LA ASCENSIÓN AL GRAN NEVERO DE NAVAFRÍA

POR APULEYO SOTO PAJARES, CRONISTA OFICIAL DE BRAOJOS DE LA SIERRA Y LA ACEBEDA (MADRID)

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No está uno ya para demasiados trotes, pero como el espíritu me aguija a viajar sin cesar, la mañana del 24 de octubre, víspera de la festividad del eremita San Frutos, emprendo la ascensión al Pico del Nevero de Navafría (2.219 metros), donde nace entre pañales cristalinos el río Cega. Quiero verle suspirar desasido del hielo germinal.

No voy solo. Me acompañan en el insólito e híspido trayecto el montañero Paco Piedra, de Soto del Real, y el ex alcalde y guarda forestal Antonio Encinas, expertos de esa zona altiva y desolada, a la que recorren y recurren con frecuencia, con grupos de curiosos medioambientalistas y protegedores del entorno. Como yo.

Con el primero corono la cima divisoria de Madrid-Segovia; el segundo se da la vuelta al poco de partir, porque el pinzamiento de sus vértebras lumbares no le permiten continuar más adelante de Casaquemada, el refugio en ruinas de la guerra civil-incivil del 36, en el que se enfrentaron los nacionales contra los republicanos. Aún así, se lleva en bolsas agujereadas la soldada del generoso pinar: unos cuantos boletus y lepiotas, cortados a navaja cabritera para no dañar la sucesión de las esporas.

Entre subida y bajada, seis horas de contemplación amorosa, patoso que es uno, por trances de gencianas ginebrinas amarillas, surcos apaisados de pimpollos albares cuasiglacicares, cagarrutas de ovejas peregrinas y florones ventrales de vacas rumiadoras como único placer y displacer. Y la vista, la vista soleada del embalse del Lozoya y de media Castilla en torno, acostados en el desparramamiento de la cordillera central carpetovetónica. Tenéis que verlo y atravesarlo, para sentiros grandes, aunque la respiración se os amengüe por la altura, como a mí.

Paco Piedra me acucia: Ya falta menos; cinco minutos más nos quedan solo. Pero esos cinco minutos se exceden a tres horas lentas y tramontanas, pasadizas por brezos, cambrones, aulagas, retamas, helechos y líquenes de indescifrable antigüedad.

Cuando llegamos a la cumbre, yo me siento en el monolito geodésico testimonial y él, mi Paco Piedra, abre una mochila cargadora de quesos, tomates, chorizos, longanizas y pan candeal, con los que damos vida al cuerpo terrenal. ¡Qué descanso, qué alucinante serenidad!

Vuelta otra vez atrás, cabeza abajo, con ritmo militar, y en el venero asiduo, me signo con el agua de la cruz bautismal. Lo consigo, consigo ver al río empezando a nadar, como un niño pequeño que aún el pobre no sabe adónde irá. Con el infante ciego del Cega en el Duero, allá por Boecillo y Viana, me sumiré en el mar, que no es el fin, sino el resucitar. Anda, río mío, anda ya.

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