LO QUE ESCRIBIERON HACE 122 AÑOS EN UN DIARIO “EL DÍA” DE MADRID

POR: ANTONIO VERDÚ FERNÁNDEZ, CRONISTA OFICIAL DE LA CIUDAD DE JUMILLA

Hace unos días llegó a mis manos un diario independiente titulado “EL DÍA” publicado en Madrid, con fecha martes 24 de abril de 1900. Su precio 5 céntimos, y el número 7.094 y cuyas oficinas se encontraban en la calle Corredera Baja, 4 Principal Derecha. La publicación es una edición de la mañana.

El mismo apareció tras el marco de un espejo que el tiempo había desarmado, y cuando se iba a reparar con el objeto de conservar el heredado y antiguo objeto, fue sacado de su centenario encierro y colocando en el mismo lugar, tras su reparación, un folio con los nombres de los dueños y de quien lo restauró.

Claro que esto no es lo que me interesó del amarillento papel impreso, que tuve que devolver, sino un artículo firmado por el Presidente del Consejo de MInistros, D. Francisco Silvela, titulado: FEDERALISMO, REGIONALISMO Y CENTRALISMO.

Escriben que el artículo lo copian del periódico valenciano, “Las Provincias”, documento que quiero recuperar para que comparemos las inquietudes del final del siglo XIX con el final del siglo XX con la España de las Autonomías. “La vida de los pueblos, sujeta como la de los individuos a dolencias y crisis de evolución, presenta a veces afecciones alarmantes por el aparato de sus síntomas, que no son, sin embargo, las más graves. Tal acontece en España con el federalismo y el regionalismo.

El federalismo pasó, no sin dejar huellas sangrientas y recuerdos tristes. Recogió fuerzas considerables en el espíritu de división y discordia que en nuestra sangre depositó la raza semita, y murió en Cartagena, según lo predijo Castelar en su discurso de desesperación de la noche de 2 de enero.

Sólo queda de él con vida, un anti-papa tenaz cual Pedro de Luna, aquel famoso Benedicto XIII que, encerrado en Peñíscola, siguió lanzando excomuniones a la cristiandad, como si estuviera en la silla de San Pedro, y reunió antes de morir el cónclave de los dos cardenales que le fueron fieles para elegir, con el nombre de Clemente VIII, un sucesor de quien nadie se ocupó ya en el mundo.

El regionalismo es también, tal como ahora se entiende por la gente política, afección morbosa, crecida al calor de los desastres de la guerra, como el federalismo creció en los desastres, de la revolución; y con la propia base, el particularismo de la raza y carácter nacional, pero con tendencia de todo punto opuesta, porque el federalismo aspiraba a ser progresivo, cosmopolita, autor de evoluciones inspiradas en doctrinas, y en analogías de derecho novísimo y de legislaciones comparadas, y el regionalismo es puramente regresivo, restaurador de lo muerto y sepultado por la historia.

Pero así como sabíamos perfectamente lo que era el federalismo, porque constituía un sistema político susceptible de tomar forma en una ley orgánica y en un conjunto definido de instituciones, no puede definirse lo que es regionalismo o centralismo, porque no han sido hasta ahora nombres de partido ni han representado una serie de aspiraciones bastante concretas para constituir una agrupación gobernante, o con propósitos y elementos para serlo. Han sido esas palabras, en su sentido recto y usual, expresión de tendencias y de criterios generales para ajustar a ellos la dirección de las evoluciones sociales, literarias o jurídicas.

Y en ese sentido somos regionalistas los que gustamos de la variedad en la vida le la Nación; nos duele toda violencia a los sentimientos de supersticioso amor que cada comarca profesa a las leyes, a sus aptitudes y costumbres; y queremos defender sus fueros, sus prácticas, sus legislaciones consuetudinarias, odiando la uniformidad cuando se quiere obtener a expensas de lo natural y de lo vivo; pero odiando más aún a los que se empeñan en la absurda labor de devolver la vida a lo que, bien o mal, enterró definitivamente la Historia.

Recuerdo haber contemplado y aplaudido con emoción en un pueblo de Vizcaya, cómo se desviaba el trazado de una carretera para respetar la existencia de una encina secular; pero movería a risa el ingeniero que sobre terreno llano y desnudo se entretuviera en replantear curvas en su camino, sembrando encinas que cortaran su natural desarrollo: pues bien, esa es toda la diferencia que existe entre los regionalistas que profesamos admiración, respeto, envidia a los pueblos que sienten entusiasmo por una idea, una ley, una organización familiar o municipal, una literatura, una lengua, y los quieren fundar sobre esos sentimientos programas de reacción desatinada para instituciones muertas y anacrónicas, que quieren desenterrar de los sepulcros, como viejas armaduras, para vestirlas a los pueblos, que olvidaron usarlas, y que no podrían moverse con ellas en el siglo presente.

Parece cosa bien llana distinguir entre sostener con amor y defender con entusiasmo las murallas de Ávila, y aconsejar que se fortifique Ceuta con arreglo a tal modelo, y eso es, sin embargo, lo que no aciertan a entender aquellos que me acusan a diario de inconsecuencia, porque defendí y defiendo los fueros y costumbres regionales, donde quiera que existan, y no me avengo a defender que haya Cortes de Manresa, Consejo de los Cientos y Aduanas interiores en el Reino.

Francisco Silvela.

Otra noticia dice: Mañana se reúne en Madrid el Directorio de la Unión Nacional.

No se ocupará ciertamente en dirimir las cuestiones suscitadas entre los fabricantes de azúcar de Motril y los productores de caña de aquella tierra, a quienes los primeros inconsiderablemente explotan.

Tampoco estudiará el conflicto de las subsistencias que se nos viene encima con motivo de la subida de artículos tan importantes como el pan y la carne, ni prestará la menos atención a poner coto a los abusos que muchos industriales y comerciantes cometen con el público consumidor en el peso, calidad y medida de las especies.

En cambio, el directorio combinará los medios de tirar la piedra escondiendo el brazo, o de adoptar resoluciones extremas perjudiciales al interés del Estado, poniéndose a cubierto de la responsabilidad personal que pueda caber a los individuos cuando aquellas no cuadren con las leyes o caigan dentro de las prescripciones del Código.

Convenimos con el señor ministro de la Gobernación, en que el comercio y la industria son los primeros y más directamente interesados en que no se altere la tranquilidad pública y que a nadie tanto como a ellos importa la paz de los espíritus y la concordia de todos los elementos sociales del país.

Pero por nuestra parte, antes que en el patriotismo de los correligionarios de Paraíso y de Costa, confiamos en la eficacia de las leyes y en las energías que el Sr. Dato desarrollará de seguro, cuando llegase al caso de aplicarlas a los que traten de eludirlas, en menosprecio del principio de autoridad y en desobediencia a los acuerdos de las Cortes.

Mientras el flamante partido permanezca en actitud correcta procurando ganarse creyentes con sus propagandas, bien será que disfrute de todos los derechos consignados en la Constitución; pero desde el momento en que trate de provocar la rebeldía en una u otra forma, directa o indirectamente, lo prudente será constreñirlo al cumplimiento del deber mediante los procedimientos que son de rigor en casos de la misma naturaleza.

Lo hemos dicho muchas veces; si en lo que se refiere a la organización interna de un partido no caben impedimentos del lado de las autoridades, en cuanto este partido pretende invalidar la acción del Estado por medio de excitaciones o de consejos subversivos, su existencia, por perturbadora, no puede consentirse en buena doctrina de derecho constituido.

Un partido que aconseja la resistencia al pago de los tributos, es tan ilegal como el que toma las armas para transformar por la fuerza las instituciones o para sustituirlas por otras.

Hay más, entre el que proclama la revolución, franca y abiertamente, exponiéndose cuando no triunfe, a sufrir con todas sus consecuencias la ley del vencedor, y el que va por las encrucijadas de la hipocresía subvirtiendo el orden del Estado y tendiendo a ejecutar contra éste actos rebeldes a la sombra de la impunidad, siempre será más digno de consideraciones y de admiración el primero que el último.

En el uno, incide la generosidad que presta el valor de las convicciones llevadas hasta el sacrificio. En el otro el egoísmo de que todo lo quiere sin comprometer una gota de sangre ni un billete de cinco duros. Aquel suele obrar por la obsesión de una idea que lleva en si misma la imagen del patriotismo tal como se le retrata en el corazón y en el cerebro.

Este va a la lucha del tanto por ciento a la supremacía de la clase explotadora sobre las clases explotadas.

Un periódico de la noche, hablando del nombramiento de senador vitalicio a favor de D. José Echegaray, escribe lo siguiente: “Esta tarde hemos tenido ocasión de hablar con el Sr. Echegaray, a quien interrogamos a propósito de su nombramiento de senador vitalicio.

El insigne dramaturgo nos ha manifestado que no tiene de dicho asunto más noticias que las publicadas por la prensa, puesto que nadie le ha hecho indicaciones de ninguna clase.

Lo que si pueden ustedes afirmar -nos dijo- es que jamás, jamás volveré a ocuparme de la política, ni nada que se relacione con ella”.

FUENTE: ANTONIO VERDÚ FERNÁNDEZ

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