VIDA DE CATALINA ASIEGO DE MENDOZA Y VALDÉS – CAPITULO VII

POR FRANCISCO JOSÉ ROZADA MARTÍNEZ, CRONISTA OFICIAL DE PARRES -ARRIONDAS (ASTURIAS)

Esperaba con mucho interés la hija única de Ramiro y Jacinta su reencuentro con Julián aquel 3 de mayo de 1740. Hemos señalado que ella tenía en ese momento 19 años y él tres más que Catalina.

El cura de la parroquia de Santa María de Villanueva -muy amigo de la familia Asiego de Mendoza y Valdés- era, desde hacía un año, Juan Francisco de la Vega, el cual les explicó varios asuntos de la citada iglesia.

Bien es cierto que Catalina conocía la historia del templo mucho mejor que de la Vega, pero en su prudencia procuró no intervenir mucho.

Así, mientras el cura señalaba que la construcción databa de la época de Favila en el año 737, y que era la iglesia parroquial de Cangas de Onís atendida por el clero secular, Catalina recordaba haber leído muchas veces que se había reconstruido casi en su totalidad en el año 1632 y que habían sido los monjes del Monasterio de Villanueva los que atendieron su culto y cuidados hasta el año 1350, cuando el abad Fray Juan Álvarez de Helgueras, decidió trasladar el culto a la nueva iglesia de Cangas de Arriba.

El dolmen levantado que la capilla conserva en su interior es la joya del mismo, al igual que lo era la lápida de Favila destruida en el año 1936, lo mismo que había ocurrido con la anterior iglesia.

Una copia en pergamino de la antigua lápida se conservaba en el Palacio de Toraño, y como tal fue mostrada a los invitados el día de la bendición e inauguración del mismo en el año 1701, dado que el palacio citado fue mandado levantar por Pedro González Toraño (vecino de la localidad de Toraño y abad de Covadonga desde 1689 hasta 1711) el cual había casado a los padres de Catalina, haciéndoles como regalo de boda una copia del mismo.

Catalina había leído tantas veces el texto que sabía de memoria buena parte de él, en el latín original, algo que le causó gran admiración a Julián que -a veces- le pedía que lo repitiese ante personas que él consideraba de cierto nivel cultural.

Así podemos imaginar a la protagonista de esta leyenda parraguesa recitando también en Bada, pero en la conocida como la Casona, ante el Regidor Perpetuo de Número y Alférez Mayor del Concejo de Parres, Pedro González de Tejuca, el inicio del texto: “Resurgit ex precceptis divinis hec macina sacra opere exiguo comtum fidelibus votis…” (“Álzase de nuevo por precepto divino este monumento sagrado. Aun cuando humilde obra, rico el templo con votos de ardiente fe”) …y así hasta las once líneas completas del texto.

No comprendía Julián lo que él consideraba un lío de fechas al final, sí que la primera fundación del obispo Asterio había sido en el año 437 y la reedificación -por orden de Favila- el día 27 de octubre del 737, pero en la lápida decía el año 300 “del tiempo que pasa al presente después de la 6.ª edad del mundo, corriendo la era 775”.

Catalina le explicaba que al referirse a la sexta edad del mundo, se hacía reseña al Cronicón de San Isidoro, escrito en el año 616, según el cual éste dividía la historia del mundo en seis periodos, desde la Creación hasta el Diluvio (I); desde Noé hasta los Asirios (II); desde Abraham hasta el rey David (III); desde este Rey Profeta hasta la cautividad de Babilonia (IV); desde entonces hasta el nacimiento de Cristo (V); y desde Cristo en adelante (VI).

Pero Julián (todo un escribano) seguía preguntando si, al final, Favila (o Faffila, como decía el texto) “con su mujer Froiliuba y las prendas queridas de los hijos que les nacieron” erigieron el templo en honor a la Santa Cruz el año 737 o el 775.

Con una sencilla explicación, Catalina le expuso la diferencia entre la Era de Augusto y la Era Hispánica, de modo que cada vez que viese una fecha escrita por los romanos (entre el año 716 y hasta 1384 en la Corona de Castilla) debería sumarle 38 años, pues Roma había sido fundada en el año 38 antes de Cristo y -desde esa fecha- se había iniciado el calendario romano.

Imaginemos a la pareja -de regreso al palacio de Robledo- contemplando el Puente de Piedra (que nosotros llamamos “romano” a pesar de ser medieval, el cual había sido reparado en el año 1697 y que en el año 1766 estaba medio en ruinas).

La madre de Catalina nada le comentaba sobre su cada vez mayor amistad con Julián, pero mantenía informado a su esposo Ramiro, la mayor del tiempo en Oviedo.

Ramiro indagó sobre la familia de Julián, residente en la misma ciudad de Oviedo, cerca del Cenobio de San Pelayo y -por sus influencias como togado que era de la Real Audiencia- recibió cumplida y detallada información sobre la misma.

Dijimos en el capítulo III de esta leyenda que a Ramiro le hubiese agradado tener como yerno al heredero del Mayorazgo de la vizcaína Casa de Balmaseda, Bartolomé Caballero Astobiza, de cuyo padre era un buen amigo y con el que había compartido estudios militares en sus años de juventud, en Toledo.

Ramiro se dispuso a poner a prueba a su hija e invitó a Bartolomé a pasar un par de semanas en Robledo en el ya inminente verano del 40 (…del siglo XVIII).

El viernes, día 1.º de julio, el mayorazgo Bartolomé Caballero llegó a palacio desde Santander, tras cuatro días de viaje.

Todo estaba dispuesto para su descanso de inmediato, dado que al día siguiente la familia acudía a su tradicional celebración de la Virgen de los Remedios en la Roza, capilla tan ligada a la familia desde su fundación en 1664 por Marcos de Asiego Valdés, arcipreste de Villanueva y cura de coro.

Nunca antes Catalina había visto a Bartolomé -diez años mayor que ella- y a lo largo de aquella jornada festiva fue observando demasiadas cosas que no le gustaban de él.

Al vizcaíno todo le parecía demasiado aldeano: la gente, la forma de divertirse, la música, la comida, la ropa que llevaban (a pesar de ser la mejor que tenían); no parecía encontrar nada de su agrado. Además, era demasiado engreído, entre vanidoso y pedante, un tanto afectado y muy presuntuoso.

Diríamos que se hizo notar rápidamente, hasta el punto de que Ignacia Barredo -la mujer del mayordomo de la capilla de los Remedios, vecina de Vallobil- comentó con la cocinera de palacio, Isabel Villar, que aquel personaje había hecho unos comentarios más propios de un fanfarrón sabelotodo, que de alguien a quien se le suponía una educación superior.

Para el siempre observador escribano Julián, la situación le superaba.

Para el siempre observador escribano Julián, la situación le superaba, pero la seguía a cierta distancia, pretendiendo pasar desapercibido.

Una semana después de su llegada a Asturias se programó una excusión a Covadonga para Bartolomé y para su acompañante de viaje, Ignacio Aguirre de Irala.

En ese día, el vasco quedó ya muy definido en su forma de entender la vida y en sus maneras y costumbres, como veremos en el capítulo siguiente.

Mientras, los vecinos del lugar y alrededores asistían desconcertados a los desencuentros que los cinco benedictinos del Monasterio de Villanueva mantenían con el cura de la parroquia de Santa María, en el mismo lugar.

Así, cuando fallecía un vecino había que seguir un protocolo acordado entre los monjes y el párroco, de forma que si la familia deseaba enterrar al difunto en el convento, el cura tenía que ir a buscar el cadáver a casa del finado y, al llegar a la puerta del monasterio debía entregar el cuerpo a los monjes y celebrar la misa, y párroco y monjes asistían al entierro después.

Los monjes le daban “cinco reales y un desayuno o dos y de comer”.

Luego debía comunicar a los herederos del difunto las misas a celebrar los días siguientes, según lo hubiese dejado especificado en su testamento, “las cuales se dirán en la parroquia, como si se hubiese enterrado en ella, todo lo demás, ofertas dominicales, responsos, lamentación, oficio y cabo de año se hace y dicen en la parroquia, y si en el convento quisieren hacer alguna cosa, es voluntario y podrán”.

Las dependencias y mutuas relaciones entre Monasterio y Parroquia quedaban a veces confusas, pero la Parroquia de San María aparece citada como independiente del monasterio hasta el año 1777.

No habría de ser Catalina ajena a los comentarios que de niña habría oído sobre el lugar conocido como “La Argayada” o “Peña del Diablo”, donde remotísima tradición decía que el diablo había arrastrado a su madre por los pelos, de modo que las excursiones a la ermita de San Bartolomé -en el pintoresco lugar de una isleta situada entre dos brazos del río Sella, al pie de Sobrepiedra, a la puerta de Las Rozas- le causarían cierta aprensión y recelo.

Si a ello se añade la posibilidad de que allí hubiese un edificio dedicado a los leprosos o malatos en otro tiempo, hacía que el mágico lugar no fuese muy de su agrado cuando la invitaban a la fiesta de San Bartolomé o a la de San Andrés, que allí se celebraban ambas con la correspondiente misa.

Como, además, el día de San Andrés -30 de noviembre- coincidía con su fecha de nacimiento, solía poner como disculpa para no ir el tener que ayudar a preparar en su casa la comida especial que cada año se celebraba en su honor.

Por el contrario siempre tuvo cierta predilección por la capilla dedicada a los santos mártires Fabián, Sebastián y Cosme, cuya celebración tenía lugar en pleno invierno, cada 20 de enero.

FUENTE:https://www.facebook.com/franciscojose.rozadamartinez

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