DE CUSTODIAR CARTAS DE SANTA TERESA… A NO DEJAR NI RASTRO

EL CRONISTA OFICIAL DE LA BAÑEZA JOSÉ DIONISIO COLINAS REÚNE LAS HUELLAS HISTÓRICAS DEL GRAN CONVENTO DE CARMELITAS QUE HUBO EN LA BAÑEZA, QUE ATESORÓ TEXTOS DE SAN JUAN JUAN DE LA CRUZ

Algunas de las escasas imágenes de las últimas tapias del convento. El cuadro ‘Orisgonta’ puede verse en el Museo de León. Talla de Santa Teresa y fundación de la Cofradía del Carmen. J.D.L. 

Lo de «ojos que no ven, corazón que no siente» puede aplicarse también al patrimonio. La relevancia de monumentos y otras huellas históricas suele correr pareja a su prestancia física, al lugar que ocupan en el mundo, a la imagen que dibujan en la mente de quienes los contemplan.

En cambio, hay otros que ya no existen en ese plano de la realidad y que sólo se avecinan en la memoria, o en los documentos, o, como mucho, en un puñado de bienes dispersos aquí y allá. Pero no por eso dejan de tener importancia.

Siguen siendo elocuentes, bien podría decirse que hasta más, ya que recuerdan lo perecedero de las cosas humanas, incluso las que eran poderosas y que, en su momento, proyectaron una sombra formidable.

Como poderoso fue el convento de Carmelitas Descalzos de La Bañeza aunque de él, hoy, no quede una sola piedra. José Dionisio Colinas, cronista oficial de la ciudad, acaba de reunir todas sus huellas históricas en un libro que edita la Fundación Conrado Blanco.

«Lo cierto es que dentro de mi interés por la historia bañezana siempre tuve ese gusanillo por conocer qué fue exactamente ese lugar, puntal religioso dentro de la Fundación Carmelitana y que muchos de los anteriores historiadores lo habían dejado por pasado», informa, y cuenta que hace muchos años comenzó a recoger «cuantas notas y breves apuntes iban apareciendo sobre él aprovechando, en mis visitas a los archivos, la búsqueda de otros temas.

Siempre preguntaba si en tal o cual centro poseían alguna documentación o información sobre el convento de Nuestra Señora del Carmen, de monjes Carmelitas Descalzos que en La Bañeza existió».

 Investigador e historiador, Colinas Lobato no deja pasar la ocasión de esta entrevista sin señalar que, a su juicio, «es una pena» que, «después de haber estado en esta villa el Archivo del Adelantado del Reino de León, sea prácticamente nula la información documental con la que contemos —comenta—, por lo que todos esos escasos textos que hay recogidos hemos tenido que ir a buscarlos a los archivos de León y Madrid».

Preguntado por la importancia del convento y el hecho mismo de su nacimiento, el hermano del poeta Antonio Colinas manifiesta: «Creo que tuvo que ver con esa necesidad fundacional, con la expansión que en sus comienzos caracterizó a la orden por parte de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, más el empeño del padre Fray Gregorio Nacianceno».

«Todo ello hizo que se fundara el convento en esta villa del Reino de León con el apoyo del conde de Miranda, la ayuda de algunos benefactores y la autorización regia de Felipe II», prosigue, y en lo que respecta a su ubicación exacta, motivo de no pocas controversias, se refiere a unos primeros pasos nada fáciles. «Surgieron dificultades por el hecho de dónde situarlo, a lo que se unieron las luchas y enemistades mantenidas con otras órdenes religiosas».

Y amplía: «Primeramente tuvo su sede en el llamado Hospital de la Vera Cruz en 1595. Pero, ante el mal estado del lugar, las autoridades del momento le buscaron otro espacio extramuros, en un paraje llamado ‘el Paramito’».

Pregunta obligada es si queda algo, algún resto reconocible, de este activo convento, sea mueble o inmueble. «En cuanto al terreno, con la llegada de la Desamortización, el solar y la huerta salieron a subasta, y los adquirió Eugenio Gutiérrez, quien lo fue vendiendo por partes, como solares, dando lugar a la formación de un nuevo barrio, el de San Eusebio, conocido también por barrio del Carmen.

Con ello, desapareció por completo este insigne cenobio carmelitano». Pero Colinas Lobato ha seguido la pista no sólo del exterior, también de los interiores: «Todos sus enseres, así como la biblioteca, los cuadros, la imaginería, los relicarios, etcétera, se fueron dispersando.

Entre ellos había cartas de Santa Teresa de Jesús o el libro manuscrito La subida al Monte Carmelo, de San Juan de la Cruz, que el padre Domingo de la Madre de Dios recibe en Valladolid de manos de una monja y trae a La Bañeza en 1627».

Los ‘supervivientes’

Eso sí, unas cuantas muestras de arte sacro fueron salvadas de la desaparición total y pueden ser contempladas en diversos espacios. «En lo que respecta a la pintura, el Museo de León cuenta con Orisgonta y con David y Goliat; en la capilla de la Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias de La Bañeza hay varios lienzos con escenas de la Pasión y un lienzo que representa a Santo Tomás se encuentra hoy en el Museo de las Alhajas», repasa José Dionisio Colinas, recordando que, en cuanto a escultura, «tenemos la gran suerte de contar, en la iglesia de Santa María, con la talla de La Piedad que se encontraba en la capilla del convento, propiedad de Juan de Mansilla y obra del gran escultor Gregorio Fernández; una Santa Teresa, que algunos atribuyen también al mismo Gregorio, y la primera talla y representación del venerable padre fray Juan de la Cruz, obra del escultor Diego de la Peña».

Resulta complicado llegar a saber cuántos monjes llegaron a residir aquí, «pero su número tuvo que ser sin duda muy alto a lo largo de esos casi tres siglos de vida. Alguno de los cuales, por cierto, de santidad relevante, como Gregorio Nacianceno, Francisco de Jesús ‘Capela’, Pedro de San Ángelo, Domingo de la Madre de Dios o Jesús de María ‘Quiroga’».

«Yo diría que fue un convento importantísimo —valora— puesto que por él pasaron monjes de trayectoria teresiana y sanjuanista. De ahí el hecho de haber contado con cartas de la Santa o con el testamento de su hermano Lorenzo de Cepeda para ser exhortado».

El cronista oficial de la ciudad riberiega habla de su libro como «una obra de consulta que puede dar arranque a nuevas investigaciones», y que en él no solo aparecen documentos, referencias y notas biográficas en torno al convento y sus moradores, «sino también de sus bienhechores, como es el caso del insigne y benefactor bañezano Juan de Mansilla Fernández».

De todos modos, como lo que a nivel popular más sorprende son los hechos que llevaron a la desaparición del convento, Colinas los desgrana así: «En primer lugar tuvo que ver la ocupación militar que en 1808, en esta zona, hubo de tropas inglesas y luego francesas que, con el apoyo de ciertos malévolos vecinos de la villa, hicieron que sufriera un fuerte atropello y destrucción en su paso hacia Astorga, pero sobre todo en su retirada.

Después habría que hablar de la desastrosa exclaustración de las órdenes religiosas con las leyes de Mendizábal, cuando los gobernantes creyeron que, mediante ellas, llegarían a ver un país más justo. Lamentablemente hoy se ha demostrado que fue muy negativo, haciendo que solo se enriquecieran algunos adinerados terratenientes. Con sus muros derruidos, venta de suelos y enseres destrozados y desaparecidos, aumentaron sus bolsillos pero dejaron huérfana nuestra historia». E. GANCEDO

Fuente: http://www.diariodeleon.es/noticias/cultura/custodiar-cartas-santa-teresa-no-dejar-rastro_1226219.html

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