembre de 1817 a bordo de las corbetas L’Uranie y La Physicienne. Le acompañaban varios científicos y Louis Isidoro Duperrey, como segundo oficial, y Jaques-Étienne-Victor Arago, como dibujante.

En su primera escala en Santa Cruz de Tenerife, el 22 de octubre de 1817, sería descubierta una polizón. Se trataba de Rose, esposa de Freycinet que vestida como un hombre había accedido a bordo; curiosamente, esta señora aportaría su influencia moral sobre la tripulación, animándoles con sus recitales de guitarra. Durante tres años (1817-1820) recorrieron la mayoría de las islas de América del Sur (Marianas, Sándwich, etc.), hizo escala en Sydney, realizando importantes estudios sobre magnetismo y gravedad, y continuaron su viaje por el Pacífico y el Índico (Nueva Guinea, Timor, isla Mauricio, etc.) Cuando regresaban a Francia, naufragaron cerca de las islas Malvinas, el 13 de febrero de 1820, perdiendo parte del material que habían recopilado sobre datos geográficos, físicos, astronómicos, de historia natural; así como del origen, costumbres, historia, etc. de los lugares visitados.

No obstante, pudieron salvar gran cantidad de notas y dibujos de geografía, etnografía y botánica. Para retornar a Francia tuvieron que comprar una nao anglo-americana, de tres palos –Mercurio– a la que rebautizaron La Physicienne, llegando al puerto de Le Havre, el 13 de noviembre de 1820. Debido al éxito científico de este viaje, Freycinet fue admitido en la Academia de Ciencias de París, siendo uno de los fundadores de la Sociedad de Geografía de Francia.

En su honor, en Australia llevan el nombre Freycinet: un Parque Nacional, un Estuario, un Cabo y una Península. El capítulo I de su obra Viaje Alrededor del Mundo entre 1817 y 1820, compuesta de 13 volúmenes en tamaño cuarto, y 3 volúmenes en tamaño folio, en los que aparecen los grabados y los mapas, lo titula: Cuarentena en Tenerife Apenas habíamos entrado en el océano Atlántico cuando varias personas de la tripulación se encontraron indispuestas; siendo los principales síntomas: malestar general y dolores de estómago. Atribuí este estado al cansancio padecido antes de entrar en Gibraltar y a la lluvia, bastante fría, que cayó el último día y a la que muchos marineros estuvieron expuestos. Continuaron enfermos hasta nuestra llegada al fondeadero de Santa Cruz, en la isla de Tenerife, donde anclamos el 22 de octubre de 1817, a las ocho de la noche. Las Canarias no fueron para nosotros las “Islas Afortunadas”.

La entrada a la ciudad de Santa Cruz nos fue implacablemente prohibida, porque veníamos de un puerto del Mediterráneo; esto fue lo que nos dijo la falúa de sanidad, en el mismo momento de nuestro fondeo. En vano intenté convencer al gobernador de que no estábamos apestados y tuvimos que padecer la cuarentena. Querían prescribirnos una de veinticinco días, que se redujo a diez, y después a ocho. Pero como mi intención no era quedarme tanto tiempo inactivo, pedí y obtuve permiso para desembarcar en el lazareto para realizar allí algunas observaciones de física, totalmente decidido a reanudar el rumbo en cuanto estuviesen terminadas.

Por mediación de un hombre que se atribuía aquí las funciones de cónsul francés me puse en contacto con el gobernador español, aunque desgraciadamente nos dio motivos para añorar las gestiones nobles y delicadas del amable Sr. Vialé. Privados de la ventaja de visitar la ciudad, cuyo pintoresco paisaje nos tuvimos que limitar a contemplar desde lejos, nos dispusimos a desembarcar en el Lazareto.

Los establecimientos que tienen este nombre en Francia son lugares agradables y sanos, donde se encuentra todo lo necesario para vivir, algunos incluso tienen jardines. En cuanto a éste es otra cosa pues, aparte de tener un acceso difícil e incluso peligroso, por culpa de las olas que rompen en los peñascos de la costa, si una falúa puede acercarse a tierra sin daños, hay que subir con mucha dificultad una pendiente antes de llegar a este lazareto situado a más de un cuarto de legua al sur de la ciudad.

El lazareto está compuesto por una chabola que sirve para alojar a los soldados en tiempos de guerra, en la que no hay más que unos muros que ni siquiera tienen contramarcos en las ventanas para resguardarse de las inclemencias del tiempo. Además, las dependencias vacías de este miserable edificio están cerradas.

Al vernos llegar, el guardia y el centinela retrocedieron y nos tiraron las llaves, indicándonos por medio de gestos las puertas que teníamos que abrir. El patio estaba lleno de escombros y unos horribles terrenos la rodeaban por el exterior. Esto fue todo lo que pudimos recorrer. Unos pedazos de rocas volcánicas, que parecían contener mucho hierro, marcaban los límites que no estaba permitido traspasar.

En el cuerpo de guardia sólo había dos fusiles viejos y oxidados y otros tantos trajes de uniforme en mal estado que cada soldado vestía cuando le tocaba hacer guardia. Por uno de los centinelas supimos que la mayoría de los soldados de las islas pertenecen a una milicia reclutada entre la población y que se renueva cada cuatro meses.

Nunca realizan maniobras y nos aseguraron que algunos de ellos no han visto nunca en su vida la pólvora. Nos apresuramos a realizar los experimentos magnéticos que constituían en parte el objeto de nuestra escala. La inclinación de la aguja imantada era de 57º 58′ 49» y su declinación de 21º 3′ 55»noroeste.

Los días 25, 26 y 27 de octubre estuvieron dedicados, en gran parte, a la ejecución de estos trabajos, mientras que a bordo se ocupaban del embarque de agua y de las provisiones de carne, vino, frutas y verduras que este lugar nos podía proporcionar.

Un bote del puerto nos trajo estas mercancías. Habíamos dispuesto todo para partir de la isla de Tenerife la tarde del 28 de octubre, pero como el cónsul había descuidado el pago de las cuentas de nuestros gastos, tuvimos que retrasar la partida hasta el día siguiente.

Seguramente mi resolución de hacernos a la vela, antes de finalizar la cuarentena, le sorprendió. Por fin, el 29, a las once de la mañana, pusimos rumbo al oeste, sin divisar las islas de Cabo Verde.

Fuente: https://www.noticiaspress.es/

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