LOS VOLUNTARIOS HONRADOS

EL GÉNERO MUSICAL CASTRENSE TIENE DOS PARTITURAS RELACIONADAS CON LA REVISTA Y ZARZUELA, POR ANTONIO LUIS GALIANO, CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA (ALICANTE)

Vicente María de Vera y Aragón, duque de Roca

Dentro del género musical castrense español, existen dos partituras relacionadas una con la revista y otra con la zarzuela. La primera, corresponde a la humorada cómico lírica titulada “Las Corsarias” del maestro Francisco Alonso, estrenada en 1919.

Antonio Despuig y Dameto, obispo de Orihuela. Reproducción “La Luz de las Imágenes”

En ella, en momentos en que la Guerra del Norte de África amenazaba a nuestras posesiones, se popularizó el pasodoble “La banderita española” que, sin ambages, en su letra se habla de los colores rojo y gualda, y de la sangre y el oro que lleva en su alma la bandera que debe unir a todos los españoles, no sólo en las competiciones deportivas.

El Ejército del Estado de Voluntarios Honrados del Reino de Valencia

La segunda, es la marcha militar de la zarzuela “Los voluntarios” de Gerónimo Giménez, estrenada en 1893, que ilustra musicalmente el paso de voluntarios catalanes camino de la Guerra de África de 1860-1861. Partitura ésta que arropa a la mayor parte de actos castrenses.

Uniformidad de la tropa de Infantería de Voluntarios Honrados de Orihuela

Pero, en nuestro caso, los voluntarios van acompañados del adjetivo honrados, y fue así como se denominó a aquellos cuerpos de ejército no profesional que se crearon en el Reino de Valencia durante la Guerra de la Convención para la defensa de España contra los franceses. Uno de los motivos de su fundación fue la negativa evolución que en nuestro país estaba teniendo socialmente la Revolución Francesa y, por otro lado, el poder disponer de un número suficiente de soldados de reserva, en el caso de que la situación que se estaba viviendo en las provincias catalanas empeorase, así como para la defensa y custodia de las tierras valencianas.

Uniformidad de la tropa Caballería de Voluntarios Honrados de Orihuela

Ante ello, el capitán general de Valencia, Vicente María de Vera y Aragón, duque de Roca, (ver primera ilustración) auxiliado por el obispo de Orihuela Antonio Despuig y Dameto, arzobispo electo de aquella (ver segunda ilustración de este artículo), decidieron crear los “Voluntarios honrados del nuevo Exercito del Estado” que quedaba dotado de un número determinado de batallones de Infantería de Línea y compañías de Caballería, según la real orden del Rey Carlos IV, expedida en Madrid el 27 de mayo de 1794.

Al frente de la tropa oriolana se encontraba el teniente coronel Nicolás del Povil, marqués de Arneva, teniendo como sargento mayor a Manuel Albornoz.

La tropa estaba formada por seis compañías de Infantería de voluntarios milicianos de 100 hombres cada una y dos compañías de Caballería de 100 jinetes. Los primeros uniformados con casaca, chupa y calzones de paño blanco y vueltas de color amarillo, y los segundos con uniforme colorado con idénticas vueltas. Los voluntarios eran vecinos de cincuenta años como máximo, solteros o casados, labradores y artesanos.

El día 27 de julio del citado año se llevó a cabo la inspección y habilitación de dichos voluntarios en la Plaza Nueva, “que es la mayor”, junto al Contraste Real.

Para ello se instaló un tablado sobre el que presidió Juan de La Carte, gobernador militar y político; el alcalde mayor de Letras, Josef Caturla de Jordán; los Cabildos Secular y Eclesiástico, y los curas párrocos y vicarios de las parroquias de la Gobernación oriolana.

Los voluntarios fueron exhortados con una plática patriótica por Mariano de Perea, canónigo penitenciario  y rector de la Universidad, que había sido colegial y catedrático de Filosofía y Teología del Seminario Conciliar.

Dicha plática fue publicada posteriormente en la imprenta de Antonio Santa María, con el visto bueno del obispo Despuig y Dameto, con el título: “Razonamiento Christiano con que alentó a los ochocientos Voluntarios Honrados del Primer Batallón del Exercito del Estado del Reyno de Valencia y Ciudad de Orihuela”. El prelado recomendaba su publicación, porque merecía que la pudieran leer “los que no pudieron oírla”, y el autor los calificaba como “verdaderos conservadores de la Patria”.

Meses antes, el 28 de diciembre de 1793, durante el claustro general de todas las facultades, el citado canónigo penitenciario también había arengado a los jóvenes de la Universidad oriolana para que se alistasen en el servicio voluntario de las armas.

Para cuartel de ejército de Voluntarios Honrados se destinó el edificio de la antigua Corte de Marina, que estaba ubicado en la Plaza Mayor, junto a la parroquia de las Santas Justa y Rufina, que fue habilitado en los meses de noviembre y diciembre de 1794 con fondos de la Ciudad, disponiendo de cuarto del oficial, cárcel y cepo.

La historia de los Voluntarios Honrados pasó sin que recibieran la preparación militar necesaria para ir al frente, ya que el ocaso de la guerra estaba próximo, y lo que todo en principio fue patriotismo, lealtad y generosidad, terminó en discrepancias. Al concluir la Guerra de la Convención hubo varios intentos de la incorporación de dichos Voluntarios a las Milicias Provinciales, hasta que en 1801 el Rey Carlos IV ordenó la disolución de “El Exercito del Estado de Voluntarios Honrados”.

Al final, de los Voluntarios Honrados sólo ha quedado el recuerdo, mientras que la marcha militar de la zarzuela del maestro Gerónimo Giménez sigue emocionando a aquellos que amamos al mal llamado género chico, ya que para mí,además de ser genuinamente español es parte de nuestra cultura.

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