POR EDUARDO JUAREZ VALERO, CRONISTA OFICIAL DEL REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO (SEGOVIA)
Andaba el que suscribe el pasado jueves por las montañas del Real Sitio con un grupo de estudiantes, cuando las seis salvas decretadas por el Ayuntamiento para celebrar la proclamación de Felipe VI despertaron la curiosidad de mi improvisada clase.

Cosido a preguntas por mis alumnos, hube de explicar los protocolos relativos a proclamaciones, nacimientos y bodas regias en este país. De las veintiuna salvas en honor de un nuevo Rey ya poco queda, salvo los cristales rotos, ahora hace ciento un años, con motivo del nacimiento de Don Juan de Borbón. Perdidas las costumbres y sin cañones que reventar en la lejanía, por suerte, al menos hemos recordado parte de la tradición regia en un Real Sitio, gracias a Pablo García Vicente, solicitante ante el pleno municipal de tales protocolos.
El caso fue, sin embargo, que, mientras descendía por ocultas veredas y floridos vericuetos, iba dando vueltas en mi cabeza la idea de cómo habría que honrar en verdad de forma más justa al nuevo Monarca. Desde luego, los cañonazos, aún castrenses y viriles, no dejan de ser vestigio de un pasado agreste y arisco que muchos tratamos de olvidar. Y si no, que se lo digan a los vencejos que, arrebatados del susto, aceleraron su persecución de moscas, tábanos y mosquitos, incapaces de dar ni un mísero picotazo, oigan.
Alcanzando la fuente del Milano, llegaba a la conclusión de que no hay mejor forma de honrar a uno que regateándolo, esto es, valorando a aquellos que lo sustentan: a los vecinos en lugar el Alcalde; a los ciudadanos a cambio del Presidente; a los habitantes por el país. No cabe duda, por tanto, que para honrar justamente a un Rey, el mejor camino es la alabanza de la Reina.
Y Reinas ha habido en este viejo país para dar y tomar, casi todas ellas en el olvido. Sólo unas pocas vienen a la memoria de los ciudadanos, aquellas que reinaron y, mejor o peor, pasaron a la historia como estadistas. En su caso, el camino habría sido el del Rey Consorte, aún más olvidado si cabe. El pobre Francisco de Asís sigue languideciendo en su pasar por la historia, que ni siquiera los vecinos del Real Sitio, cuando se sientan en aquella silla de piedra que hizo poner en el Moño de la Tía Andrea, se acuerdan de él.
Desde el primer Rey de España, allá por el siglo XVI, las Reinas han pasado como madres y confidentes, sufridoras y repudiadas, agotadas, marchitas, desesperanzadas; recordadas u olvidadas en función de su fertilidad masculina, merecedoras por ello de barroco féretro en el Panteón de Reyes del monasterio del Escorial.
De Isabel de Portugal a Doña Letizia, veinticinco Reinas han acompañado en el viaje a los Reyes de España. Claro que, María I de Inglaterra, que dio nombre a un sabroso cóctel, y Julia Clery, nunca posaron sus pies en territorio patrio, y alguna otra, como Luisa Isabel de Orleans y María Victoria dal Pozzo, apenas gozaron de tiempo suficiente para disfrutar de la españolidad.
Ahora bien, entre todas estas Reinas de España hay dos que merecen especial atención: Doña María de las Mercedes de Orleans y Doña Letizia Ortiz. Ambas, las únicas dos, fueron y son españolas. Ambas casaron con sus Reales Esposos alejándose de los matrimonios pactados por alianzas políticas, culminando una relación amorosa, algo impensable para un Rey antes del siglo XIX, renunciando a una vida más cómoda y diletante y, en el caso de Doña Letizia, a un futuro profesional basado en el prestigio alcanzado por años de experiencia, sustituyéndolo por una vida de dedicación a su Esposo y al país; de ausencia de libertad y soporte de la institución. De morir como individuo y vivir como Reina.
La primera de ellas, María de las Mercedes apenas disfrutó y sufrió su posición unos meses, aunque suficientes para pasar a la memoria de los poetas más románticos y de mi abuela María. La segunda, Doña Letizia, cambió la transparencia que su profesión le otorgaba por el eterno candelero en que vivirá el resto de sus días, sometida al escrutinio permanente de todo un país, ávido de saber sus gustos, aficiones, opiniones, enfados y alegrías; filias y fobias.
Y el color de todos sus vestidos, hasta el de su primera comunión. No vaya a ser que algún día lo repita en cualquiera de los miles de actos anuales a los que ha de asistir. Me hubiera gustado a mí ver a alguno de los pseudo-periodistas actuales afeándole a Doña Isabel de Farnesio el uso reiterado de alguna de sus pelucas. Que para ese Miura no hubiera habido libertad de prensa que detuviera la embestida.
Y todas ellas, a excepción de aquellas dos que practicaron el absentismo, hollaron con sus regios pies el suelo de mi Paraíso, bien en el Real Sitio de Valsaín, bien en el Real Sitio de San Ildefonso. Pasearon por los Montes de Valsaín y los Jardines del Palacio Real de La Granja sus deseos y frustraciones; sus alegrías y desdichas; sus hijos malogrados y algún que otro hijo por malograr; su vida oculta por el silencio de la Historia y la admiración del paisanaje.
Del sueño incurable de la pobre Isabel de Farnesio a las ansias masculinas de María Luisa de Parma; de las toses tísicas de la amada María de las Mercedes a la jovialidad de María Luisa de Saboya; de la dedicación en la enfermedad del esposo de Luisa Isabel de Orleans al estupor ante tamaño marido de María Cristina Borbón Dos Sicilias; del profundo amor de Bárbara de Braganza al lógico desamor de Mariana de Neoburgo.
Quizás por todo ello, por el olvido en que una Reina de España se mueve, Carlos III decidió llamar a la principal vía del barrio bajo del Real Sitio, Calle de la Reina. No de una en concreto, ni siquiera su amada y añorada María Amalia de Sajonia. Sólo la Calle de la Reina. De todas las Reinas. La más hermosa de mi Paraíso. Con su estructura teatral tan barroca, de iglesia en perfecto equilibrio en la fuga de la perspectiva, con las agrestes montañas de pórtico post scaena y con las hermosas Puertas Nuevas de proscenio con las doradas coronas proclamando su identidad.
Sólo espero que, en un futuro no muy lejano, la citada calle recoja, una vez más, los pasos de su homónima, cumpliendo una tradición histórica y, esta vez, sin olvidos ni silencios. Seguro que la Reina Isabel de Farnesio, desde el frío y marmóreo nicho del osario de la Colegiata, sonreirá una vez más, sopesando si su odiado desierto era, en realidad, un amado Paraíso.
Fuente: <a href=http://www.eladelantado.com/opinionAmplia/7818/colaboración> http://www.eladelantado.com/</a>
