POR ANTONIO LUIS GALIANO, CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA
Existe desde hace algo más de seis siglos un dicho castellano que, utilizando estos vocablos, se completa generando varias frases de las que a nosotros nos interesa aquella que textualmente dice: «cuando la barba de tu vecino veas arder, pon la tuya en remojo». Sabemos que hay muchas clases de vecinos, buenos, malos o regulares, de igual manera que son muchas las acepciones que a barba o barbas se le pueden dar. De hecho, cuando hemos faltado al respeto de alguien sin ningún pudor decimos con soberbia que nos hemos subido a sus barbas, e incluso, en un tono más igualitario y participativo, a la hora de pagar una consumición un grupo de personas, salvo que alguna se eche para adelante, la frase típica es «a tanto por barba» aún a sabiendas que entre los comensales hay algunas persona del género femenino, salvo que nos encontremos con alguna como aquella mujer barbuda inmortalizada por Juan Sánchez Cotán en 1590 y que se conserva en el Museo del Prado, que aunque con poco pelo y abundante barba y más parecida a un hombre, por la vestimenta podría ser una mujer. Algo parecido con lo que ocurre con Conchita Wurst, ganadora de Eurovisión, que yo no termino por saber si es carne o pescado. Pero de mujeres barbudas, tal vez la más famosa sea la napolitana Magdalena Ventura, retratada por José de Ribera ‘El Españoleto’ junto con su marido y su hijo en el regazo amamantándolo, y que varias veces hemos admirado en el Museo de Tavera de Toledo. Aunque a decir verdad, si sobre pechos se trata y no de barba, me quedo con ‘Naranjas y limones’ de Julio Romero de Torres.
Barba o barbas, barbudos, comediantes que representaban papeles de viejo o de anciano en los añejos corrales de comedias. Clases de barbas como las de chivo, regada, perilla, zamarro, o el espectáculo de ver en el mar disfrutando del baño a los capuchinos, emergiendo sólo la cabeza tonsurada y la densa barba flotando sobre el agua.
Pero regresemos al principio, a la barba expuesta al fuego de nuestro vecino y a poner voluntariamente la nuestra en remojo. Mas, no siempre el siniestro de un incendio, sea de una barba o de un inmueble, se solucionaba con el antedicho ‘en remojo’, sino que había que atacarlo con la máxima rapidez y pericia. Para ello en Orihuela, en 1876, se creó la Brigada de Zapadores Bomberos contra Incendios, a la que fue necesario dotarla de un proyecto de reglamento de régimen y gobierno que tardó en redactarse catorce años, y que todavía no sabemos si fue definitivamente aprobado, pues estamos en vía de investigación.
Lo cierto es que el autor de este proyecto de reglamento, Pedro Ramón Mesples, lo firmaba el 29 de abril de 1890, y a través del mismo, justificaba la necesidad de ampliar la plantilla de bomberos y la dotación económica que percibían. Se cuantificaba en 3.000 pesetas anuales de entonces lo que debían percibir los 55 individuos que formarían la Brigada, que en esos momentos estaba solamente formada por treinta individuos. La nueva plantilla estaría integrada por un corneta con el cargo de guarda del parque y almacén, un corneta supernumerario, un sargento, dos cabos bomberos, dos cabos para la sección de gastadores y parque, veintiséis zapadores bomberos, diez aspirantes y doce carreros encargados de transportar los carros con las bombas y cubas. Dentro de la propuesta que se hacía de presupuesto para el funcionamiento de la Brigada se incluía la dotación de un premio de 60 pesetas y 150 pesetas para mantenimiento del equipo y material.
La justificación del incremento de personal y la dotación económica radicaba en el sentido de que desde hacía catorce años se venía actuando como ‘caritativo servicio’, teniendo en cuenta el valor y arrojo que habían demostrado, y porque retribuyéndolos era una manera de obligar a los componentes de la Brigada a la asistencia frecuente a la instrucción, a fin de que tuvieran «acierto y fijeza en las distintas maniobras que deben practicar para luchar con un elemento tan destructor y expuesto como el fuego». La Brigada en esos momentos estaba compuesta por albañiles, canteros y carpinteros, que normalmente vivían fuera de la población, lo que daba lugar a que acudieran pocos a la hora de atajar el siniestro.
Cuando este sucedía y se tenía noticia de ello, los miembros de la Brigada eran alertados con el toque de la corneta, la cual era también la que iba marcando y ordenando las distintas maniobras durante la extinción o ‘solemne acto de una quema’. Con respecto al material se disponía de dos bombas y dos cubas que precisaban de diez individuos o carreros, siendo la dotación en esos momentos de ocho, por lo que debían de incrementarse hasta doce porque no siempre acudían todos. De igual manera Pedro Ramón Mesples veía necesario el establecimiento de una dotación económica, ya que era una forma de poder ofrecer una recompensa justa por el trabajo, así como facilitar la subordinación, y sobre todo, porque había que dejar a un lado su carácter caritativo por ser un servicio público en favor al vecindario.
Después de todo lo anterior, tal como se planteaba con justeza el funcionamiento de la Brigada de Zapadores Bomberos contra Incendios de Orihuela, al ver arder la barba de mi vecino, y tener que esperar a que se diera el aviso con la corneta, aguardar a que llegaran los muchachos a recoger las cubas y las bombas, a que las arrastraran y que aparecieran uno o varios individuos a atajar el fuego; creo sinceramente que lo mejor y más rápido sería poner mi barba a remojo, pues quien sopa de otro espera, tarde y fría se la toma.
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