TENENTE PEREGRINO DE LOS CASTILLOS ALTOARAGONESES

POR BIZÉN D’O RIO MARTINEZ, CRONISTA OFICIAL DE LA HOYA DE HUESCA

La llegada del profesor de la London Metropolitan University, Edward Cooper en el año 2006 tras las huellas y obra del infatigable Doctor José Cardús Llanas, insigne ginecólogo e historiador, que dedicó todo su tiempo libre a estudiar los castillos y monumentos del Altoaragón; mas la sesión dedicada a valorar su trabajo en las Jornadas sobre Conservación de Monumentos celebrada en Jaén, y el gran  eco que tuvo en la prensa, demuestran que un cuarto de siglo después de su muerte, la vasta obra periodística y literaria de este investigador seguía viva, y su semilla continuaba dando frutos por medio de nuevos investigadores que beben en las fuentes dejadas en sus artículos y libros.

Fue Don José un inquieto altoaragonés nacido en Huesca en 1908, que pasó temporadas y veranos en Siétamo, recorriendo de  niño junto a sus primos, los Almudevar y los  Llanas el viejo castillo del Conde de Aranda que todavía estaba en pié, los descensos  a las Cisternas de la Catedral de Huesca, exploraciones por el Torreón del Amparo, más sus visitas al Castillo de Montearagón, donde  niño encuentra a su “amigo invisible”, un ente muy especial al que llamará en adelante “Artal de Montearagón” y hará copartícipe en algunos trabajos de sus inquietudes acerca de la pervivencia de estas ruinas venerables que salpican la provincia, marcan su vida, y  desde aquél lejano 16 de octubre de 1954 en el que desde las páginas de “El Cruzado Aragonés” presenta su trabajo sobre el Castillo de Fantova, se van sucediendo semana tras semana sus espacios dedicados a los edificios, o bien a las piedras que un día agrupadas fueron protagonistas de unas etapas de la historia.

Su intenso trabajo rastreando la toponimia, la historia, la tradición oral, le llevó a situar restos y cimentaciones que ya estaban en pleno olvido. Con autentica veneración nos fue describiendo las piedras, las hiedras que tapizaban sus muros, así como la maleza que cerraba el paso y que tuvo mil veces que recortar con sus tijeras podaderas y una paciencia inusitada. Impregno sus artículos de datos y fechas siempre contrastados, también aventuró hipótesis que incluso fueron descabelladas e incomprendidas, pero que hoy se encuentran plenamente confirmadas. Hizo asequibles sus artículos con un estilo divulgativo en el cual se entremezclaba la historia con el aroma indeleble de fantásticas leyendas, cuya poesía había recogido en sus numerosas visitas profesionales por toda la geografía altoaragonesa. 

Admirado por historiadores como Balaguer, Duran, Valenzuela,  Dolç, Ubieto, Sanchez Tovar, y otros, a los que siempre oímos palabras de elogio hacia la labor de Pepe Cardús, como afectuosamente lo llamaban y con quienes departió en numerosas ocasiones sobre los Castillos, llegando a fundar una Asociación Altoaragonesa de Amigos de los Castillos de la que pervivimos algunos miembros. Dejó una huella indeleble en los jóvenes investigadores que nos acercamos en aquellas fechas a él, porque siempre tuvo palabras de aliento, indicó sus hallazgos que todavía estaban sin publicar, o simplemente, nos dejó acompañarle en alguna de sus expediciones. Llenó los archivos de numerosos aficionados aragoneses de recortes de prensa, pues sus artículos eran guardados y utilizados como guía turística, de aquí su paso a esa serie de trabajos que bajo el título de “Turismos Altoaragoneses” serían publicados en el “Heraldo de Aragón” y posteriormente recopilados en nueve tomos.

Hizo el Doctor Cardús comprensible para todos el vocablo de “Tenente”, así llamada la persona que se encontraba al frente del castillo y  de la “honor” es decir, del territorio que dominaba. Es por ello, que hoy recordamos a un “Tenente” llamado Lope Garcés “El Peregrino”, (Tenente en 1124) así apodado por haber peregrinado a Compostela. 

Acompaña de niño al que fue amigo de su padre, Adrián Boned, en sus salidas domingueras a Montearagón, quedando cautivado por el viejo castillo que conoce hasta el último de sus rincones y que verá maltratado años después.  De sus repetidas visitas a Quicena darán como resultado el descubrimiento del acueducto romano bajo la maleza que lo ocultaba, y que personalmente sacará a la luz limpiando con tijera de podar trabajando en varias jornadas todas sus piedras y belleza constructiva, dándolo a conocer en las páginas de Heraldo de Aragón dentro de su sección Turismos Altoaragoneses, en la cual domingo a domingo describe las bellezas altoaragonesas y aprovecha las páginas para hacer hablar a su “amigo invisible, ”Artal de Montearagón”, convirtiéndose en la voz solitaria, pero autorizada, que clama periódicamente por la restauración de las venerandas ruinas del castillo de Montearagón, al cual califica de castillo de Quicena y vigía de la Hoya de Huesca.

FUENTE: B-D-R-

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