CASTAÑAS ASADAS, EL OLOR DEL OTOÑO EN LAS ESQUINAS (CÁCERES)

COMO SEÑALA FERNANDO JIMÉNEZ BERROCAL, CRONISTA OFICIAL DE CÁCERES, EN LA CIUDAD SOLÍAN PONERSE CASTAÑEROS EN LA PLAZA MAYOR, AUNQUE  UN TIEMPO DESAPARECIERON

Castañeros de Cáceres

La nariz se enfría, pero las manos pueden entrar en calor. El humo de las castañas va configurando el paisaje del otoño en la ciudad. No hace falta estar en el campo para entrar en contacto con uno de los elementos que mejor describen esta estación de colores ocres y hojas caídas.

Cualquier tarde, de paseo por el centro de la ciudad, uno puede comprar un cucurucho de papel de periódico lleno de castañas asadas y degustar este fruto a modo de merienda o aperitivo antes de la cena. «Por la mañana no entran», apuntan los vendedores por cuyas manos pasan centenares de calbotes a diario. Es manjar vespertino.

Costumbre ancestral que algunas fuentes vinculan a ritos funerarios de la prehistoria, las castañas asadas han estado presentes en la ciudad en distintas épocas. Tal y como señala el cronista oficial y director del archivo histórico municipal Fernando Jiménez Berrocal, tradicionalmente en la ciudad solían ponerse castañeros en la Plaza Mayor, aunque durante un tiempo desaparecieron estos puestos y Cáceres quedó huérfana de este alimento asado dirigido al consumo callejero.

Lola Silva en su nueva caseta de castañas en Primo de Rivera
Lola Silva en su nueva caseta de castañas en Primo de Rivera

Hace ocho años una familia emeritense decidió retomar la tradición e instaló un puesto en San Juan. Libertad Rodríguez está al pie del cañón desde entonces. «Es una tradición que viene desde mis abuelos, desde hace muchos años», explica esta joven removiendo con energía la sartén con agujeros que pone encima de una estufilla con carbón vegetal de encina. Tiene dos equipos, que va manejando para tener las castañas siempre a punto. No hay mucho secreto, más allá de colocar las castañas rajadas, añadir un poco de sal y mantenerlas a fuego vivo aproximadamente tres minutos, moviéndolas para que no se quemen.

«Tienen bastante éxito, le gustan mucho a la gente, a veces se nos forman colas», cuenta Libertad, que abre su puesto desde las cinco hasta las nueve de la noche y durante un periodo de poco más de tres meses.

Trabaja junto a su marido. Es un martes por la tarde y no para de entregar cucuruchos de castañas: a una señora que vuelve de su clase de Inglés, a un grupete de niños que terminan sus extraescolares y que le dedican a Libertad una canción sobre las castañas, a turistas. Hacen patria a través de producto de la tierra: las castañas son de Guadalupe, a donde acuden para hacer acopio periódicamente. El cultivo de castañas se trata de un sector próspero y que quiere crecer.

Puesto de Libertad Rodríguez en la plaza de San Juan
Puesto de Libertad Rodríguez en la plaza de San Juan

Libertad muestra una caja que agota todos los días. En el puesto de la Cruz de los Caídos, que es de la misma familia que el de San Juan, Vidal Fernández y Manuel Bautista tasan en unos 25 a 30 kilos la cantidad de castañas que salen en un buen día de su puesto. Ellos llevan tres años en este puesto, situado en una esquina muy transitado de la ciudad. También tienen percepciones positivas sobre la marcha de este negocio.

Trabajan todos los días durante la temporada, que no suele prolongarse más allá del mes de enero, febrero a más tardar. ¿Es un trabajo duro? Relativamente, porque, a pesar de estar a la intemperie, tienen una fuente de calor siempre cerca. «Lo peor son los días de lluvia, no nos mojamos porque tenemos lonas, pero la gente viene mucho menos», señalan Vidal y Manuel.

Tradicionalmente la Plaza Mayor dio cabida durante décadas a vendedores de castañas

El kiosco de ‘El Bici’, que vende otros productos de la tierra, además de frutos secos y patatas fritas, ha mantenido viva la tradición de las castañas asadas durante años, aunque no de forma exclusiva como los tres puntos con licencia concedida por el Ayuntamiento de Cáceres por un precio aproximado de 250 euros, estima Libertad Rodríguez. Es la concejalía de Festejos la que se encarga de conceder estos permisos. Este año se han otorgado todos los solicitados, por lo que cabe pensar que hay margen aún para que se instalen más.

Además del puesto de San Juan y de La Cruz este año se ha instalado uno junto a la oficina de Correos, en Primo de Rivera. En realidad sus dueños se estrenaron el pasado año junto a la estatua de Gabriel y Galán, pero este año han decidido colocarse en otro punto estratégico y, además con la novedad de haber adquirido una caseta de madera que sirve sobre todo para mantenerse más a resguardo, ya que la estufa la tienen en el exterior, para evitar un incendio.

Lola Silva, de Cáceres, será la encargada de atender al público y asar las castañas, junto con su compañero José Luis. «Las asamos con carbón vegetal, lo primero es elegir un buen producto, una buena materia prima, hay gente que la quiere con sal y gente que la prefiere sin sal», explican. Abrieron sus puertas el pasado miércoles 7 de noviembre. «La caseta parece la de Hansel y Gretel, es algo que hemos visto en otras ciudades y nos gustó».

Las licencias para los puestos las emite el Ayuntamiento a través de Festejos

Los vendedores ofrecen producto local, frutos de Guadalupe que van a comprar a la zona

De dos a cinco euros

Los cucuruchos de castañas tienen un precio de dos a cinco euros. En el puesto de Lola y José Luis tendrán dos versiones, de dos y de cuatro euros. En los de Libertad, Vidal y Manuel hay tres opciones, de dos, tres y cinco euros y unas 20, 28 y 40 castañas aproximadamente en cada cucurucho.

Parecen buenos tiempos para la degustación masiva de calbotes en la ciudad, aunque tres licencias para puestos parecen pocos en comparación con lo que se estila en otras localidades. En Córdoba, que tiene el triple de habitantes que Cáceres hay 25 puestos, ocho veces más que los que hay aquí. Vitoria, con 244.000 habitantes, ha estrenado este otoño 13 puestos con forma de locomotora.

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