DE SOLEDADES Y ABANDONOS • EL OVIEDO CLÁSICO ESTÁ MORIBUNDO, CON CASAS ENTERAS CERRADAS Y PISOS CON LOS PÁRPADOS BAJOS

POR CARMEN RUIZ-TILVE, CRONISTA OFICIAL DE OVIEDO

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La ciudad, aparentemente, goza de buena salud. A primera hora de la mañana, recién lavada, tiene el aspecto lozano de los recién nacidos. Una segunda observación nos puede hacer pensar que la juventud de las fachadas se corresponde con la edad cronológica de los edificios, pero esa apreciación tampoco es plenamente certera. Hay edificios verdaderamente añosos que tienen buen aspecto y los hay, simplemente cincuentones, que tiene cicatrices de vida dura. Y los hay nuevos, novísimos, que ya exhiben muestras de mala salud, y ya saben todos a lo que nos referimos.

El bullicio interno de las casas no siempre se asoma al exterior. Mirando hacia arriba, en una primera mirada, los visillos arropan la intimidad de cada vivienda y, a veces, sutilmente, hay casas que piden socorro. Ventanas cerradas a cal y canto, incluso literalmente, es decir, tapiadas, que esconden el vacío de una vida caduca. Contraventanas y persianas a medio bajar o a medio subir, abandonadas en incómoda postura en una precipitada despedida. Casas que habían sido hogares, a veces de generación en generación, condenadas a la soledad de perder el último habitante. Mudanzas forzadas o animosas a barrios nuevos, con licencia para volver a empezar. Pisos grandes que albergaron a grandes familias, marcados por las ausencias y deserciones. Mudanzas a pisos pequeños, con nuevos vecinos y costumbres recortadas. Y la casa anterior, que había sido bulliciosa, esperando convertirse en un gran despacho o una oficina multidisciplinar.

Todo el centro convertido en una gran oficina, con los balcones a oscuras todo el fin de semana y los portales llenos de placas de profesionales. Barrios nuevos que dejan salir la vida por las ventanas, cubiertas con estores, con los visillos encañonados de almidón pasados de moda.

Y el Oviedo clásico, el Oviedo que fue todo Oviedo, moribundo, con casas enteras cerradas, con pisos con los párpados bajos, sabedores de su injusta vejez. Así está, por ejemplo, Cimadevilla, aquella Cimadevilla coqueta en la que todo era glamour, cuando existía el glamour.

Fuente: http://www.lne.es/

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