POR JOSÉ ANTONIO FIDALGO SÁNCHEZ, CRONISTA OFICIAL DE COLUNGA (ASTURIAS)
Mis «varas de san José» están en plena floración. Son flores vistosas, de un color rosa asalmonado precioso, únicamente sujetas al suelo por un tallo que aparenta ser endeble y que les confiere esbeltez y hermosura.
Miran al suelo, humildes, porque el suelo – la tierra – es su cuna y su razón de vida.
El cielo está en lo alto; su azul limpio invita a soñar; pero la flor ama a la tierra; su sueño es el agua y la piedra; su colorido llama a las abejas para recibir su beso y regalarles el polen, que después será dulzor de miel.
El cielo es la luz y el verde del arbolado y de los campos es emblema de esperanza.
La flor es el color, es la invitación a una entrada de sensaciones y de sentimientos.
Y mis «varas de San José» enseñan lecciones de humildad; inclinan su cabeza al suelo y solamente, tumbándote en él y mirando hacia lo alto, puedes contrastar su destino de divinidad.
Del suelo al cielo: ese es su lema; esa es su lección. ¿Seremos capaces de entenderla y hacerla realidad de vida?
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