PASTOREO, DERECHOS Y NECESIDADES EN EL ÁREA DE SACEDA DEL RÍO Y LA PERALEJA ENTRE FINALES DEL SIGLO XVII Y LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVIII

POR DAVID GÓMEZ DE MORA, CRONISTA OFICIAL DE VERDELPINO DE HUETE, Y VILLAREJO DE LA PEÑUELA  (CUENCA) 

La importancia que fue adquiriendo con el trascurso del tiempo la agricultura en esta tierra, se comprueba por las necesidades y problemas que van aconteciendo entre muchos de los vecinos y antepasados de esta franja geográfica, especialmente a medida que la agricultura resulta mucho más efectiva que las explotaciones ganaderas que desde épocas inmemoriales tuvieron un peso relativo.

Saceda del Río, La Peraleja, así como otras tantas localidades que se integrarán en el área de influencia de la tierra de Huete, verán las riquezas y rentabilidad que generará un sector económico que había hecho crecer a las grandes casas de labradores, y que en algunos casos llegarán a ennoblecer gracias a la tenencia de un patrimonio que les había dado un nombre, consolidado bajo el apellido que representaba a todo un linaje. Para muchos vecinos no había duda de que la agricultura era una clara fuente de riqueza.

Es sobre este escenario, donde cobrará un enorme protagonismo la reconversión de terrenos dedicados al pastoreo, para ser explotados como agrícolas. Una realidad, que no solo apreciaremos en las tierras del territorio conquense, sino que en otros muchísimos puntos de la Península Ibérica. Ahora bien, había momentos de necesidades, en los que si las cosas no se hacían como correspondía, aquello tenía unas consecuencias. Hecho que por ejemplo le ocurrió a una familia de ganaderos de Saceda, y que por aquel entonces contaba con los servicios del pastor Manuel Romero, por ser este el principal responsable del cuidado de su rebaño.

En el año 1729 eran alcaldes de esta pedanía optense Juan Vicente y Felipe, así como Pedro de Sevilla Castilblanque. Es precisamente en invierno de esa fecha, cuando el hijo de Juan de la Fuente López (ya difunto) y Ana García Fernández, tenía a su servicio una serie de pastores, que estaban al mando del referido Manuel Romero.

Según se relata en la documentación de un pleito entre los vecinos del lugar con Manuel, los cuidadores del rebaño entraron con su ganado en el monte de Valdeservales, durante el frío enero del año 1729, indicándose que “con poco temor y veneración al respeto que se debe a la Justicia de su propio monte y con el motivo de mondar las ramas de las encinas de dicho monta para darles del ganado por el tiempo tan riguroso que es todavía, se está patente de las crecidas nieves, no solo han ejecutado lo referido, sino espropasándose a cortar muchos pies y muy mal mondados, de forma que casi han destruido el dicho matorral a la mayor parte de el para lo cual y pone remedio a tan grave daño y que pagan el que se justificase legítimamente” (AHN, 1729)

El pastor Manuel Romero, quien era mayoral (es decir, el encargado de dirigir el ganado entre una serie de trabajadores auxiliares), argumentaba que el ganado que controlaba y que era propiedad del licenciado de la Fuente García, al estar el campo nevado, y por falta de hierba de calidad, por sugerimiento del señor de la Fuente, acabó entrando dentro de aquel espacio, en el que tras realizar diferentes labores de aprovechamiento del matorral, estos acabaron produciendo una serie de daños, por los que a Ana García, se le acabarán imponiendo una multa de 233 reales, tras no haberse limpiado las encinas con la formalidad que indicaba la ley.

Las normativas estipuladas en lo que se refiere al mantenimiento de los montes, como de los derechos que tenían las cabañas para pastar en un lugar u otro, eran temas muy serios, especialmente siempre y cuando se daban escenarios en los que la situación climática no era la más adecuada, de ahí que será recurrente la aparición de pleitos por invasiones ajenas, daños en las zonas por donde ha trascurrido el ganado, como otra serie de situaciones, que darían para tratar este tema de un modo más extenso. Como ya hemos indicado en más de una ocasión, y por lo que concierne al caso de Castellón, pero que en el territorio conquense también se puede aplicar, el desarrollo de la Pequeña Edad de Hielo, dispararía los problemas y tensiones por la gestión de este tipo de recursos, especialmente entre las centurias que abarcan el intervalo de los siglos XVI y XVII.

Analizando los diferentes pleitos que hemos apreciado a lo largo de esta área de estudio, lo que si estaba cada vez más claro, es que los agricultores querían ganar espacio para poder cultivar. Las limitaciones de propiedades controladas bajo las figuras de los mayorazgos de las familias económicamente más potentes, así como la dificultad de explotar nuevas tierras en un terreno en el que el sector ganadero quería establecer su autoridad, motivarán la solicitud del aprovechamiento de amplias fincas para uso agrícola.

Este hecho se comprueba por ejemplo en el año 1693, en la cercana localidad de La Peraleja, cuyo vecindario estará interesado en “romper la dehesa del prado y adehesar la redonda de la cabeza del águila por tiempo de dos años” (AHN, 1693). En el referido documento, se indica que “otro prado es muy húmedo, y no al propósito para los ganados perdemos nuestras acequias, barrancos y malos pasos para las entradas y salidas y que de no labrarse otro prado por la hierba del canutillo que es la que más arroja se puede originar langosta y que los riesgos sean mayores”.

Se añade que “el término de dicha villa es muy estrecho, y la mayor parte de el esta ocupado con plantíos de viñas, olivos y azafranes, y por esta razón lo más que labran los labradores es en tierras de Lorenzo de Mendoza y de don Gaspar de Parada, y de memorias, y otros vecinos de la misma villa tienen arrendado el término que llaman de la poveda que confina con el de la dicha villa”. Después se indica que “labrar dicho prado, servía de alivio a los vecinos, mayoritariamente cuando no es de perjuicio de los lugares circunvecinos, ni de la cabaña real porque no es paso de ella, y el dicho prado es muy húmedo y no al propósito para los ganados por tener muchas acequias, barrancos y malos pasos para las entradas y salidas, y de no labrarse por la hierba del canutillo, que es la que más arroja se puede originar langostas” (AHN, 1693).

Tengamos en cuenta que si el campo se trabajaba, este se labraba, y de esta forma se acababa con los canutillos de los que posteriormente salían las crías de langostas. De ahí la importancia de mantener la tierra, en lugar de dejarla olvidada o como zona para el pastoreo, pues en ese caso, no se efectuaba el mantenimiento argumentado por los labradores, además de los intereses que estos obviamente tenían en potenciar la agricultura, al ver en su explotación una evidente fuente de riqueza.

FUENTE: https://davidgomezdemora.blogspot.com/

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