CONVERSACIONES CON JUAN PABLO MAÑUECO SOBRE EL REALISMO SIMBÓLICO

POR ANTONIO HERRERA CASADO, CRONISTA OFICIAL DE LA PROVINCIA DE GUADALAJARA

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Nos encontramos a Juan Pablo Mañueco en el lugar más probable. El juego de la probabilidad es infalible con este escritor alcarreño. Está en la calle. Sube la Mayor o baja el Amparo, pero Juan Pablo Mañueco, tras haber pasado unas horas en su despacho, escribiendo, sale a la calle: la vive y la respira. Por eso escribe tan cercano a ella, sabiendo de lo que habla.

En tan solo seis meses, ha publicado seis libros. Unos de poesía, otros de prosa. Todos nutridos de un sustancioso bagaje intelectual e informativo, con el que Mañueco camina y dispensa palabras que sirven para aprender, disfrutar, soñar incluso.

De esos libros, conviene repasar sus títulos, y quizás, preguntándole a él, sus contenidos. Porque la tarea de un escritor es –primero de todo- hablar consigo mismo, entenderse de verdad con ese extraño ser que cada uno llevamos dentro. Y luego, repartir a los demás esas palabras, esos conceptos y esas medidas palabras que llevan sonido y mensaje.

Los libros que Mañueco ha publicado en los pasados meses, todos a través de la editorial Aache de Guadalajara, son estos: “Guadalajara, te doy mi palabra” (versos en torno a Guadalajara y sus gentes, con el palacio del Infantado en la portada).

Dos tomos de la obra “Castilla, este canto es tu canto”, en los que analiza con profundidad y rigor la evolución histórica y literaria de nuestra nación, Castilla, a través de autores, personajes, batallas y ciudades.

Aunque en un solo tomo, el “Viaje por Guadalajara /¿Dónde estáis los que solíais?” es un libro doble, son dos libros: en uno aparece la novela de un día de verano, un viajero que recorre la ciudad, de arriba abajo, encontrando monumentos, gentes, intervenciones afortunadas, y desastres sin cuento. Y el otro, entremezclado entre los capítulos de la novela, es un largo poema que constituye la glosa vital del personaje, aludiendo a las mil cosas que un poeta alude normalmente, la vida, la muerte, el recuerdo, la nostalgia…

Finalmente, en diciembre apareció el sexto volumen de Mañueco, dedicado íntegramente a la poesía, los “Cuarenta sonetos populares y cinco canciones diversas”, en el que la diversidad nos envuelve con temas tan sorprendentes como el canto certero a los Encierros de Guadalajara, la alegría por la décima copa de Europa conseguida este verano por el Real Madrid, una serie de sonetos de amor encendido y brillante, o la desgranada elegía del tiempo a través de los meses de un mensario.

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Intercambio de palabras

Paseando lentos la plaza de Santo Domingo, Mañueco y el cronista hablan de Guadalajara y de la poesía.

¿Qué persigues al escribir poesía, tanta y con tanto entusiasmo?

En los últimos seis meses, he publicado también la novela que antes has citado, “Viaje por Guadalajara” y dos pequeñas obras de teatro, que van incluidas en ese libro poliédrico que es la novela mencionada, pero sí es cierto que me tengo más por poeta que por prosista. Y que incluso mi prosa literaria pretendo que no sea solo meramente narrativa o descriptiva, sino que, además, se adentre en la expresión metafórica y se enriquezca creativamente.

¿Qué pretendo al escribir? Lo que cualquier ser humano o artista: expresarme. En mi caso, mediante la palabra escrita. Lo hago desde siempre, desde que iba a la escuela primaria en Tórtola de Henares, o desde que estudié el bachillerato, en Valencia, y ya entonces dirigía la revista del colegio, que incluso vendíamos en los kioscos de la zona, con contenido de críticas de libros, con entrevistas, noticias del pueblo… Desde siempre, me acuerdo de mí mismo escribiendo.

En tus últimos libros has introducido novedades poéticas que conviene destacar. Una de ellas es el “Realismo Simbólico” ¿Qué pretende este movimiento?

Con el “realismo simbólico” propugno una doble fusión: acercar la prosa narrativa a lo poético y, al mismo tiempo, conseguir que la poesía cuente historias y tenga argumento narrativo. Como ocurría antes de 1850, lo cual permitía que tuviera mucha más aceptación que en estos momentos y que hoy nos parece lo propio de la novela… Esto es lo que ha permitido el despegue de este género, en detrimento de la poesía, y su aceptación mayoritaria por el público desde finales del siglo XIX…

Que determinadas poesías tengan también argumento es lo que puede acercar la poesía al gran público, recuperando el terreno perdido. La poesía –lírica o épica o dramática- es la que gozaba de las preferencias de la gente entonces, antes de la eclosión de la novela realista decimonónica, que comenzó a relegar a la poesía al reino de lo minoritario (y sólo a lo lírico), precisamente porque supo unir los conceptos de “novela en prosa” con el de “personajes que dialogan dentro de un argumento que relata cosas”.

Bien, ¿y por qué no puede conseguir esto mismo la poesía? Se trataría de encontrar la estrofa y la rima adecuadas para ello, en nuestros días. Que desde luego no pueden ser recipientes métricos muy complicados, para que permitan el desarrollo de acontecimientos, sin interferir en ellos. Luego veremos qué estrofa es la que yo propongo para obtener este resultado.

Por otra parte, el “realismo simbólico” a lo que aspira, incluso dentro de la novela en prosa, es a que no sea meramente prosaica, sino que se dote también de un alto contenido poético o alegórico que llene su lenguaje de significaciones adicionales.

En novela, ya intenté ese “realismo simbólico” con mi primera narración larga publicada, “Soberano don Nadie” (2006), obra de la que no estoy satisfecho, aunque alcanzó dos ediciones. En cambio, sí creo haberlo llevado a la práctica adecuadamente con “Viaje por Guadalajara”, que aún es novedad en las librerías.

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¿Qué grado de realismo y qué grado de simbolismo tiene “Viaje por Guadalajara”?

“Viaje por Guadalajara”, por un lado, es puro realismo tradicional: se describe un recorrido de doce horas por la ciudad que efectúa un forastero, en un día a finales del pasado mes de agosto. Visita la ciudad y se va encontrando con personas concretas con nombres y apellidos que se citan, con establecimientos de la ciudad que se mencionan (restaurantes, cafeterías, librerías, iglesias, conventos, palacios, y con camareros, hosteleros, trabajadores bancarios, sacerdotes, paseantes…) también concretos, que le van saliendo al paso durante su recorrido.

En el apartado simbólico, en cambio, hay descripciones de plazas, calles o parques de la ciudad que en nada se diferencian de la prosa poética.

E incluso, a veces, hay escenas aéreas o descripciones de lugares desde todos los planos, en picado y contrapicado, que podrían tomarse por escenas cinematográficas, o por el guión para hacer una película.

Incluso cuando se llega al parque de la Concordia, se asiste, entre los árboles del parque y el cielo de la Concordia, que se oscurece, a la proyección cinematográfica de varios cortos, que son las escenas que acabamos de leer en la novela y que ha ido grabando una misteriosa cámara autónoma que acompaña al Viajero durante todo su periplo, tomando imágenes de cuanto le sucede.

Es decir, que durante la novela también se está grabando y proyectando cine, otro de los géneros artísticos que se fusionan en el texto: una película sobre lo que sucede y se ve en la narración novelada.

¿Más simbolismo en la novela? Pues sirva como ejemplo el siguiente: en determinado lugar un tanto recóndito de la ciudad el Viajero se encuentra con una especie de “aleph” borgiano que le transporta hasta el primer día de la Creación del Universo o al momento inicial del Big Bang (que eso no queda claro en la novela) y luego, a través de ese “aleph” retorna vertiginosamente a la Tierra y a la ciudad de Guadalajara, en el Tercer Día de la Creación, cuando aún no ha surgido el ser humano, sino sólo los vegetales.

El lugar de la –hoy- ciudad de Guadalajara al que retorna, no es un lugar cualquiera… Concretamente, es el Paraíso Terrenal (que en la Biblia no acaba de precisarse su ubicación, pero en la novela sí se delimita con exactitud: está aquí, a poca distancia del centro urbano de Guadalajara, sin ir más lejos). Y, además, para aumentar la evocación literaria, en ese momento está brotando en el Jardín del Edén el Árbol de las Letras del Bien y del Mal, que se describe bastante detenidamente.

Mayor simbolismo que éste, de momento, no se me ocurre. Ya veremos en el futuro… Pero, para una ciudad de provincias, como Guadalajara, pues, hombre, tampoco me parece escasa capacidad alegórica.

Voy a incluir una pequeña muestra de esa prosa poética o simbólica con que se realizan algunas descripciones de “Viaje por Guadalajara”:

Es el momento en que el Viajero entra en el patio de los leones del palacio del Infantado. Y esto es lo que se encuentra:

“Lo que se encuentra, cuando llega al otro lado del vestíbulo, es una doble arquería que semeja un bosque de arcos góticos en doble curva ascendente; en la arquería inferior, dos leones rampantes caminan hacia la cima de cada uno de los arcos; en la superior, son los alados animales mitológicos llamados grifos, mitad águilas, mitad leones, quienes realizan esa función de escalar por parejas los arcos.

Pero los leones no prestan atención ninguna al ascenso por la arquería que están acometiendo. Al contrario, a quien otean fijamente, contorsionando con violencia sus cabezas para mirarlo de frente, es a todo aquel visitante que entra en el patio, el cual es afluente inmediato de sus miradas, que lo escrutan y escudriñan detenidamente, examinándolo con detalle.

Se trata de veinticuatro leones en piedra gótica que atisban al Viajero desde lo alto. A diente abierto. En hostil facies nada sonriente. Dulces o fieros o tristes o fatuos o burlones, diversos en ojos, en gesto y en facciones, pero todos ellos amenazantes, aunque de una belleza tan gloriosa como sólo el estilo gótico puede darnos.

La inquietante arquería superior otra distinta alarma alada implanta, los puntiagudos grifos giran también la cabeza hacia el visitante que se aventura a adentrarse en el patio. El cuerpo es de león, de águila sus semblantes. Esta galería cimera es quizá aún más bella que la de los leones, por encima exactamente de ellos. Torvo el pico, la garra y el ala amenazantes de cada uno de los seres mitológicos de piedra entre dorada y blanca.

El Viajero piensa que, aunque la belleza del lugar es deslumbrante a aquella primera hora de la mañana, nadie debería pasar en semejante patio una noche entera, a solas. “Seguro que espanta cruzar por entre las tinieblas de la noche aquí dentro, pernoctar entre su negrura”, se dice para sí, “uno se imagina que las fieras quizá bajen de las columnas, dueñas de las sombras, y paseen por el patio, abriendo sus rugientes gargantas”.

Sin embargo, hay otros momentos dentro de la novela en que adoptas un punto de vista mucho más realista, con descripciones enteramente ajustadas a la ciudad.

Así es, en otros momentos la novela es completamente realista y no plantea a lector ninguna dificultad para su comprensión. Lo que sí hay siempre es una voluntad de estilo, de dar a la prosa una reelaboración suficiente para que agrade y sorprenda al lector. Pondré ahora, a modo de ejemplo, cómo se describe la plaza de Santo Domingo, de Guadalajara, que a nadie que la conozca le costará ningún esfuerzo reconocer:

CAPÍTULO XI. A LA PLAZA DE SANTO DOMINGO

Siguiendo, acompañando, escoltando, persistiendo, reanudando, continuando, insistiendo en nuestra costura de palabras con el objeto de embastar lo mejor que se pueda el encaje de adjetivos y sustantivos, verbos y adverbios, pronombres y artículos, preposiciones, conjunciones e interjecciones, que den lugar al bordado de las muy diferentes vidas…

….que en una ciudad, aparentemente insulsa y apagada como a primera vista pudiera parecer Guadalajara, existen, cohabitan, se amanceban, se arrejuntan, conviven, se cruzan en sus andares todos los días casi sin percatarse de su palpitar tan cercano, y luego se separan, se emancipan, se liberan, se independizan, se desglosan y se aíslan las unas de las otras…,

….yéndose cada una de ellas a sus cotidianos quehaceres, hasta que nuevamente vuelvan a fusionarse, a fundirse, a unificarse, a acoplarse, a adjuntarse, a tropezarse, a converger brevemente, para después, de nuevo, en un vaivén repetido todos los días, tornar a desprenderse, a desperdigarse, a disgregarse y a distanciarse durante unas horas, en el balanceo continuo de la convivencia propio de una pequeña ciudad de provincias…,

…describiremos ahora las múltiples vidas que aporta al despliegue general de vidas de Guadalajara la céntrica plaza de Santo Domingo, centro neurálgico de muchas de las muy diversas Guadalajaras coexistentes.

DESCRIPCIÓN DE LA PLAZA

El Viajero llega hasta la plaza de Santo Domingo, una de las más concurridas de la ciudad, donde termina la calle Mayor y confluyen otras de las principales vías urbanas, como son:

una, el paseo de las Cruces o del doctor Fernández Iparraguirre;

dos, la calle, que casi tiene ínfulas de ser avenida, de la Virgen del Amparo, aunque algún visible mojón de carretera, en su parte alta, cuando ya pasa a llamarse calle Toledo, delata que fue en su día simplemente la carretera de Cuenca, extramuros de la vieja ciudad;

tres, la lindante plaza del capitán Boixaréu Rivera que, de toda la vida ha sido llamada por los naturales de la ciudad y por los foráneos debidamente naturalizados, la Carrera, o la Carrera de San Francisco;

y cuatro, otras vía menores que también concluyen en la plaza…,

…la cual Plaza de Santo Domingo, salvo porque en ella no está el Ayuntamiento, constituye el verdadero núcleo urbano de la ciudad. Si bien esa raza discrepante de personas que son los expertos en vetustas ciudades ya extintas, se empeñan en relatar que en su momento fue un espacio abierto que estuvo fuera de las murallas de la ciudad, siendo conocida como plaza del Mercado, y que era donde…

Los personajes de la novela también están muy conseguidos, tienen vida, se les ve caminar, palpitar, sentir, conversar, pasear por Guadalajara de una forma muy nítida.

Eso creo yo. Son seres reales y realistas. De carne y hueso, cada uno con su peculiar psicología e intereses, pero palpables. Ahí no que querido introducir ningún tipo de simbolismo, sino de veracidad. Así es la gente que, a principios del siglo XXI, camina por Guadalajara.

Reflejaré cómo se describe uno de ellos, concretamente el sacerdote que pasa por la plaza de Santo Domingo –y otro transeúnte apresurado que luego, ya más sosegado, volverá a intervenir en la narración-. El sacerdote que llega, después, en la novela corta que incluye la novela general en su interior, “Conversación ante San Ginés”, tendrá una relevancia especial, puesto que es el coprotagonista, junto con el Viajero, de esa novela corta. Así se le describe:

“La iglesia de San Ginés está en obras, por lo que no es visitable. Un cartel lo indica sobre una de las hojas de la entreabierta puerta: “Julio y Agosto, este templo donde Dios mora permanecerá cerrado por reformas. El despacho parroquial se encuentra en la calle del Amparo, número X, piso Y, con el siguiente horario…”

“No aclaran donde ha ido a morar Dios durante los dos meses que durarán las reformas”, piensa con pesadumbre el Viajero, “aunque quizá esté donde siempre ha estado, sin necesidad de estos lujos que veo por fuera y que entreveo en el interior del templo: en todas partes y en el corazón de cada cual”.

Por la explanada que antecede a la iglesia, donde se alzan algunos puntiagudos cipreses y otras frondosas moreras, aparece la silueta de un sacerdote, alto, huesudo, delgado, afilado, canoso. Si no fuere por este último adjetivo, podría confundírsele con uno de los alargados cipreses, suficientemente recortado.

Detrás de él, con paso bastante más ligero, vistiendo un traje claro tanto en su chaqueta como en sus pantalones, con aire de ejecutivo atareado y ademán de ir apresuradamente a alguna cita urgente previamente concertada, adelanta al sacerdote un hombre bastante más joven, aunque aparenta haber sobrepasado ya la cuarta década de su vida. Al llegar a la altura del Viajero, se le queda mirando, como si le conociera, pero no dice nada sino que sigue su apresurada marcha, afanado en sus quehaceres.

El sacerdote, que rondará pronto la edad de la jubilación, camina lentamente y viste de negro riguroso, cuando pasa a su lado, saluda al Viajero y éste aprovecha para liar la hebra de la conversación y le dice:

-Ya falta menos para que concluyan las obras, ¿no es así, padre?

-No se crea –ha respondido, ha replicado, va a argumentar, va a exponer el sacerdote-, el trabajo se está alargando. Aunque el cartel diga lo contrario, aún no sabemos cuándo terminarán, podemos retrasarnos hasta septiembre, muy fácilmente.

-Es lo malo que tiene meter albañiles en casa, que lo ponen todo perdido, y no se sabe cuándo terminarán –afirma una obviedad, el Viajero-. Aunque sea la casa de Dios.

-¿Y qué hace usted por aquí? ¿Es un turista? No recuerdo haberle visto anteriormente.

-Digamos que estoy haciendo un viaje, soy un Viajero que en estos momentos se encuentra frente a la iglesia en obras de San Ginés, en Guadalajara, hablando con usted.

-Yo soy menos misterioso que usted –ha aclara, ha esclarecido, ha manifestado, va a descifrar, va a puntualizar, va a definir, el sacerdote-. Me llano José Luis Vernich Oria y soy el párroco de esta iglesia.

-Pero no parece ser de esta tierra, tiene acento de fuera.

-¿Tengo acento? Creí que lo había perdido. Hace mucho tiempo que falto de Cataluña. Años en Roma. Luego aquí…

-Y ahora nos ha reunido la providencia en Guadalajara, frente a una iglesia en obras.

-Así es, la providencia divina está detrás de todo cuanto nos ocurre.

-Esa idea es peligrosa, padre. Entonces habría que asignar a la providencia incluso las cosas malas que suceden en la Naturaleza, las riadas, los terremotos… O la muerte de los niños pequeños, tan inexplicables. O las epidemias que de vez en cuando asolan a la Humanidad, sin que se puedan imputar a la labor del hombre”.

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Y esa fusión prosa/verso del realismo simbólico, en el caso de tu poesía, ¿cómo podías ejemplificarla?

Conseguir que la poesía sirva para alojar historias lo hago, especialmente, a través de la estrofa que denomino “torrente asonantado”: versos asonantados de cualquier medida, que caen desbordantemente, torrencialmente sobre el texto. Y que, cada cierto trecho, cambian su asonancia, para dar variedad a la narración. De alguna forma, es volver a la tradición: lo que he dicho, sirve también para describir el Poema del Cid. Aunque, para ser un “torrente asonantado” debe tener un sentido desbordante y fuertemente enriquecido por un contenido metafórico…

De ello, hay bastantes ejemplos narrativos en “Viaje por Guadalajara”, colaterales al relato principal. Y también otro ejemplo en mi último libro publicado hasta la fecha: “Cuarenta sonetos populares y cinco canciones diversas” (diciembre, 2014), donde se cuenta la historia de Juana la Beltraneja en esa estrofa a la que aludo, a lo largo de ocho páginas, pero que de hecho podría entenderse también como un capítulo de novela.

¿El poema “Juana la Enriqueña, recibe y contesta carta de Castilla” , de tu libro “Cuarenta sonetos populares y cinco canciones diversas” podría tomarse como el capítulo de una novela, me estás diciendo?

En realidad, lo iba a ser, la concebí como tal. Como una novela tradicional, normalita, histórica –de las que están tan de moda-, en prosa… Y ambientada en Guadalajara, porque como sabes la Beltraneja tiene raíces en esta provincia.

Yo ya la tenía medio escrita, pero al final le he dado salida por esta vía poético/narrativa y debo decir que estoy muy satisfecho. Cuenta lo esencial de la historia que tenía previsto novelar, condensadamente, en ocho páginas, en un verso suave asonante comprensible y grato para todos, con más belleza que una prosa habitual. ..¡Y a otra cosa!, ¡nos hemos ahorrado el aburrido relleno que suele acompañar a toda novela! Así que, después de entretenernos con la historia que allí se cuenta… hay más cosas que leer en ese libro, y por el mismo precio.

Realmente, quien compre “Cuarenta sonetos populares y cinco canciones diversas” se lleva varias cosas al precio de una, igual que ocurre con la muy plural y muy plurisignificativa novela “Viaje por Guadalajara…” Una ventaja que aporta el “realismo simbólico”, por tanto.

Pondré un ejemplo de “torrente asonantado” narrativo. Pertenece a esa historia de la Beltraneja de la que estamos hablando:

Aún recuerda cuando por plazas,
y ciudades y montes y campos y batallas
-amazona a caballo desde los doce años-, por las armas
castellanas
combatiera y guerreara,
con su cota de mallas
y su espada,
con su armadura y con su ballesta y con su pica y con su lanza,
y su alabarda
y arrastrando al combate carretas artilladas,
para defender un reino y un nombre y un padre y una patria
que Isabel y Fernando, los futuros reyes Católicos, le ganaran
por la fuerza belicosa de otras armas,
esas sí bastardas,
que no ella, la niña legítima y reina por derecho castellana.

No por la razón. No por la raza
perdió Juana
su trono y su fama.
Sólo por ser más potentes e intrigantes en la Corte y en campaña.
Fernando, el aragonés, que desde su pequeño reino conspirara,
e Isabel, la espúrea dama,
y aún más espúrea y más falsa
como madrina que en la pila bautismal jurase proteger a la niña Juana.

Otra novedad del realismo simbólico y de tu obra consiste en la aportación de nuevas estrofas: la victoriola, la sonetina, la copla alcarreña…. Dime algo de cada una de ellas.

Lo de crear nuevas estrofas se ha debido al cansancio y a la monotonía que me produjeron las archiconocidas estrofas tradicionales (sonetos, liras, silvas, romances, endechas, cuartetos, cuartetas, serventesios, redondillas, cuartetas, tercetos encadenados, octavas reales, canciones medievales, estrofas de pie quebrado…). Y a que, en mi opinión, llegué al límite de lo que yo puedo dar de mí en ellas.

Por ejemplo, después de escribir “Castilla, este canto es tu canto. Parte I. La Historia, la Literatura, el Futuro”, es decir, la historia del pueblo y de la literatura castellana desde el año 800 (en que aparece escrita por primera vez la palabra “Castella” en un documento latino) hasta 1499 (cuando se publica “La Celestina” y los barcos castellanos ya han descubierto América y dominan el Atlántico, el Mar del Norte y el Mediterráneo), y hacerlo todo ello a través de 2.300 versos en liras… yo sentí que había dado todo de mí a esta estrofa y, a la inversa, que la estrofa estaba –provisionalmente- agotada para mí.

Lo mismo me ocurrió con el soneto, ya sea de estilo sencillo o popular, ya sea renacentista o ya culteranamente gongorino, de los que hay también nutridos ejemplos en todos mis libros recientes. Especialmente, llegué a mi límite con el soneto mientras escribía la segunda parte de este libro que estoy mencionando, en “Castilla, este canto es tu canto. Parte II. Las ciudades, los paisajes, los estilos”. Seguiré escribiéndolos claro, pero, personalmente, no creo que supere los que allí aparecen. A lo sumo empataré con ellos alguna vez.

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En consecuencia, tenía que hacer nuevas cosas. Crear nuevas estrofas… He creado esas tres que tú me citas, más el “torrente asonantado” que acabamos de nombrar y explicar. Y también otras que irán saliendo en mis libros siguientes… algunas de las cuales son todavía paganas, quiero decir, que las tengo todavía que llevar a bautizar…

¿Y, en concreto, qué es una “victoriola”?

La fusión de las dos estrofas más sublimes de la lírica castellana: el soneto y la lira. Con estos padres, el resultado tiene que ser también interesante, creo yo.

Esto es una “victoriola”: dos liras entre dos cuartetos, uno al inicio y otro al final. Con rimas consonantes que se repiten entre el primer cuarteto y la primera lira, por un lado, y la segunda lira y el segundo cuarteto, por otro.

La victoriola también admite variaciones –que los cuartetos sean serventesios, que les acompañen largos estrambotes en tercetos encadenados donde se cuenten largas o breves historias, etc…- de las que ya publiqué ejemplos también en “Castilla, este canto es tu canto. Parte II”. Y la he seguido usando desde entonces. Mis próximos libros llevan muchas victoriolas.

Voy a citar un ejemplo de “victoriola”. Es la segunda que aparece en el libro “Castilla, este canto en tu canto. Parte II”:

EL TORO DE LA LLUVIA
(Victoriola con cuartetos serventesios)

El toro de la lluvia nubes trota,
soberbio en los arpones
que escalan la remota
borrasca en que agua inducen sus pitones.

Hinca sus dos hachones
hasta causar la mengua de la gota
al cielo, que astas de iones
cornean cota a cota
por escalar venero en donde brota.

Desencadena toro
de tormentas, de rayos y aguaceros
tu acción de meteoro,
con los sabios aceros
que agudizan tu frente, delanteros.

Haz que el cielo despliegue su tesoro
a tus bastones fieros
y que se rinda al toro
agua en vuelo herida a lluvia por la furia astral de tus punteros.

Por cierto, que aprovecho para invitar a los poetas jóvenes de Guadalajara al uso de la lira y, si les apetece, de la victoriola, que también es susceptible de albergar relatos, en su estrambote… Por ejemplo, en una de las que ya he publicado, su estrambote en tercetos encadenados nos cuenta la incursión marina de un barco por el Mediterráneo, de un catamarán más concretamente, que va tocando, como dos arcos de violín, las aguas y las olas que sobresurca. (Nao doble en violines/cuyos dos arcos de punta alargada/acarician las crines/del agua que, tocada,/da a catamarán son de ola llorada).

En fin, un buen arranque para la historia que se cuenta después, en el largo estrambote. Así que la unión de soneto y lira, también es susceptible de alojar historias, como cualquier cuento o novela. ¡Cosas veredes!

¿Y cuál es el objetivo último de estas innovaciones métricas?

Ya va siendo hora de poner punto final al versolibrismo, que ha apartado a tantos lectores de la poesía, y que está dando lugar a tanto falso poeta, que no lo es, pero que “escribe” poesía –en verso libre claro-, porque ni sabe ni sirve para rimar ni tampoco sabe ni sirve para escribir novela…

Pero con ocho renglones, sin rima, ni ritmo ni medida -cortados cuando les place-, ya dicen que han escrito un poema (¿se puede llegar más abajo en la concepción de lo que es un poema? Sí, se puede llegar al poema totalmente sin nada, en blanco, que es lo que apunta esta “poética”).

Y, a veces, hasta denominan a sus tres o cuatro o cinco líneas de prosa cortada… un “haiku” y entonces presumen de que han hecho poesía internacional. Así proliferan tanto los “haikus” en el versolibrismo actual. A partir de los seis años de edad, ya se pueden conseguir verdaderas “maravillas” en esta modalidad artística, sin duda.

¡Hombre, yo les digo a estos poetas de los “haikus” que escriban una seguidilla, o una soleá, o una copla castellana de cuatro versos, que sí llevan una ligera rima y una medida concreta, y que vienen produciendo belleza condensada en España desde el siglo X, sin necesidad de irse al archipiélago japonés a escribir prosas ajenas a nuestra lírica!

Desde luego, en la poesía española hay estrofas breves que han proporcionado excelentes muestras de alta y limpia belleza.

Yo también lo creo así, Antonio, pero no están de moda en los ambientes literarios… de la cultura madrileña, que son los que marcan estos papanatismos que luego se imitan en provincias.

No quiero citar nombres, pero hay presuntos eximios poetas en España que no ha escrito una rima en su vida y que, después de llevar treinta libros de prosaísmos culturalistas que llaman “poesía”, aplaudidos incluso por los medios informativos de Madrid, han desembocado en el “haiku” y se ufanan en televisión o en sus conferencias de los altos caminos por los que “transita ahora” su poética.

¡Han retrocedido con respecto a las jarchas castellanas o mozárabes, anónimas, hechas y cantadas por el pueblo ya en el siglo X y obras perfectas de la literatura española, desde el inicio, pero hay que ver a estos pseudopoetas famosos de Madrid, que jamás han rimado dos versos, cómo se fotografían de frente y de perfil, para hacerse los interesantes, y cómo gastan unas gafas de llamativos colorines, engolan la voz y se llevan la mano al pecho, en sus apariciones por televisión o en los periódicos, como si fueran la quintaesencia de la cultura de este país!

Y, en el colmo de la innovación, escriben un “haiku”. O sea, menos que una copla castellana de la Alta Edad Media.

Pero luego vienen por Guadalajara y hacen giras por provincias, dan sus pregones literarios, comparecen en conferencias donde se les llena de halagos por parte del presentador del acto, nos recitan dos “haikus”, con voz muy impostada, y poniendo ojos de trance lírico, acude la prensa provincial a dar cuenta del acto –no por el valor literario del mismo, sino porque ha sido un acontecimiento social- y se llevan el dinero calentito a sus púlpitos literarios de Madrid, desde donde también controlan los jurados de los premios literarios y la vida cultural, en general, de este país.

¿Qué hay de cultura en todo esto? Nada. La prueba es que el medio de comunicación, luego, no recogerá qué recitó o qué leyó el eximio forastero, sino sólo que se celebró el acto y unas cuantas fotos de la mesa de autoridades. Y mejor que no recoja el poema concreto que justificó el fiasco, porque sería infumable. Como se lo pareció a todos los asistentes al acto, dicho sea de paso, pero que estuvieron y aplaudieron porque “había que estar” y “había que apludir”.

Yo creo que un verso libre y un “haiku” lo puede hacer un mono con un lápiz en la mano, en cuanto se le auxilie un poco y se le dirija levemente la extremidad superior o inferior que el animal utilice para escribir.

Lo que no tienen esos afamados poetastros es vergüenza torera ni dignidad, y los lectores que pierdan el tiempo con semejantes cosas o que asisten a sus pregones (bien pagados) o recitales poéticos (también) sí que tienen mucho de papanatismo y de ganas de ser estafados culturalmente. Pero la Poesía no acude a dichos recitales, llora en un rincón ante los desmanes que se perpetran en su nombre.

¿De manera que estás en contra del verso libre que domina la poesía actual?

Radicalmente, en contra. El verso libre es la explosión final del sistema solar de la Poesía, antes de extinguirse por entero para ser absorbida completamente por el agujero negro de la Prosa…

Antes de fenecer, ha dado origen a una explosión de escribidores completamente prescindibles, que hacen añicos la menor concepción del buen gusto poético, y que torturan a los lectores con sus prosaísmos decadentes. O bien con los insufribles “haikus” simiescos, ya descritos en su fina elaboración.

¿Desde cuándo domina el verso libre la poesía española?

Llevamos más de 50 años de casi exclusividad del verso libre y hasta de lo prosaico en la poesía española. Al principio, en los años 70, todavía con los venecianos de Pere Gimferrer y de los “Nueve novísimos poetas españoles” que antologó José María Castellet, pues aún había un cierto grado de culturalismo que aburría como ovejas a la gente común y corriente, sí, pero que tenía altura de miras culturales.

Pero después, tanto los imitadores como los propios maestros de la corriente, cuando se agotó su veta creativa, se han limitado a adoptar una pose, y a nombrar a mucho poeta clásico, griego, latino y europeo transcrito y (mal) imitado. El pueblo, claro está, quedó horrorizado ante esa poesía, luego pasmado, siempre aburrido y, obviamente, pasándose en masa a la novela.

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¿Por estos caminos sigue discurriendo la poesía española actual?

Sí. Pero todo es susceptible de empeorar, Antonio… De manera que o bien algunos poetas han seguido por el camino del prosaísmo en lo que se llamó “la poesía de la experiencia”, que no es más que la vuelta a los “poetas de la berza”, esto es, a la poesía del realismo social de los malos poetas de los cincuenta y sesenta, (pero ahora sin rima ninguna) o bien los poetas de los “novísimos” y sus epígonos han continuado degenerando el estilo inicial y prolongan decadentemente su prosa culturalista, que ellos llaman, simplemente porque de vez en cuando cortan los renglones, poesía.

Y, dentro de esta corriente, en estos años iniciales del siglo XXI aún se ha conseguido bajar un peldaño más en la ruta del verso hacia su disolución en pura e incomprensible mala prosa.

¿Qué peldaño es ése que ha bajado la poesía española en los comienzos de este siglo XXI?

Pues en estos años iniciales del XXI, o bien los viejos culturalistas se lanzan recíprocamente sus ladrillos pseudointelectuales y se los aplauden entre sí desde los púlpitos literarios que controlen, sin que nadie más los lea ni se entere, excepto los jóvenes imitadores que siguen sus pasos por el mismo camino marcado, o bien se ha descendido un peldaño más y algunos epígonos, ya de segundo nivel, han “innovado” del peor modo posible.

¿De qué forma?

Pues renunciando también al agotado culturalismo –que era el sustento de esta poesía, ya muy manido y estrujado, pero que al menos aspiraba a una dignidad innegable- y se han quedado ¿en qué? En nada, en el vacío y en la expresión de sus propias neuras, en el puro aburrimiento con que pasan sus tardes sin tener nada interesante de lo que escribir… Y de tal vaciedad escriben y escriben, rellenando líneas y líneas sin ningún objetivo concreto.

Son los poetas que yo llamo “poetas y poesía de la neura”, la propia de comienzos del siglo XXI, que además sólo tiene de poesía el nombre, pero que ha renunciado a lo que tradicionalmente se ha considerado propio de tal género.

¿Esa es la poesía que triunfa en la actualidad?

Sí, en eso ha desembocado el mundo cerrado del versolibrismo, como cabía esperar, puesto que antes había renunciado a comunicarse con el público. A expresar las neuras de sus autores, y nada más, su enorme cansancio de sí mismos, su vaciedad, sus manías y sus obsesiones, sin expresar nada más que sus vómitos poéticos.

Es natural que los lectores hayan salido corriendo del ámbito de la poesía y que se hayan quedado solos los autores, escribiendo sobre sí mismos, y lanzándose sus vómitos recíprocos, que sólo aplauden por amistad o por interés. No porque les guste lo que oyen o escriben.

¿Y cómo ha podido triunfar este tipo de poesía, si no cuenta con el apoyo del público?

Porque cuenta con el dinero público y con el apoyo oficial de las instituciones. Por edad, los poetas culturalistas o los de la neura han copado la composición de los Jurados de los premios literarios del Estado, de las Diputaciones y de los Ayuntamientos, y como el presupuesto público admite cualquier despilfarro, estos neurasténicos se dedican a premiarse los de unas provincias a los de otras, y viceversa –hoy por ti, mañana por mí-.

Con lo cual, el dinero de todos sirve para pagar sus regurgitaciones literarias. Bien regadas, eso sí, previamente, con caros caldos y con suculentos banquetes literarios en los mejores restaurantes de las diversas provincias, origen de todas esas arcadas, que posteriormente poetizan y se mandan.

Además, el nombre de estos premios, si no dan lectores, al menos sí dan un cierto prestigio en pequeños círculos literarios y en los medios culturales e informativos que deben hacerse eco de la concesión de tal o cual premio en tal o cual provincia o ayuntamiento.

De forma que entre el amiguismo de los premiados y el poco criterio de los medios informativos, cuyos redactores no tienen tiempo ni criterio suficiente para discernir lo bueno de lo malo, sigue creciendo el pequeño universo de este mundo cerrado.

No es muy halagüeño el panorama poético que presentas, Juan Pablo.

Es lo que hay en el mundo de los premios literarios, que a su vez es el que llega a la prensa. Pero que de poesía, en realidad, tiene muy poco.

Estoy convencido que lo que quedará de la poesía de nuestro tiempo será más bien Serrat o Joaquín Sabina, o cantautores más modestos como Fito y Fitipaldis, o Pablo Alborán, u otros que están emergiendo ahora, que no los poetas de la neura o que los viejos culturalistas con gafas de colorines y voz impostada. Aunque estos ganen provisionalmente los galardones literarios, los cantantes que acabo de citar son mayores y mejores poetas que ellos.

Lo que me dices es una paradoja muy curiosa

Posiblemente, pero considero que describe bastante bien la hora actual de la poesía española.

Ante semejante panorama, sólo cabe acordarse de Valle-Inclán, el cual, a través de Máximo Estrella, de Luces de Bohemia, nos dice: “¡Tengo el honor de no ser académico!” o de Miguel Hernández, que sólo recibió un premio literario en su vida -un certamen menor en Elche, al que concurrió siendo aún un muchacho-, experiencia que, después de ver la corrupción que reinaba en el mundillo literario, prometió no repetir.

Desde luego, yo prefiero por ejemplo a nuestro excelente poeta alcarreño José Antonio Suárez de Puga, con su sereno clasicismo expresivo, que a muchos de los que suenan y nos llegan a leernos sus poemas desde Madrid. Lo que también opino es que José Antonio se ha quedado en el soneto y en la métrica clásica sin más, sin innovar ni formal ni temática ni estróficamente. Y, en cambio, sí considero que hay camino por aquí para ir adelante y para llegar a nuevas vanguardias, desde lo clásico.

¿Qué se podría hacer para salir de ese desolador panorama que estás pintando?

Que se vuelva a la rima y a la métrica estrófica. Que la poesía vuelva a la poesía. E incluso que sea la poesía la que compita con la prosa para arrastrarla a su campo, de la forma que antes he dicho.

¿Es eso lo que pretende la estética del realismo simbólico que practicas?

Sí. A las nuevas generaciones de poetas de Guadalajara, y ya de paso, de allí donde lleguen estas palabras, les digo que usen e innoven las estrofas tradicionales y usen y lleven al límite esa peculiaridad poética que llamamos “rima”. Es el arma secreta de que dispone la poesía para ganar la batalla del lenguaje literario.

Ahí tienen la lira, por ejemplo, que eleva inmediatamente cualquier tema que se toca en ella a las alturas más asombrosas de lo etéreo, de lo elegante, sublime y elevado… Aunque no seamos genios, ni nos llamemos Garcilaso, fray Luis de León o San Juan de la Cruz, la lira hace ascender inevitablemente casi cuanto se escriba en ella a la cima de lo poético. La estrofa, he dicho, por sí misma. A poco contenido que se le ponga en su interior.

Y si quieren innovaciones métricas, pues ya las estamos comentando, que usen por ejemplo los “torrentes asonantados” que les permitirían contar historias bellamente, y, con muy poco esfuerzo, batir a los prosistas y llevarse el agrado del público. Incluso le propongo esta sencilla estrofa a cualquier novelista que quiera salirse de los caminos trillados por sus colegas.

Dentro de esas nuevas estrofas que aportas, ¿qué es una sonetina?

La sonetina es producto muy reciente, de finales de 2014, a consecuencia del cansancio que me produjo la composición de tantos sonetos durante el año. Es una innovación dentro del soneto.

Consiste en un soneto de arte menor, de ocho sílabas, lo cual no es una novedad. Hasta aquí es una variante que ya se había utilizado con anterioridad, sin mucho éxito, porque evidentemente no resiste la comparación con el soneto endecasílabo, el que aclimataron al idioma castellano el catalán Juan Boscán y el toledano Garcilaso de la Vega.

Pero la innovación que yo le he añadido al soneto de arte menor, y que le da nuevos bríos, sí conduce a una nueva estrofa y, en mi opinión, lleva de posibilidades. Para que sea una sonetina, yo adiciono, entre cada estrofa del soneto de arte menor, un estribillo de uno o dos versos, que varía ligeramente en su fondo en cada repetición, y que rima por sí mismo, en su forma, teniendo vida propia dentro del soneto corto, aunque manteniendo la unidad temática con ese soneto octosílabo del que forma parte. O, a veces, no, a veces es el contrapunto a lo que se está expresando en el soneto octosílabo.

En cualquier caso, la conjunción de una estrofa tan culta como el soneto, en su vertiente octosílaba, con la sencillez popular de los estribillos, normalmente, sentimentales, abre un mundo de posibilidades, a quien quiera explorarlas.

Esta novedad se usa ampliamente, por primera vez, en mi libro inicial de 2015, “España, mareas de tus tres mares”, donde se recogen muchos ejemplos de las sonetinas, entre otras estrofas.

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He aquí una muestra:

SONETINA DE LA ESTACA DE BARES

A Viveiro desde Foz
y hasta la estaca de Bares,
cuya espada corta mares
con tajo en roca. Feroz.

Es de España, esta hoz, la hoja del septentrión.

Mar y océano veloz
mudan aguas y cantares,
como vasos vasculares
filtran agua en ronca voz.

¡Dos sirenas, entonando una canción,
al zumo en dos mares le cambian timón!
¡Agua de sus tiestos truecan de balcón!

Roca gris de luz isleña
y espuma que al mar se adentra.
¡Cabo o jarcia tan pequeña!

¡Miran al oeste, al amapol del sol!
¡Mezcla limón el ocaso en un crisol!

Península breve que otra no encuentra
y es de la grande y adulta su enseña.
Diente, comiéndose mares, tu peña.

Estaca que luce y alumbra si hay sol
y, de noche, enciende tu Faro el farol.

¿Y qué es una “copla alcarreña”, y por qué este curioso nombre que seguro que sorprende a todos los alcarreños?

Una estrofa nueva, compuesta por dos redondillas con rima alterna (abba baab), lo cual produce una agradabilísima sensación de oleaje en flujo y reflujo marino o de brisa que viene y va.

Por eso la he bautizado como “octava ola”, “octava brisa” o como “copla alcarreña”, porque en tal estrofa están escritos los 4.500 versos del Poema “¿Dónde estáis los que solíais?”, que aparece intercalado entre los capítulos de la novela “Viaje por Guadalajara”.

Quiero llamar la atención a los poetas jóvenes de Guadalajara sobre la “copla alcarreña”… Seguro que todos habrán escrito alguna vez un romance, más o menos largo. Es la estrofa más natural para el oído castellano, y la que parece que se escribe sola, porque el grupo fónico en castellano (es decir el número de sílabas que se pronuncian entre dos golpes de voz, entre dos pausas, o entre dos respiraciones) tiende precisamente a las ocho sílabas.

Pues bien, la “copla alcarreña”, por su sencillez y sonoridad, es el equivalente en consonante al romance asonantado.

¿La “copla alcarreña u octava ola” es el equivalente en consonante al romance asonante?

Eso he dicho, sí. Así lo veo yo. Ambos son octosílabos y con una rima que va marcando el desarrollo del tema y ayuda a escribir la composición que aloja.

Sólo que, además, la alternancia de la rima va evocando ese “oleaje” que menciono. Imagínese la musicalidad que se alcanza con esta estrofa. Es muy apta para expresar cuestiones alegres, amorosas o paisajísticas (yo, de hecho, preparo un libro para 2015 sobre paisajes de Guadalajara, escrito en “olas alcarreñas”), pero también para expresar las cuestiones más profundas: ese largo poema filosófico que es “¿Dónde estáis los que solíais?” va escrito también en esta estrofa.

Y también, como el romance, ayuda al autor. La primera parte de la estrofa ya está pidiendo ser completada por la segunda, y dando las pautas para ello. Y así, eslabón a eslabón, se llega muy lejos en la cadena del verso…

Yo, desde luego, no hubiera podido alcanzar los 4.500 versos consonantes de “¿Dónde estáis los que solíais?”, de no ser por la facilidad deslizante de la “copla alcarreña”.

Pensemos que el “Poema del Cid” tiene 3735 versos asonantes, las “Coplas” de Jorge Manrique por la muerte de su padre, 480, y el Libro de Buen Amor, 7000 versos. Yo conseguí escribir esos 4.500 versos en un mes, durante el pasado septiembre, precisamente por el ritmo rápido que imponen las “octavas olas”.

Y logré tratar en ellas los principales motivos literarios universales: la fugacidad de las cosas, el paso imparable del tiempo, la vida como camino que no conoce destino concreto y en el que se van sucediendo las etapas, la esperanza como equipaje imprescindible en nuestro discurrir por la vida, la búsqueda constante de un silencioso Dios, la necesaria presencia en nuestra vida de valores como la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza o la Templanza, el significado de las iglesias, el dinero y su presencia en un mundo convulso como es el siglo XXI, etc. Repito, en un mes. ¿Por qué? Por las coplas alcarreñas. El que quiera entender lo que acabo de decir, que lo entienda y se aproveche de esta estrofa.

¿Puedes poner un ejemplo de “copla alcarreña”?

Citaré el inicio de “¿Dónde estáis los que solíais?”, para no quebrarnos la cabeza buscando otras muestras:

Ahora que va trenzando
otoño en mí ya sus días
van estas memorias mías
regiones de ayer andando.

¿Dónde estáis los que solíais
ir conmigo caminando
si ahora os estoy buscando
y conmigo no veníais?

¿Dónde estáis, mi compañía,
los que ibais entre mis huellas
si cuento ya más estrellas
que en el firmamento había?

¿Dónde estáis, si entre las bellas
efigies que yo tenía,
motas de sombra sombría
a su belleza hacen mellas?
De lejanía.

Han partido vuestras velas
navegando entre las olas
y se van quedando a solas
y atrás las blancas estelas.

Noto aún las banderolas,
gallardetes en las telas,
galanas escarapelas:
refulgen sus aureolas.

Mas somos naves viajeras
nuestros caminos cruzamos,
al pasar nos saludamos,
se alejan luego banderas.

Imposible que queramos
tornar a antiguas riberas,
las olas se van ligeras;
lo que fue, ya no lo hallamos.
Aunque queramos.

En tu libro “Guadalajara, te doy mi palabra” aparecen poemas dedicados al palacio del Infantado, al fuerte de San Francisco, al panteón de la duquesa de Sevillano, y, dando inicio a sus páginas, en forma de seguidillas, un largo canto a los ríos y las serranías de Guadalajara ¿qué intención te guía al hacer estos cantos?

¿Te refieres a las “Seguidillas de los ríos y sierras de Guadalajara” que es el poema inicial y casi la mitad del libro “Guadalajara, te doy mi palabra”…? Pues simplemente quise citar exhaustivamente, en verso, los ríos y las sierras de Guadalajara, que son muchos y muchas.

¿Y por qué ese interés por nuestros ríos y sierras?

Quería mostrar la falsedad de ese atroz sambenito paisajístico que nos colgó Antonio Machado a Castilla y a los castellanos, según el cual los castellanos no tenemos “danzas ni canciones”, como corresponde a un pueblo de “atónitos palurdos”, ni tampoco tenemos “regatos ni arboledas”.

A contradecirle en lo primero, dediqué varios poemas del libro y, sobre todo, elegí una de las estrofas básicas de la música popular castellana, la “seguidilla” (que, por cierto, es la que da origen a “las sevillanas” como, al parecer, no sabía o no quiso saber el hijo y hermano de grandes folkloristas que tuvo por nombre Antonio Machado Ruiz).

Y para desmentirle en lo segundo, me puse a recopilar en un mapa todas las sierras y todos los ríos de una sola provincia, la de Guadalajara, cosa nada fácil, dado el número de las mismas y de los mismos.

Conté con la ayuda de dos personas que conocen a la perfección la provincia. Mi amigo César Gonzalo Gayo, que se lleva empapando de todos los rincones de la provincia desde su más tierna infancia y el reconocido etnólogo provincial, José Ramón López de los Mozos, que me completaron datos, nombres y cursos fluviales.

El resultado fueron 300 versos en sonoras seguidillas, llenos de ríos escarpados que van tallando feroces rocas o gratísimos remansos de agua en risueña paz, afluentes de montaña, arroyos de llanura, regatos de vega, riachos que caen por peñascos, cascadas que se despeñan desde los 2000 metros de altura, embalses amenísimos, vegetaciones frondosas y variadas, bosques espectaculares, valles verdes muy gratos, e, históricamente, troncos bajando por los ríos en maderadas, para quien quiera enterarse de la verdad sobre Castilla, Antonio Machado Ruiz incluido.

No es mal propósito para una composición poética, ciertamente.

Espero que don Antonio, en el cielo de los buenos en el que sin duda estará, y los machadianos, que se han creído el lamentable error paisajístico que ensalzó su ídolo -con mucha calidad literaria, eso sí hay que admitirlo-, rectifiquen cuanto antes y modifiquen la desastrosa imagen machadiana de Castilla que tanto daño nos ha hecho.

¿Puedes citar algún verso de esas “Seguidillas de los ríos y Sierras de Guadalajara”, que yo he recitado en Televisión y que, efectivamente, a mí su lectura me emociona?

Sí, claro. Allí va su arranque. Pero recordemos que son 900 versos y que, en mi opinión, lo bueno empieza luego, conforme avanza el recorrido por todos los parajes, pueblos y espacios de la provincia:

¡Para mi sed de amarte
bastan tus aguas,
que alzo por tu estandarte,
Guadalajara!

¡Tajuña, Tajo, Henares,
Jarama en ramas,
helecho, hierba, boscaje
su agua os derraman!

Hacia el río Ebro alguno
raudo progresa,
por abismos profundos
del Piedra y Mesa.

Sierra de Caldereros
tal cosa tiene,
que divide viajeros
lechos y nieves.

También ríos del norte
aman al Duero,
el Parado da el corte
y el Aguisejo.

En la Sierra de Pela
mana el atajo
que al Duero interpela,
tal como al Tajo.

Pero los cursos grandes,
propios de Alcarria,
a su acuático padre
Tajo lo llaman.

Saetas que hacia ocaso
vuelan hermanas,
Tajuña, Henares, Tajo,
más el Jarama.

¡Tajuña, Tajo, Henares,
Jarama en ramas,
helecho, hierba, boscaje
su agua os derraman!

Sois los racimos de uvas
de mosto verde,
pues florestas en cubas
su hierba os vierten.

¿En qué consiste esa imagen machadiana tópica de Castilla a la que aludes y que tanto rechazas?

En lo que se entiende por Castilla, desdichadamente, a causa de la nefasta -para nosotros, los castellanos- Generación del 98. Dentro de Castilla y más aún fuera de ella.

En una Castilla desazonadoramente y desmoralizantemente parda, seca, llana y desarbolada (a lo sumo un árbol, solitario y en invierno, es decir, deshojado: ni siquiera dos árboles juntos, ni en primavera, que eso ya no sería Castilla para los machadianos. Y si puede ser un árbol seco, hendido por el rayo y, en su mitad, podrido, mejor), amén de sosa y falta de cantos, que nos endosó Machado, la cual imagen ha suplantado totalmente a la Castilla real, con grave prejuicio para nuestra autoestima y para el conocimiento de Castilla por los foráneos.

¿Cómo es posible que se haya extendido tanto esa imagen literaria de Castilla?

Los españoles llevamos 90 años siendo educados por la escuela en la Castilla brillantemente falseada, pero a la vez tristemente (como era él) cantada por Machado. Y eso ocurre, aunque no se lea Machado… Es la visión que todo el profesorado de Literatura viene trasmitiendo de Castilla desde entonces a los jóvenes educandos, que quedan impregnados de ella desde sus años más infantiles…

Y, además, por si fuera poco, Machado sí acaba siendo el único poeta al que terminarán por leer todos los alumnos de las Enseñanzas Medias…

Hasta el más díscolo, revoltoso y ágrafo escolar de España, al final, deja el Instituto habiendo ojeado al menos ese bonito horror que se llama “Campos de Castilla”, del cual libro casi un tercio está ocupado por ese espanto anticastellano que se titula “La Tierra de Álvar González”.

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“Bonito horror”, “espanto anticastellano”, ¿no estás siendo injusto con Antonio Machado?

No. Ya en 1983 escribí un libro de ensayo, “Las raíces de un pueblo”, sosteniendo que el poeta castellano del siglo XX era Gerardo Diego, no Antonio Machado. Y allí lo argumento debidamente.

Machado es una cumbre de la poesía, pero un pésimo cantor y captor de lo castellano. Hay que tener animadversión hacia Castilla y los castellanos para escribir ese largo romance –de no mucha calidad literaria, dicho sea de paso- que se titula “La Tierra de Álvar González” y mucho cerrilismo poético y sociológico, o afinidad política ciega, para recomendarlo a los pobres alumnos inmaduros y sin defensas críticas ante semejante aquelarre de injusticia e inquina sobre la presunta forma de ser de los castellanos. Cuando lo que se está contando es un atroz parricidio, en una tierra tan “amada” que se califica de entrada como cainita.

¡La mayor parte de “Campos de Castilla” debía ser penada con la indiferencia por parte de los castellanos, y en cambio ha sido sacralizada y elevada al altar de la quintaesencia poética de Castilla! , aunque ahora no tengo tiempo de probar más detenidamente lo que digo.

Pero Machado fue declarado hijo de adoptivo de Soria, veinte años después, en cuanto llegó la República, en cuyo discurso de aceptación volvió a verter sobre Soria hermosas palabras descorazonadoras, “bonitos horrores” insisto, que, supongo, serían aplaudidas por la concurrencia.

¿Has leído el discurso de aceptación de Machado en su nombramiento como hijo adoptivo de Soria?

Sí, en internet, es fácil encontrarlo. El poeta volvió a decir que Soria no tiene grandes cosas ni bellezas ni atractivos naturales ni artificiales, pero sí mucha alma. ¡Caramba con el cantor de Castilla, qué forma de cantarnos!

La tormenta perfecta para echarse a llorar en cuanto se oye la palabra “Castilla”, para salir por piernas de una tierra así, en cuanto se pueda, y que encima viene de quien presuntamente mejor la ha captado. Para qué quieren más los adversarios de Castilla, que también existen, si el poeta de Castilla dice semejantes tropelías sobre nosotros, y la muy generosa Castilla, que no “miserable” como nuestro muy amante amigo nos impreca, se lo premia con los más altos honores.

Pero el poema tuyo al que te estás refiriendo tiene más de los 300 versos, que es la cifra que has dado. Ocupa exactamente la mitad del libro “Guadalajara, te doy mi palabra”.

Sí. Cuando me harté de citar ríos, montañas, bosques y especies arbóreas de Guadalajara, llevaba 300 versos… Hasta ahí era puro realismo descriptivo en unas seguidillas muy sonoras y cantarinas. Pero creo que fue entonces cuando empezó a cuajar la idea del “realismo simbólico”. Le añadí al poema 600 versos más, hasta llegar a los 900, a las cuarenta páginas del libro.

¿Y cómo lo hiciste, si ya estaban citados todos los parajes que había que citar?

Pues añadiéndole una treintena de personajes históricos de la provincia de Guadalajara, cada uno en su punto geográfico oportuno o desplazándose por la provincia, muy dinámicamente.

A la vez, cada figura histórica está haciendo la actividad que le sea más adecuada: cazar con halcón, cruzar montes escarpados, intentar escapar de serranas rudas o perseguir pastoriles encantos femeninos que viven en las sierras (Machado se hubiera quedado bizco de picardía y alegría, si se le llega ocurrir citar una Castilla así), montar a caballo por prados y riberas, partir o regresar de alguna guerra o de algún viaje a la Italia renacentista, pintar pinturas prehistóricas, edificar iglesias y catedrales, guiar maderadas por el Alto Tajo, escribir libros, poemas juglarescos u obras de teatro antiguas y contemporáneas, tocar la guitarra, viajar por la Alcarria…

El resultado final es un Poema cercano a los 900 versos que componen una especie de Retablo alcarreño en verso. Realismo simbólico. Muy realista y muy simbólico.

Pondré el pasaje en que se habla de las serranillas del marqués de Santillana:

Distinta Íñigo López,
de Santillana,
cruzando sus estados
halló serrana.

En viaje hacia Buitrago
y hacia el Lozoya,
el marqués montes sube
donde Berzosa.

Al pie de gran montaña
vaquera hermosa
vacas guarda en cabaña,
¡y tan graciosa!

Y a fe que si el marqués
busca venado,
por tal caza después
fue bien pagado.

Esta sí dulce y grata
fue pastorela
que aún, según relata,
le ronda y vuela.

¡Dios, qué hermosos salís,
veneros de agua,
es la tierra a que venís
afortunada!

Es un pasaje hermoso, Juan Pablo, aunque otros que he leído del libro me gustan más. Y, desde luego, yo sí reconozco esta Castilla y esta Guadalajara que me citas.

He tenido la satisfacción de haberme encontrado con varios profesores de Literatura de Enseñanzas Medias que me dicen que a esta Guadalajara y a esta Castilla ellos sí la reconocen, y que efectivamente no saben de dónde se sacó Machado su Castilla (pues de su propio pesimismo vital, ¿de dónde la va a sacar?).

Ahora es cuestión de que las autoridades de cultura y de turismo de Guadalajara y de la Diputación, o las autoridades regionales, decidan si quieren seguir fomentando la Anticastilla triste de Machado o ese pequeño y económico librito que se titula “Guadalajara, te doy mi palabra”.

Pero creo que no estaría de más, para la correcta interpretación y valoración de la provincia que repartieran algunos ejemplares por los Centros Educativos. Bastantes profesores de Literatura y muchos alumnos creo que saldrían ganando en su afecto hacia la tierra con ese cambio de imagen. La verdad, Castilla, Guadalajara y los paisajes alcarreños, se lo agradecerán. Que hablen con Aache Ediciones, que es la editora del libro.

En “Castilla, este canto es tu canto” pregonas tu amor a la nación castellana, que es la de muchos que en ella vivimos ¿Qué futuro le vaticinas a Castilla, a su literatura, a sus gentes?

Lo de “nación” castellana lo dices tú, Antonio, que de estas cosas históricas sabes mucho más que yo, sin duda. Yo, escribí en la temprana fecha de abril de 1980 un libro titulado ni más ni menos que “El nacionalismo: una última oportunidad para Castilla”, pero partía del hecho constitucional de que Castilla, entre “nacionalidad y región”, no podía ser lo segundo, en mi opinión, sino la más clara de las primeras o, para no ser presuntuosos, tan clara como la más clara de las primeras: de ahí el título del libro.

Esa era la idea que compartía también Miguel Delibes, por ejemplo, el cual tuvo la amabilidad de hablar muy positivamente de aquel libro en Televisión, en el programa “Esta es mi tierra”, en el capítulo dedicado a Valladolid.

Después me comentó particularmente, por correo, que tenía aquel libro en su mesa camilla, y que lo leía con asiduidad.

¿Así que conoció Miguel Delibes aquel primer libro tuyo inicial?

Sí. Hasta me escribió un pequeño prólogo para la segunda edición del libro que, después, nunca vio la luz, porque quebró la Editorial que lo había sacado, Prialsa (Promotora de Informaciones Alcarreñas), y el proyecto de segunda edición pasó a mejor vida.

¿Y qué consecuencias tuvo aquel libro tuyo, escrito en tan temprana fecha y con un título tan nítido y tan clamoroso?

Pues aquel libro siguió circulando por toda Castilla y entre los emigrantes castellanos de Barcelona, de Valencia, de Bilbao, etc., durante los años 80. Y, de hecho, sigue circulando en nuestros días. Cuando se agotaron los 2000 ejemplares de su tirada, fue fotocopiado, pasando de mano en mano. Por otra parte, a raíz del libro se fundaron varias asociaciones castellanistas reivindicativas y hasta varios partidos políticos que lo asumieron como uno de los textos fundacionales del partido.

Un éxito personal, por tanto, aquel libro.

Imagínate lo que fue para un muchacho de veintipocos años, como era yo entonces, verse exaltado a líder fundacional del castellanismo, al mismo nivel que Claudio Sánchez Albornoz, que entonces efectuaba sus proclamas públicas, desde Buenos Aires, a favor de una Castilla unida.

Unida con León, por supuesto (“no hay ninguna diferencia relevante en toda la Cuenca del Duero español, ¡maldición eterna a los que se opongan a la unión de Castilla y León!”), pero sobre todo por una Castilla unida consigo misma, que llegara desde Santander hasta Puertollano.

Aún recuerdo las palabras de don Claudio (“¡Desde La Montaña de Castilla hasta Sierra Morena, somos el mismo pueblo histórico. Unidos, los castellanos contaremos en España y podremos defender nuestros intereses; divididos seremos irrelevantes y les pueblos periféricos nos arrinconarán!”). Esta era también mi tesis y lo que la Historia, el sentido común y la conveniencia de Castilla y hasta la de España índica.

Pero ya te digo que lo de Castilla “nación” al menos en su sentido político, me resulta ajeno, ni entro ni salgo. Soy refractario a la política. Ahora bien, desde el punto de vista sentimental, emocional, afectivo, cultural o lingüístico, claro que Castilla es mi nación, ¿de dónde voy a ser, si no?

De manera que sentimentalmente y culturalmente, ¿sí te consideras miembro de la “nación” castellana?

Te contaré una anécdota, Antonio, que indica hasta qué punto llevo arraigada Castilla en mi corazón. Yo, hasta los siete años fui un niño que iba a la escuela en Tórtola de Henares, que se bañaba en el río Henares (adonde me llevaban en moto, cuando yo tenía 4 o 5 años, mi amigo Adolfo y su padre, el conductor de la moto, siendo yo el bocadillo que iba en medio de la cabalgadura) y que trenzaba juncos junto al río o el arroyo del pueblo, muy cerca de la escuela (quizá por influencia de los esparteros y esparteras de Tórtola, muy afamados)…Pero no sabía lo que era ser castellano, nadie me lo había explicado –como a ninguno de nosotros: y así seguimos y así nos luce el pelo-.

¿Y qué cambio se produjo a los siete años?

Pues a los siete años fui trasplantado de tierra, mi familia emigró a Valencia –tierra por la que tengo el mayor de los afectos: allí hice mis primeros verdaderos amigos, estudié el Bachillerato, inicié la Universidad, y hasta me eché mi primera novia-, aunque también vi que éramos distintos…

¿Qué diferencias apreciaste?

Yo tenía mi mente predispuesta a los romances –que entonces supe que eran castellanos-, al Poema del Cid y a los restantes cantares de gesta –que entonces alguien (el profesor de Literatura del Bachillerato) me explicó que eran castellanos, más que genéricamente españoles-, a Lope de Vega, a Cervantes, al Lazarillo, a Cervantes… genios de una constelación de arte llamada Castilla, y que ésta estaba llena de catedrales, de palacios, de monasterios, de maravillas góticas y románicas, etc.

Claro está que en Valencia también nos explicaban, porque allí sí se cuidaba el valencianismo, quiénes eran Ausias March, Wenceslao Querol o Vicente Blasco Ibáñez (que es posible que sea uno de los mejores novelistas en castellano, por debajo de Cervantes y pocos más), pero desde luego su temática y sus referencias culturales me eran completamente ajenas.

¿Tu vinculación con Castilla ya era entonces de tipo cultural, por tanto?

Sí y empezó a ser una vinculación cada vez más estrecha. Hasta el punto de que en un viaje que hice con doce o trece años a Guadalajara, aproveché un momento, en que ya casi regresábamos a Valencia, para recoger unos simples terrones de tierra seca por el calor de agosto, meterlos en una bolsa de plástico y llevármela conmigo a mi casa, donde la guardé con mucho afecto en el fondo del armario de mi habitación.

De vez en cuando la miraba y hasta les decía a mis amigos. “Chavales, muy bonito esto de Valencia, el arroz, las tracas, las fallas y la Virgen de los Desamparados, pero ésta es mi tierra”. Y les enseñaba el contenido de la bolsa de plástico.

Es una escena preciosa, verdaderamente representativa de un amor muy grande a una tierra.

Y a una cultura. La pena es que estoy seguro de que a ninguno a los escolares que se quedaron aquí les explicaron que todo lo que estaban aprendiendo en el Bachillerato era eso precisamente… el castellanismo cultural, la obra que Castilla se había dado a sí misma y, también, por la importancia de los logros obtenidos, la aportación de Castilla al mundo.

Aquí todas esas cumbres se presentaban como cumbres españolas, genéricamente, como caídas directamente desde el cielo, sin pasar por ninguna tierra concreta: la nuestra, precisamente. Así que ser castellano o no, para quienes habían quedado aquí, era o una cosa desconocida o una cosa aparentemente irrelevante.

Sí, aquí la educación que recibíamos es la que tú estás diciendo.

De manera que ningún coetáneo mío, de los que se quedaron en Guadalajara, se enteró jamás, por vía de la escuela, de lo que es Castilla y lo mucho que lo castellano ha aportado a la cultura universal. Y si hubo algún caso aislado fue a título personal, no por mérito del sistema educativo.

En este sentido, la educación bajo los tiempos de Franco –que es la época a la que me estoy refiriendo- nos ocultó más a los castellanos que a los pueblos periféricos. Y, por añadidura, los planes de estudio bajo la democracia no han subsanado ese error entre los castellanos… Castilla sigue siendo la gran desconocida, mentalmente, para los castellanos de entonces y de ahora.

Ya te digo que estoy muy contento de haberle podido devolver a Castilla lo que ella me ha dado desde niño, en el libro “Castilla, este canto es tu canto”. Este libro es el que a mí me hubiera entusiasmado leer cuando estudiaba el Bachillerato o cuando buscaba mi identidad cultural, a los veinte años, y también en la Universidad. Yo no tuve esa suerte que ahora puede tener quien lo lea.

¿Y qué futuro vaticinas a Castilla?

El que decida la élite que nos gobierna, desde el comienzo de los tiempos. La pirámide del poder es verticalista y no ha variado desde la época de los egipcios, como poco.

Todos los presuntos cambios políticos desde entonces son nominales, movimientos superficiales que afectan al oleaje de superficie, que es lo que vemos, pero que no han modificado el mar de fondo del poder político.

Es muy fuerte lo que estás diciendo…

Sé que sonará extraño lo que voy a decir, pero considero falsas las edades históricas y las presuntas revoluciones, incluida la francesa.

Todas las revoluciones involucionan casi inmediatamente hacia un sistema esencialmente idéntico al anterior: cambian las propagandas que se lanzan sobre las poblaciones (o quizá ni esto, porque siempre se habla de libertad y de justicia y de igualdad, que ya muy pronto, esta vez sí, van a venir: pero resulta que nunca llegan esas señoras o virtudes).

Es un “Esperando a Godot”, de Samuel Beckett, continuo lo que estás describiendo…

Así es, Antonio, y Godot no llega nunca… Esa es la historia de las promesas políticas y quizá también de las religiosas, pero no quiero entrar ahora en esos berenjenales.

Lo que sí digo es que, aunque cada régimen político promete en su frontispicio inicial que promoverá la llegada de la Justicia, de la Igualdad y de la Libertad… luego, en la realidad, cambian las constituciones y las leyes que se fingen y que se aplican sobre la gente, pero que el poder se salta en su provecho siempre que quiere: manda la élite, eternamente, desde arriba, y hace su santa voluntad, con más o menos formalidades legales que sortear.

Así ha sido, desde que el mundo es mundo. Igual.

Y eso de que no crees en las edades históricas…

Desde luego, no creo que exista nada que merezca ser llamado “Edad Contemporánea”, quizá algún día la haya, pero no ha empezado. En el Despotismo Ilustrado terminó la evolución política, si queremos decirlo así. “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, y hasta la primera parte del aforismo es falsa: para el pueblo sólo lo que la oligarquía política decide dejarle generosamente, por mera deferencia, después de haberse saciado a sí misma en cuanto le place.

Pero, ¿mandar? La élite. El ciudadano no pinta nada, aunque ya no nos llamen súbditos, lo somos. Y ellos no se avergüenzan siquiera de seguirse llamando “señorías”, como en la Edad Media. Basta con escuchar que se siguen llamando “señorías”, con todo desparpajo, para no querer participar en su comedia política.

¿Llamas comedia política a la política?

Lo que digo es que, en un sistema con señorías, o se es “señoría política” o se va uno a su casa. No me parece inteligente quedarse en medio, haciendo bulto.

Lo que no se puede es participar en un sistema así, donde lo único que te dejan ser es votante deponente, que dimite de todo su poder el día de la “fiesta de la democracia”, y ya no vuelven a contar con él hasta que dentro de cuatro años, le vuelvan a decir: véngase usted a dimitir de nuevo ante la urna, porque después los elegidos ya haremos lo que nos dé la gana.

Y además, mire usted: ante sus propias narices nos ciscamos en el programa electoral y lo rompemos aquí mismo, para que no le quepa duda de que los aristócratas de la política haremos lo que queramos, si queremos, empezando por subirnos el sueldo, las dietas, las pensiones máximas y las prebendas más altas que podamos, que en esto sí vamos a estar de acuerdo todos los cargos electos, seamos del partido que sea.

¿Te refieres a lo que ahora se ha puesto de moda llamar la “casta”?

La casta, la élite, la oligarquía, los aristos griegos y actuales, la aristocracia medieval, moderna y contemporánea de la política, los barones dueños de sus feudos políticos, los caciques del XIX y del XX, como nuestro querido Romanones, los magistrados romanos tan por encima del pueblo como los actuales, los emperadores de todo tiempo tan aforados como los reyes o los presidentes de Repúblicas actuales, la nomenclatura socialista o comunista de cualquier tiempo, desde la URSS a la China o a la Corea de hoy en día, a los Papas o Popes teocráticos vigentes, a los cardenales políticos o religiosos… que sólo acatan al Altísimo o a los altísimos tribunales que desinan ellos mismos…

Me refiero a los que detentan el poder, e involucran a los pobres ciudadanos para que riñan entre sí por motivos políticos, cuando lo que intentan los líderes es situarse sobre los ciudadanos, todo ellos.

Siempre mandan los mismos: los de arriba e imponen su dominio, su voluntad y sus impuestos económicos, religiosos e ideológicos a la plebe, que los soporta económicamente. Aunque ahora nos llamen falsamente “pueblo soberano”, somos la plebe eterna, en realidad. Cada uno de los ciudadanos somos “Soberano don Nadie”, que es el título de mi primera novela publicada, en el año 2006, y que ya sustentaba esta tesis.

Desde luego, a lo que no me refiero es a ningún partido reciente, ni a ningún líder con coleta, que lo único que quiere es ser más “casta” de lo que ya es, convertirse en un arribista (en los dos sentidos de la palabra) que ascienda cuanto pueda en la casta a la que aspira y a la que ya pertenece.

¿No crees en la división de poderes, que es la base de nuestro mundo contemporáneo?

En España, desde luego, no. El poder no tiene verdaderos controles, y ni siquiera se esfuerza apenas en ocultarlo. Basta con ver lo que está pasando en nuestro país. Lo que ya todos sabíamos y veíamos, pero que ahora está llevando a algún dirigente menor a la cárcel, porque el hedor ya era irrespirable y la situación desesperada de millones de conciudadanos no permitía tanta desvergüenza en los órganos que, presuntamente, debían atajar este saqueo de los bienes públicos.

Pero la élite manda siempre, en todos los países, porque el sistema político, desde el Imperio Romano hasta aquí, es verticalista.

Tú escribiste un libro titulado “La democracia real” donde ya tocabas estos asuntos, ¿no es así?

Sí, en el año 2004. Es decir, no son tesis seguidistas u oportunistas de los actuales movimientos que hablan de estas materias en los últimos años. El libro está escrito diez años antes, y circuló mucho por las librerías y bibliotecas universitarias de las Facultades de Madrid, por lo que a lo mejor se da el fenómeno contrario, que estos líderes se han empapado de alguna de mis tesis.

Pero estos movimientos, al menos los que más están sonando mediáticamente, no van a lo esencial del tema. Son también verticalistas, quieren constituirse en casta cuanto antes. Se quedan muy cortos en las soluciones que aportan para romper el sistema de élites. Pienso que no quieren romperlo, quieren integrarse más aún en la élite, y si para eso tienen que generar caos, violencia u ocasionar muertes –en algún caso-, pues no les importa.

La solución verdadera está apuntada en el subtítulo del libro al que aludes: “Hacia el final del Estado totalizador de lo público”, y de esto no les he oído hablar, porque efectivamente, sí sería la ruptura del sistema de castas o élites.

¿A qué te refieres?

El Estado, ya tenga dos, tres o treintaiséis poderes nominales, tiende a compactarse en uno solo frente a los ciudadanos o súbditos, desposeídos de todo poder real… Por ello, es necesario que el verdadero contrapoder o contrapeso de los poderes del Estado venga y actúe desde fuera de él. Desde la Sociedad, con mayúscula, para equipararla y ponerla al mismo nivel ortográfico que el Estado.

Es necesario lo que yo llamo el Poder Social, estructurado orgánicamente –no asambleariamente, ojo- y dotado de las facultades bastantes para supervisar a cualquiera de los otros tres, y desde luego al Ejecutivo y al Legislativo.

Lo que se nos presenta como el no va más del pensamiento político mundial: Montesquieu y la Revolución francesa, sólo consiguieron separar en tres élites la élite dominante (que además sólo se separan aparencialmente), no dar ningún poder real al pueblo, tan despojado hoy de potestades efectivas como bajo Octavio Augusto, por citar un nombre.

¿Te das cuenta de que estás yendo más allá de Montesquieu?

Yo sólo digo que el Poder, para ser democrático, debe separarse no sólo y de verdad entre sí, sino también dentro de sí, impidiendo que se compacten las tres élites en su interior y luego también entre ellas, volviendo a la situación de un poder absoluto sobre la población de la que habíamos partido.

Y que eso sólo puede conseguirse mediante un Cuarto Poder, el Poder Social, estructurado, distinto y superior, llegado el caso a los otros tres, y desde luego al Ejecutivo y al Legislativo. Y además no sería caro, que sería la única objeción que se me ocurre; al contrario, sería la única forma de luchar eficazmente contra la corrupción, y por lo tanto muy rentable para la ciudadanía. De otra forma, la corrupción es casi consustancial a todo verticalismo.

¿Cómo se alcanzaría ese Cuarto Poder que propugnas?

No es cuestión de entrar aquí en más detalles, porque “La democracia real” es un enorme tocho de 500 páginas. Sí convendría citar que las ideas principales las he puesto en verso en 2014, en un poema que se titula “Señora Castillesquieu”, que aparece también en “Castilla, este canto es tu canto. Parte I”.

Está al alcance de quien abra ese libro, en un poema que me dicen es muy sonoro y bello, aunque a mí no me lo parece, en comparación con los poemas que tiene a su alrededor en tal libro.

¿Explícame, al menos, cómo llegaste a configurar ese Cuarto Poder del que hablas?

Mirando a Castilla, mirándonos hacia dentro. Porque resulta que la solución (de futuro) ya está apuntada en el acervo cultural de este sorprendente y desconocido pueblo que es el castellano.

Para la Castilla histórica: el mandado imperativo mediante el voto vinculante al representante no es una novedad, sino lo lógico. Como sabes mejor que yo, era lo que venía forzado a obedecer el procurador de las ciudades que acudía a las Cortes de Castilla. Y eso, traducido a nuestros días, significa que el programa electoral se cumpla o el Poder Social destituya al representante desleal.

Bien, pues en nuestros “contemporáneos” tiempos aún no hemos llegado al punto básico de la democracia en nuestras Comunidades de Villa y Tierra y que, además, es lo primero que aprende todo hombre de bien: que las promesas están para cumplirse, que el representante tiene que cumplir lo que le encargó el representado. Que los programas electorales deberían ser vinculantes o estamos ante una farsa.

No voy a decir si pienso que el sistema actual es una farsa o no. Porque la respuesta ya la sabe toda aquella persona que haya seguido el razonamiento.

Por otra parte, sería necesario un mecanismo para revocar al mandatario que no cumpliera con sus obligaciones. Así, más otra serie de cosas semejantes, ya empezaría a romperse la aristocracia, élite o casta que nos gobierna.

En cambio, sin esto, seguirá existiendo casta. Y quizá más dura que la actual, la casta de extrema izquierda, que es la que representa el señor de la coleta, y que siempre ha sido la nomenclatura verticalista más fuerte de las que se han conocido hasta la fecha.

Y entonces, en concreto, ¿qué futuro le ves a Castilla?

Ya digo. El que decida la élite o minoría que nos gobierna. La élite decidió en los años 80 partir a Castilla en cinco comunidades, y cinco Castillas ha habido.

Recuerdo una anécdota de aquellos días. Se cuenta que Enrique Tierno Galván dormitaba en los escaños del Congreso y vinieron a despertarle diciendo: “Enrique, despiértate, que tenemos que votar el Estatuto de Autonomía de La Rioja”, a lo que Enrique Tierno Galván, abriendo un poco los ojos, replicó: “¿De verdad?”.

Pero votó a favor. Y eso que Tierno Galván era un madrileño con raíces en Soria, y con verdadero afecto sentimental por Castilla. Pero la élite había decidido pasar por encima de Tierno Galván y de Castilla y vaya si pasó.

La élite, siempre la élite, o la casta o el sistema…

Sí, quien se oculte bajo el nombre de la “élite” -que no sé quién es o qué es- decidió que Castilla saltara hecha añicos y Tierno Galván obedeció, y todos nosotros detrás. Por eso, si mañana la élite decide que vuelva a unirse toda Castilla, pues Castilla volverá a brillar entre los pueblos de España.

Y entonces hasta alguna editorial, o el Departamento responsable de cultura de esa Castilla, estará encantado en publicar la segunda edición de “El nacionalismo: una última oportunidad para Castilla”, con prólogo inédito de Miguel Delibes -bueno, esto sólo si estoy vivo y me lo piden- y repartirlo por cada centro educativo de la Nacionalidad castellana o como quieran llamarla.

Allí se podrá leer de nuevo el grotesco modo en que la aristocracia política de los años de la Transición decidió destruir la unidad de Castilla, sin que eso fuese conveniente para los castellanos, ni nadie, ni siquiera quienes lo votaron, comprendiera por qué lo hacía. Y la vibrante prosa con que, creo, escribí aquel libro juvenil.

¿No hay forma de conseguir nada provechoso para la unidad de Castilla en estos momentos?

¡Ya lo creo que sí! Repito: lo que la élite quiera hacer, se hace. Mañana mismo, si lo desea. Y sin necesidad de cambiar ninguna norma constitucional ni artículo de Estatuto de Autonomía.

Sólo con que el poder fáctico, en conjunto, lo impulse. O la élite de un solo partido, allí donde gobierne. ¿Qué problema habría en convocar mañana mismo un Festival de la Canción Castellana, que invitase a representantes de las cinco comunidades autónomas castellanas, con un sentido plenamente reivindicativo, sin tapujos ni rodeos, y con el apoyo institucional que hiciera falta?

Ninguno. Además sería un éxito para la ciudad que lo convocase. Por participación, por repercusión mediática, por turismo y por publicidad para ese pueblo o ciudad. Que lo convoque mañana mismo Guadalajara, si quiere. A lo mejor, la casta que manda en Madrid y en España –sea quien sea- tiene un día tonto y lo permite. Y por ahí nos vuelve a todos Castilla de golpe, que tiene mucho que ofrecer.

Pues no estaría mal, ciertamente.

Además, se subsanaría una injusticia histórica, cada vez más evidente. O que Guadalajara convoque una competición deportiva, o un certamen de pintura o literario, por decir cosas muy sencillas, de carácter abiertamente castellanista.

O que se organice una lectura pública del Poema de Mío Cid, por parte de representantes de Castilla Norte y de Castilla Sur. O tantas otras cosas, que algún día, cuando Castilla vuelva, se harán.

En Guadalajara, ya hubo iniciativas muy interesantes desde el punto de vista castellano. Por ejemplo, el concejal Jesús Orea hizo un parque del rollo jurisdiccional castellano y levantó un muy bello ejemplar del mismo. Si en lugar de tener una altura de 3 ó 4 metros, erige uno de 30, hoy sería uno de los símbolos más significativos de la ciudad. Y el día que pongan uno de 30 metros en el Pico del Águila, en la Peña Hueva, o en cualquier monte cercano a la N-II, donde no se causen problemas ecológicos, se enterarán de la existencia de Guadalajara todos los que pasen por la autovía, y se detendrán a verlo –y de paso la ciudad- quinientos turistas cada día.

Ser fiel a la cultura castellana, es rentable, incluso.

¿Qué partido político ves tú más interesado en recuperar las señas de identidad de Castilla?

Ninguno. Las élites de todos los partidos son refractarias a Castilla. Si algún concejal en algún sitio ha hecho algo en este sentido, ha sido a título personal y, a lo mejor, enfrentándose con las suspicacias de sus líderes nacionales.

La derecha ve a Castilla como un obstáculo en su visión celestial y etérea de España. No quiere pisar el suelo de la Castilla real, así que la da por muy bien extinta. Y la izquierda recela de una Castilla cuyo valor verdadero desconoce. Y a veces no es que recele, sino que odia directamente lo que ella cree que representa Castilla, aunque el valor real de esta tierra sea exactamente lo contrario de lo que la izquierda adjudica a la palabra “Castilla”.

Si por la izquierda hubiera sido, durante la Transición, hasta hubiese desaparecido el nombre de Castilla de la faz del “Estado” español. Estuvieron a punto de conseguirlo… Y en cuanto a los partidos periféricos, encantados de que se haya difuminado el contrapeso centrípeto que podría suponer una Castilla fuerte, lo cual amén de otras ventajas para Castilla, también sería provechoso para reequilibrar España en términos de mayor justicia territorial.

Desde luego, en el centro de poder vertical que dirige España, estoy seguro de que hay más cuota de poder periférico que de poder que corresponda a Castilla y a Guadalajara, lo cual es otro inconveniente para que Castilla se una. No le interesa de ningún modo a la periferia, que prefiere tener una Castilla despoblada y troceada.

¿Y no ha variado esta situación en los últimos años?

Bueno, quiero ser optimista respeto a lo que acabo de decir. Quizá este análisis sea válido para la derecha y la izquierda que hizo la Transición y desde entonces, hasta aquí.

Pero ahora está surgiendo una nueva clase dirigente que, a lo mejor, ¿por qué no?, se fija en la terrible injusticia que se sigue cometiendo con Castilla y se decide a subsanarla. Aunque sólo sea para ahorrar costes en alguna de esas cinco autonomías que, amén de ahistóricas, son de opereta.

Ahora bien, que no nos hablen de federalismos asimétricos, porque entonces sí que digo que es la sucursal catalana de la élite la que está pulsando esa tecla. El partido que defienda tal cosa, tal aberración, lo del “federalismo asimétrico”: que sepan todos los votantes castellanos que es un criado fiel de la tecla periférica. Sea el que sea. Que cobra dinero periférico por decir semejante atrocidad, así que, simplemente, no les voten, porque van a ignorar o a perjudicar los intereses castellanos.

¿Algo que decir sobre los nuevos partidos que están emergiendo ahora?

En cuanto a los nuevos partidos que están emergiendo, yo no les he escuchado ni una sola palabra al respecto de Castilla, lo que da idea del grado de interés que tienen y tendrán por la tierra que nos ocupa.

Por último, algunos partidos castellanistas que concurren a las elecciones tampoco se han enterado del formidable valor ideológico y electoral que tendría el pensamiento político propiamente castellano que acabamos de señalar. Así que hacen mero seguidismo de las ideas de los partidos mayores, pero con mucho menos dinero. Por lo tanto, o encuentran el mensaje “castellano” o les toca la lotería, si no, seguirán siendo meramente testimoniales…

Inclusive si les tocara la lotería también seguirían siendo testimoniales, porque lo que de verdad necesitan es un mensaje diferencial útil para captar sus propios electores. Para decir lo mismo que los grandes, ya están los grandes, que además tienen más medios y dineros. Y son meras sucursales ideológicas de los partidos grandes, ya digo, sin mensaje propio que atraiga apreciablemente.

Te veo pesimista respecto al devenir de Castilla.

No. La cultura que Castilla ha creado es tan impresionante -una de las dos o tres verdaderamente importantes del planeta- que Castilla no puede morir. Ni asesinada y troceada como está, ha muerto. Y además no pueden ni podrán enterrarla. Castilla sobrevivirá a todos los partidos actuales y a todas las élites actuales. Hasta que llegue una élite que se dé cuenta de ello, y la oficialice otra vez.

Incluso, desde mi punto de vista –ajeno a la política- tampoco soy pesimista. El libro “El nacionalismo: una última oportunidad para Castilla” sigue siendo citado por una veintena de tesis doctorales cada año, como mínimo.

Los doctorandos en Historia de las Universidades castellanas que eligen el siglo XX, mayoritariamente, o escogen la Guerra Civil o la Transición autonómica, y ahí han de referirse a este libro mío, inevitablemente.

De manera que se habla mucho en la Universidad española de este humilde servidor que te habla. Hasta me he encontrado algún texto de examen de ingreso a la Universidad en donde había que analizar un texto literario mío. No está mal.

Bien está lo que hice, aunque hoy haya abandonado el tema, porque la élite no está por la labor y los pequeños grupos políticos de resistencia castellana no se enteran de que tienen dentro de su tierra y de su tradición cultural la llave del futuro político hacia la “profundización” de la democracia, volvamos a llamarla así.

¿Y la aventura política nunca te ha tentado?

Jamás. A los 26 años, después de haber escrito “El nacionalismo: una última oportunidad para Castilla”, en el 82, sí me propusieron ser “procurador en las Cortes de determinada región”, directamente, sin currarme el puesto, simplemente con decir “sí” a determinado a partido, ya iba en las listas en un puesto de los que salen elegidos. Y dije que no, mi vocación no es la política. Luego, lo que sí he hecho, es dar mi nombre para rellenar alguna lista castellana, pero pidiendo que me pusieran en el último lugar. Y ahora ni eso, porque esos partidos no llevan la dirección correcta, por las razones que he expuesto. Y como dinero tampoco tienen, pues su futuro está escrito. Así que me he cansado de dar el nombre para nada. Tampoco nadie me verá ya el último de ninguna lista.

En “Viaje por Guadalajara” propones un recorrido de un día por la ciudad: ¿qué crees que le falta a Guadalajara hoy?, ¿crees que la sobra algo?

Lo que propongo en “Viaje por Guadalajara” es una novela original, en un estilo literario distinto, el realismo simbólico, con un monólogo interior diferente a todos los que yo conozco hasta la fecha, que lleva dentro otra segunda novela que también ocurre en Guadalajara, concretamente ante la iglesia de San Ginés, llamada “Conversación ante san Ginés” y dos obras teatrales en verso más, que suceden en el parque de la Concordia, una, y en el parque del Ferial, otra. Y además ese larguísimo poema intercalado entre los capítulos de la novela, “¿Dónde estáis los que solíais?”, que está compuesto en una estrofa nueva, nunca usada, que he bautizado como “copla alcarreña” en honor a la ciudad.

Todo eso es lo que propongo en “Viaje por Guadalajara”, ni más ni menos.

¿En qué sentido dices que lleva un monólogo interior diferente a todos los que conoces?

Me refiero a que, desde que James Joyce inventó la técnica del monólogo interior, en el “Ulises”, que publicó en 1922, se ha convertido en usual el empleo de esta técnica narrativa por parte de los novelistas de todo el mundo.

Pero, desde luego, yo no conozco ningún monólogo interior que vaya en poesía y además que tenga una extensión de 4.500 versos, y eso es el poema “¿Dónde estáis los que solíais?” respecto a “Viaje por Guadalajara”: el monólogo interior rimado del protagonista de la novela, que nos permite acceder a sus sueños, pensamientos, recuerdos, evocaciones y anhelos más íntimos, a la vez que camina por la ciudad y se va encontrando con personajes reales, de carne y hueso. El lector acaba conociendo al protagonista de la novela, de esta forma, mucho más de lo que permitiría suponer las doce horas que transcurre en nuestra ciudad.

¿Te ha influido el “Ulises” de James Joyce para componer tu “Viaje por Guadalajara”?

No lo sé, Antonio. Conscientemente, no, desde luego, porque fue una escritura rápida, desde mediados de agosto a mediados de septiembre de 2014. Y te puedo asegurar que durante esos días no pensaba en Leopold Bloom, el protagonista de “Ulises” de Joyce, ni en Dublín, la ciudad que recorre durante 24 horas. Pero uno nunca sabe lo que tiene en el interior de su cabeza, cuando escribe, ni qué mecanismos mentales se ponen en marcha.

Ahora, que veo la novela impresa y la tengo entre las manos, recuerdo que el “Ulises” de Joyce fue durante años, en una edición muy rugosa que publicó “Bruguera”, la almohadilla del ratón externo del ordenador que tuve hace años, hasta que lo jubilé.

¿La almohadilla del ratón de tu ordenador era el “Ulises” de James Joyce?

Sí, hace años, en una edición de cubiertas muy rugosas. Es una utilidad que a lo mejor no había encontrado nadie al Ulises. Y desde luego no creo que Joyce pensara en ella al escribirlo.

No, desde luego, en esa época no había ordenadores. Lo que no te ocurra a ti, no le ocurre a nadie.

Más sorprendente es lo que me pasa desde que publiqué la novela. En cuanto pongo pie en la calle, empiezo a encontrarme a personajes de la novela, que me comentan por dónde van leyendo, y si están de acuerdo o no con la visión que he dado de ellos y con las frases que he puesto en su boca. Más que “seis personajes en busca de autor”, de Pirandello, Guadalajara se ha convertido para mí en “muchos personajes hablando con el autor de la novela, mientras pasean por la ciudad”

¿Y consideras que, de alguna forma, te ha influido Joyce en su escritura?

Pues ya te digo que, ahora, a posteriori, es posible que sí. Una ciudad que se recorre, Dublín y Guadalajara. Un personaje que deambula por ella mientras se suceden acontecimientos externos y tiene lugar un monólogo interior, Leopold Bloom y el Viajero. Conflictos interiores que se recuerdan en ambos casos mientras se pasea por calles y parques. Un plazo de tiempo redondo y muy corto. Veinticuatro horas en Joyce, doce horas en el caso de este modesto escribidor. Puede ser, sí.

De hecho sí puedo asegurarte que en la composición de mi primera novela, Soberano don Nadie”, sí influyó el “Ulises”. En esa época era mi almohadilla, y, cuando me cansaba de escribir, echaba una ojeada al libro que tenía más cercano…

¿“Viaje por Guadalajara” es tu segunda novela?

Segunda publicada. Pero escritas tengo varias más, una incluso terminada, lista para publicar, con su título y su punto final. Pero no verá jamás la luz pública. Las considero fallidas. Incluso tenía un contrato con una editorial para publicar dos continuaciones a “Soberano don Nadie”, hasta componer una trilogía, que no existirá jamás. Con “Viaje por Guadalajara” no ha ocurrido eso. Tengo buena opinión de ella.

¿Y crees que tendrá continuación?

Quién sabe, ya te digo que yo me considero poeta, no novelista. Pero “Viaje por Guadalajara” surgió a partir de esa conversación que ocurre entre dos personajes que hablan por la calle Mayor, en el capítulo IX de la novela. La conversación inicial, bastante anodina, fue creciendo hasta llegar a los treinta y cinco capítulos, que se fueron poblando de personajes, alrededor de aquella conversación…

Ahora mismo, estamos conversando y estamos paseando por la misma calle Mayor… No quiero hacer símiles, pero a lo mejor…

Bueno, bueno, me estás inquietando, volvamos al motivo de la entrevista. ¿Qué crees que le falta a la Guadalajara de hoy?

Pues no lo sé. No soy político ni urbanista para decirlo. Yo he aportado un recorrido turístico interesante, al que he llenado de datos culturales que me han facilitado personas que saben de la ciudad mucho más que yo, lo he llenado de intrigas históricas, para dar más atractivo al recorrido, he traído a colación poesías de figuras literarias como el Arcipreste de Hita, que se recita en un lugar y momento muy adecuado, he compuesto poesías propias para describir cuadros, esculturas, iglesias, palacios, parques de la ciudad, conventos, el panteón de la condesa, el palacio de la vizcondesa de Jorbalán, etc.

Y como, postre final, he situado el Paraíso Terrenal en determinado paraje del caso urbano y he hecho brotar en el centro de él un hermoso tronco leñoso que se ramifica y que recibe el nombre de Árbol de las Letras del Bien y del Mal, descrito con bastante detenimiento, incluidos los adminículos que le convierten indubitablemente en tal cosa.

A partir de ahí, que los técnicos municipales y provinciales en turismo o en cultura investiguen o elucubren. A mí, a lo mejor, se me ocurría hacer algo con el eslogan: “Guadalajara, la ciudad del paraíso”. Y para eso valdría con colocar, en las próximas ferias o en las próximas Navidades, un árbol de luz como el que casualmente han puesto durante las pasadas fiestas navideñas en la plaza de Santo Domingo. Ese árbol de luz, ya sirve. Sólo le faltan los adminículos que se describen en la novela y un cartelito que diga lo que es, o lo que simboliza ese árbol luminoso, si se quiere que sea el de la novela. No son necesarios más gastos.

¿Algo más se te ocurre que le falta a la ciudad?

Pues en el capítulo final de la novela, el XXXV, al que por otra parte considero un muy correcto ejemplo de “realismo simbólico”, se dice en qué sentido se debería ampliar el paseo de las Cruces, hacia dónde y qué se conseguiría con ello. Pero eso sí sería ya más complicado y caro.

¿Otra cosa que se podría hacer en la capital? Pues la que se expone en las páginas 148 y 149 de “Castilla, este canto es tu canto. Parte I”, en la “coda” de un poema titulado “La Caballada de Atienza. La luna en harina baila”. Haciendo eso que se pone ahí, con muy poco coste, se conseguiría lo que en el final del poema se indica. ¡Nada menos y es mucho lo que se podría alcanzar! Sólo hay que leerlo para saberlo.
Es el turno de los técnicos, que ellos decidan.

En “Cuarenta sonetos populares” llevas la poesía a los límites más asequibles. Qué prefieres al escribir versos ¿belleza sonora, o mensaje claro?

Depende del momento y de las ganas de escribir una cosa u otra. Como cualquier poeta, tengo obras sencillas y tengo obras sumamente complicadas. Y eso, desde siempre. Por los cajones de mi casa hay cajones llenos de carpetas con versos de todo tipo. Y ahora con el ordenador, me ocurre lo mismo. En cuanto me descuido, se ha llenado de versos una carpeta.

¿Cuáles prefiero? Pues hombre, los que no terminan en la papelera. Los demás es que algún valor les encuentro, aunque sea sentimental. Tengo poesías desde los años 70 hasta hoy, que ya es tiempo. Las de los años 70 y 80 eran básicamente versolibristas (que ya estaban de moda estas cosas en esos años, eran la vanguardia del momento).

Con un verso libre gané el “Premio de Poesía Provincia de Guadalajara” de 1977, y me gané la reprimenda del prologuista José María Alonso Gamo, que estaba en contra de este tipo de poesía, como yo lo estoy ahora.

Para la segunda vez que gané este Premio, en 1981, ya lo hice con versos donde dominaban las seguidillas, los romances, las coplas castellanas y las endechas…

Y así hasta ahora, en que pienso que la vanguardia es el verso clásico (que es el que perdura) y en el que además se puede innovar, progresar y avanzar, como estamos viendo.

¿Y no te decantas por la poesía sencilla o por la más complicada?

No sabría cuál escoger. Tengo un amigo, César Javier Gonzalo Gayo, que dice que a él los que les gustan de los que escribo son los versos “mañuequianos” y no los versos “en espiral” que dice que también escribo.

Los versos que afirma que están escritos “en espiral” no le agradan. Yo, por tal cosa, entiendo que se refiere a los complejos, a los barrocos, a los de difícil interpretación.

En cambio, llama “mañuequianos” a los más sencillos, como los de “Cuarenta sonetos populares y cinco canciones diversas” o a las “Seguidillas de los ríos y sierras de Guadalajara” de “Guadalajara, te doy mi palabra”. Me pondera mucho, por ejemplo, uno que ya empieza a tener su complicación estilística, el soneto a la calle Mayor de Guadalajara, que voy a reproducir:

MOZA ALZARÁ EN ALTURA
(Bajando la Calle Mayor de Guadalajara)

De Guadalajara, la Mayor calle
es estrecha, angosta, prieta y ceñida
cual virgen moza sílfide esculpida
sana en cinto, leve en grasa, justa en talle.

Quien de alto de rúa vista atalaye
moza alzará dos, tres o cuatro alturas
cuerpo esbelto, armoniosas estructuras,
piel clara y rosa, delgada en detalle.

Por su zona media más voluptuosa
en curvas, allí algunos senos abre
a plazuelas. Y camina sinuosa.

Del Ayuntamiento abajo, tortuosa,
tumbada pierna en sierras entreabre
y allí luz nevada o añil luz labre.

Os lo dice quien, tras curva bocacalle,
al pronto en ojo, oh cumbre, el claror le estalle.
A quien la ande… comba igual, luz, yo apalabre.

Y también pondera sonetos de corte renacentista, equilibrados en cuanto a forma y fondo, como éste:

PINTOR AL PUNTO

Pintor no soy, mas pinto con mis ojos
en el lienzo interno de mi retina,
mágico y doble pincel que ilumina
lo que pintar lleva horas y congojos.

En mi interior, dibujo los antojos
que observa mi pincel y que examina;
ningún gesto tuyo mejor defina
tu ser que brusca luz negra de enojos.

Por pintor, dueño soy de lo pintado.
En tabla del corazón, no hay cabida
para furia enojada y desabrida;

por eso, tu áspero gesto he borrado
con golpe de pincel que se ha cerrado
y ha abierto tu sonrisa renacida.

Pero si avanzo un poco más, ya entro en zona “espiral”, según él, en zona gongorina o lorquiana, que no son poetas de su agrado. Aunque si alguien me preguntara a mí, o a mucha gente, diría que Góngora y García Lorca, junto con Quevedo, son las tres cumbres más altas de la poesía en castellano.

Éste, por ejemplo, a mí me agrada, pero según mi implacable crítico, aquí he dejado de ser “mañuequiano”, a pesar de que le explico de que lo único que hay que entender, para disfrutarlo, es que el viejo herrero cojo Vulcano, casado con Venus, ha sorprendido a su mujer en actitud sospechosa con Marte, por lo que trama contra ellos una celada y quiere echarles por encima una densa red , para que expliquen lo que estaban haciendo…

1. AMANECER JUNTO A TI: SE ENCIENDE LA TEA EN EL CIELO

Donde espumoso el mar sicilïano argenta de plata el pie al Lilibeo, bóveda o de las fraguas de Vulcano o tumba de los huesos de Tifeo.
“Fábula de Polifemo y Galatea”. Luis de Góngora

La fragua grana en que Vulcano infunde
alma al arma, hierro y escudo de los dioses,
no oye hoy furia de herreros semidioses
contra Marte, en guerra hosca con quien funde.

Cojo, y con red, celada, viejo, herrero
contra infiel Venus y el bizarro amante
puede aguardar el tranco de un instante.
Divino acto en más temple hará primero…

Un ascua de su fragua suple a Febo
en tarea de encender tea en cielo
con que el sol, ya luz de oro por Vulcano,

enhebre cada hebra bella en tu pelo
con la radiante gracia de su mano
y vuelva luego, eclipsado, donde Febo.

En fin, yo le digo que tan “mañuequiano” es el uno como el otro, porque ambos los he escrito yo. Lo que sí elogia sin ambages es mi poesía de temática castellana, que al parecer sí considera “mañuequiana”, por ejemplo, los dos tomos de “Castilla, este canto es tu canto”. Le gusta hasta el arranque de ese Canto General de la Patria Castellana, como tú lo has calificado, Antonio, lo cual me parece excesivo. Veamos ese inicio de Poema, las primera liras:

I. El nacimiento (siglo VIII). Antiguo clan que octavo a nuevo adujo

INTROITO

De hondo e interior venero
que en cascada entre piedra y musgo brota
no es Cadagua un reguero
que porte escasa gota.
Un mundo en murmullo ya en su agua flota.

Río en Valle de Mena,
que entre las rocas corres, ríes, saltas,
mojando toda la escena
de las praderas altas,
pedrizas y peñascales que asaltas…

Naces por cataratas
y por escalones y rocas verdes,
que tapizas con natas.
Riscos a los que muerdes,
hisopas con gotas, luego te pierdes

hacia sendas, caminos,
y sierras, a los que tu cabo de agua
les forja suerte y sinos;
Al cabo, tú, Cadagua
-cabo de agua-, eres del valle la fragua.

¿Sabes que vas a oírte
no sólo por abrir cauce ruidoso?
Mejor podrás sentirte
en el son más frondoso
de lengua que emana en tu lar brumoso.

Afluyen por las grietas
hervores de manantiales sonoros.
Trovas dulces, secretas
musitan sus tesoros…
Y, a su voz antigua, tu agua une coros.

Aún no oyes juglares
por este lugar calmo y sosegado
tañendo sus cantares;
pero, al bosque abrazado,
silba un idioma naciente, que ha llegado.

En consecuencia, estas liras sí serían “mañuequianas”, y mucho, para mi amigo César Javier. Pero, como cada cual tiene el gusto que quiere, ya ni siquiera intento convencerle de que tienen mérito versos como este otro, del que reconozco que podría estarse mucho tiempo analizando su simbolismo y las figuras retóricas que desarrolla:

AL FUERTE DE SAN FRANCISCO, CONVENTO,
EN NOVIEMBRE.
(Liras en espejo)

No tanto es bravo el Fuerte
de San Francisco como el de Asís santo,
pues más a fe convierte
-y su tronar en canto-
Fuerte alzado claustro, ajeno a espanto.

Emboscado en sonoro
soto frondoso, sólo esa batalla
campal -que busca el oro
de otoño cuando estalla-
cuanta urda cenobio es, tras su muralla.

Trenza la torre blanca
gótica silueta esbelta hacia oeste,
que en suave otero arranca.
Convento en loma acueste
su cuadrado, asomado a azul celeste.

Cuerpo gigante escoge
nave inversa: alta quilla, nervios cruza
cual remos que recoge
la fe en fieles, y aguza
remada ola hacia el ara que entrecruza.

Bajo ábside, la cripta
ducal del Infantado -ocho pilares
y cúpula que encripta
urnas rumbo a otros mares
bogando sobre mármol rosa-, hallares.

Sal luego fuera, andante,
y sigue tu camino peregrino,
que en el Fuerte, un instante,
de San Francisco, opino,
viste, dulce de arte y triste en destino.

* * * * *

Curva amplia en remolino
tiende senda lenta zigzagueante,
como un viento opalino
blanco, azul, verdeante.
Tal la vuelta y el sino, vida y viajante.

Si atrás quedó la cripta
y las urnas sin aliento que mirares,
también llevas inscripta
dura huella que en ti hallares:
mes a mes, senda a senda, mar a mares.

Cóncava escaramuza
cada curva de senda y vida acoge,
que la fortuna azuza
en quienes rumbo escoge,
fe, fuerza y fibra luego lo recoge.

Lejos -dejando estanca
la gótica y fuerte conventual hueste-,
comenzará más franca
pugna vital y agreste
entre el destino y lo que liza geste.

Ahora ya el tesoro
dorado de las hojas en que estalla
noviembre, ocre y canoro,
el todo soto raya
en suelo acicular, dentada playa.

No es tanto bravo el Fuerte
como pajizo en ramas y albo en llanto.
Quedo anda. No despierte
tu paso algún quebranto
a convento, iglesia, nave, hoja o manto…

Este poema, que pertenece al libro “Guadalajara, te doy mi palabra”, lo he incluido también en la novela “Viaje por Guadalajara”, al llegar a la colina del Fuerte de San Francisco, el viajero lo lee en un folleto turístico sobre la ciudad que lleva, y se pone a analizarlo, junto con otro que se recoge en la novela, tomando las siguientes notas:

“La primera composición contiene un número de seis liras clásicas, con su estructura métrica tradicional, esto es, versos heptasílabos y endecasílabos que riman de la conocida forma 7a, 11B, 7a, 7b y 11 B, estructura que se repite en la composición segunda, sin ninguna variación apreciable.

El poema inicial puede dividirse en dos partes, en la primera, se efectúa una descripción externa del paraje y del edificio mismo en el que se enclava la iglesia del convento de San Francisco de Guadalajara. Las dos liras siguientes nos trasponen al interior de la nave y al subsuelo del ábside, donde se halla la cripta ducal del Infantado…

Destaca, a primera vista, la violencia de algunos hipérbatos, la fuerza de la rima consonante y la intensidad de la metáfora con que se asemeja la nave de la iglesia con una nave marina inversa, dotada de alta quilla, remos en forma de nervios que recogen la fe en los fieles y la empujan hacia el ara o altar que se sitúa en la parte delantera de la nave.

Cabe reseñar también, el recurso final, clásico, de la vida entendida como un viaje y una peregrinación, en el que, a través de otro violentísimo hipérbaton se indica metafóricamente la necesidad de proseguir el viaje, haciendo escalas en diferentes puertos y lugares que, en ningún caso serán ni deben ser el albergue decisivo.

Por otra parte, en ambas composiciones o grupos de liras, tanto la que se dedica al Fuerte de San Francisco como la reservada al Alcázar de la ciudad de Guadalajara resulta fácilmente reseñable encontrar las siguientes otra figuras retóricas, tanto de dicción como de pensamiento…”

Fragmento del capítulo XXX de la novela “Viaje por Guadalajara”

De manera que, unos por unas cosas y otros por otras, no puedo decantarle ni por mis poesías más sencillas ni por las más complicadas. Todas me aportan algo.

Ya veremos por dónde transita el futuro de mi obra literaria.

Nos puedes adelantar algo de los nuevos libros que preparas.

Sí, lo primero que publicaré será un libro de versos general sobre España, con muchas sonetinas y muchas victoriolas, además de aludir a las obras poéticas de múltiples poetas españoles, uno o dos o tres por cada Comunidad Autónoma que visito. Se llamará “España, mareas de tus tres mares”. Y hablo de muchísima gente, de Gerardo Diego, de Machado, de Rosalía de Castro, de Valle-Inclán, de Salvador Espriu, de Juan Maragall, de Ausias March, de Rafael Alberti, de García Lorca, incluso autores vivos, también hablo de Pérez Reverte o de Joan Manuel Serrat. En fin, mucha gente sale en el libro. Y lo encabezaré con una “Poética del realismo simbólico”, para que no haya duda del estilo en el que escribo.

Más tarde, vendrá otro libro sobre la provincia de Guadalajara, que ya tengo prácticamente acabado y del que sé también su titulo. Y otros dos proyectos, más genéricos, para el año 2015, que sólo me rondan por la cabeza.

En eso estamos.

Incluyo la “Poetica del realismo simbólico” que abrirá el próximo libro, de enero 2015:

POÉTICA DEL REALISMO SIMBÓLICO.
La poesía es el verbo colmado de motivos

La poesía es el verbo colmado de motivos y efectos,
cálamo que anota lo que el corazón sienta, la palabra alcance
y la cabeza piense.

La poesía es un faro que perfila el orbe y sus aspectos
y el pasar por el mundo cada habitante suyo en cada trance
que el poema condense.

La poesía es creación de universos nuevos y proyectos
que palpiten por sí y en los que la viva imaginación dance
y que su albor inciense.

Poesía son bellos, sucios, rítmicos, prosaicos trayectos
por el ayer que se va o se fue y queremos aún que se afiance
y que a nuestro hoy se prense.

Poesía es un pincel en el tiempo, de instantes arquitectos
del hoy por el que navegamos de las jornadas en balance.
El verso que los cense.

Poesía son los futuros caminos, rumbos y proyectos
que cada poeta y ser humano del devenir nos avance.
Adonde su arco tense.

Y su canto puede libremente tender a los perfectos
logros de la belleza o apuntar hacia otros sus afectos,
o expresar de su yo interior planetas, briznas e hilos selectos,

siendo canto y canto pleno en todo campo en que el poema dance,
cualquier motivo y ámbito de inspiración al cual el romance
al mundo y pálpito e idea en verso detenido relance

y que el poeta, siendo su amanuense,
con vida duradera recompense.
Del olvido lo dispense.

Es realismo simbólico
la estética en que yo escribo
la que discierne un motivo
o bien alegre o melancólico,

al cual yo le doy estribo
en brisa o vendaval eólico
para atravesar bucólico
el espacio que concibo,

donde la realidad
no siempre tal cual transita,
a veces está transcrita
en intensa libertad

que ágil agudeza agita
con la creatividad
y elabora otra verdad
en que la previa dormita.

Tal es mi poética, infinita
forma de captar briznas de mundo
de tornarlo a hacer fecundo
con la luz que resucita

a la vida en un segundo
trayecto que ya crepita
de manera ahora escrita
y con sonar más rotundo.

Es otro este realismo
que la realidad misma,
se abre a su lado el carisma
de lo izado sobre abismo,

contemplado con el prisma
de su ascenso al simbolismo,
superado su espejismo
fijada ya en aforisma.

Por obra de vigorosa
inventiva metafórica,
poética y alegórica
se yergue ya poderosa

en forma casi pictórica
otra verdad luminosa,
diferente y milagrosa
que cincele otra escultórica

realidad prodigiosa,
esencial y ya ahistórica,
que en permanencia reposa.

Esta sea mi retórica.
En verso o prosa.

Fuente: http://www.aache.com/

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