VIDA DE CATALINA ASIEGO DE MENDOZA Y VALDÉS

POR FRANCISCO JOSÉ ROZADA MARTÍNEZ, CRONISTA OFICIAL DE PARRES-ARRIONDAS (ASTURIAS)

CAPÍTULO (I)

En los muy antiguos “Padrones de distinción” que conservamos en el concejo de Parres desde el lejano año 1653, aparecen personajes muy interesantes, aunque en estos documentos jurídicos de valor probatorio destacan los conocidos como miembros de la hidalguía.

Protocolos que duermen el sueño de los siglos aguardando que alguien les rescate y -como Lázaro de Betania- los resucite, poniendo negro sobre blanco tantos aconteceres como atesoran.

Quién te iba a decir, muy querida Catalina, que cumplidos ya más de trescientos años de tu nacimiento, alguien se habría de interesar por tu larga y fascinante vida, desconocida hasta hoy.

Recrearla es todo un placer sin olvidar el amplio significado que la palabra “leyenda” otorga a quien la utiliza.

Primogénita de Ramiro Asiego de Mendoza y Flórez (togado de la Real Audiencia o Chancillería de Oviedo) y de Jacinta Valdés Valle, dicen los documentos que perduran en el tiempo que fuiste bautizada en la capilla de Ntra. Sra. del Rosario, en la iglesia parroquial de San Juan de Parres, un otoñal 30 de noviembre de 1720.

Tu abuelo paterno, Jacinto Asiego de Mendoza Maldonado había pertenecido al Consejo de su Majestad Felipe IV, llegando incluso a conocerle personalmente tu padre cuando era un niño; así no es extraño que en tu casa ocupase un lugar de privilegio el regalo que le hizo Mariana de Austria, la segunda esposa del que era conocido como “El Grande”, o “El Rey Planeta”.

Al parecer, el caballito de madera que -a modo de juguete- el pequeño Ramiro trajo de la Corte, era siempre el objeto por el que se interesaban en primer lugar los visitantes que acudían al Palacio de Robledo, llegando a decirse que había pertenecido al emperador Fernando III del Sacro Imperio Romano Germánico, padre de Mariana y abuelo de Carlos II “El Hechizado”.

En cualquier caso, tú siempre dijiste que el caballito era tuyo, aunque primero tu hermano Álvaro -y Cosme después- pretendiesen quedarse con él, como varones cuyos derechos prevalecían sobre los tuyos.

Sí, no se me olvida que tu abuelo Jacinto también había sido Contador Mayor de la Cruzada y que -las pocas veces que le viste- te contó tantas historias de su vida y andanzas, que te hubiese gustado haberlas vivido con él, porque un mucho de aventurera, trotamundos y no poco bohemia, fueron parejos con tu vida, tanto en el concejo de Parres como en los otros lugares por donde viajaste.

Tu nodriza, María Mata Blanco (del lugar de Buejes (después Hueges, Huexes y ahora Güexes) y tu maestra de primeras letras Beatriz Cortés (de Santianes de Tornín) siempre hablaron muy bien de ti, entre sorprendidas por tu vivacidad y boquiabiertas con tu inteligencia y buen hacer.

El cura párroco de San Juan te asentó en el libro de nacimientos aquel mismo día de San Andrés, 30 de noviembre, y te bautizó al día siguiente -primer domingo de diciembre de aquel año bisiesto- en la capilla de Ntra. Sra. del Rosario, en la citada iglesia parroquial.

Que don Fernando del Busto cometiese un error al anotar el año fue un descubrimiento tuyo poco antes de cumplir los ocho años, pues donde debiera decir MDCCXX, el cura había anotado MDCXX, y no era lo mismo tener casi ocho años que cien más.

No es de extrañar que don Fernando siempre te gastase bromas con esta cuestión y que tú llegases a decirle alguna vez que, si en vez de bautizarte en San Juan de Parres, tus padres -Ramiro y Jacinta- te hubiesen llevado al que se llamaba Real convento de San Pedro de Villanueva, el prior Fray Melchor de La Bastida seguro que hubiese sido más puntilloso.

Por cierto, ¿te acuerdas del asombro que te causó -con sólo cinco años- ver a Fray Melchor sin hábito pescando en el río Sella como un ribereño cualquiera?

Con el tiempo se lo dijiste y él -muy ruborizado- te confesó que nunca antes ni después se le había ocurrido semejante atrevimiento, pero que aquel día del mes de julio el calor era insoportable, amén de que la pesca no era cosa de los frailes, pero a él le encantaba descalzarse y adentrarse unos metros en el río con su camisa y calzones de lino -planta que fue la auténtica señora de los campos astures-.

Por cierto, nunca conseguiste saber por qué Melchor de la Bastida ejerció su cargo de abad el doble número de años que sus antecesores, desde 1717 hasta 1725, ocho años en vez de cuatro.

Ciertamente quisiste mucho a ese monasterio, y con solo 17 años regalaste la pila bautismal que se conservó durante muchas décadas y -cuatro años después, en el año 1741- fue también regalo tuyo la veleta y la cruz que se colocó en la torre del Real monasterio.

Rodrigo de Andrade, abad en aquellos años, parece que atendió tu sugerencia de que se hiciese una imagen de san Benito, que acabó siendo la mejor talla que había en la iglesia, como se puede leer en el manuscrito que se conserva.

La casa y la torre que se levantó en El Pando fue el asiento original de tu familia en nuestro concejo, allá por el siglo XVI, aunque tu vida transcurrirá ya en el Palacio de Robledo, en un lugar cercano, pero más recogido.

Nunca se aclaró del todo si la Torre de Parres y la casa de El Pando formaban parte de un único edificio o no, pero sí es seguro que antecesores tuyos dieron su vida en 1640 por la monarquía hispánica en la sublevación de Cataluña o guerra de los Segadores, concretamente en aquel día llamado Corpus de Sangre, cuando fue asesinado el conde de Santa Coloma (virrey de Cataluña) donde los campesinos y segadores se rebelaron contra los abusos cometidos por el Ejército real.

Muchas veces oíste contar esa historia en tu casa cuando -un siglo antes- al clérigo arcipreste de Villaviciosa, Marcos de Asiego y Valdés (del que tanto hablaremos) imaginaba a su hermano Antonio (al que él llamaba “el mártir por la Corona”) defender la causa real, aunque a ti te resultaba chocante que los campesinos se hubiesen sublevado porque -entre otras cosas- acusaban al Ejército real de actos tan increíbles como haber cometido sacrilegios contra el Santísimo Sacramento -incendiado varias iglesias- y hasta haber violado a algunas mujeres.

Tu abuela materna, Margarita Valle Laria, recordaba a Marcos de verlo y escucharlo cuando era niña, y contaba que se le “desataba” la lengua al final de algunas comidas, imaginándose que daba un sermón, no desde el púlpito de Santo Tomás de Coro -de donde era párroco- sino en la mismísima Catedral de San Salvador, en Oviedo. Parecía echar fuego por los ojos, no escuchaba a nadie ni entraba en razones, todo él era “verbo florido”, como gustaba decir tu abuelo paterno, Jacinto Asiego de Mendoza Maldonado.

En las Juntas y Diputaciones del Principado de Asturias (en 1629) representaron al concejo de Parres antecesores tuyos, como el mayorazgo Sebastián de Asiego, y -tanto él como su padre y su hijo- fueron “familiares” del Santo Oficio, con todo lo que ello significaba, puesto que ser “familiar” era reconocer que sus funciones eran las de informar de todo lo que ocurriese dentro de la sociedad de la que formaban parte, a modo de una tupida red de espionaje.

Nombrados por los inquisidores de distrito, su dedicación se llevaba muy en secreto y los acusados nunca sabían quiénes habían sido sus delatores, hecho que los hacía temibles.

Albaceas y testamentarios nos dejaron en las actas notariales cuantiosos datos de gran interés en ese lugar y otros relacionados con el Palacio de Robledo que -por cierto- se cita en algunos documentos como situado en el lugar de Parres en el término que llaman Robredo.

Apreciada “Niña del Palacio” (como te conocían muchos vecinos y amigos), nosotros te valoraremos por tus hechos, no por los que tus antepasados y sucesores hicieron o dejaron de hacer.

FUENTE: https://www.facebook.com/franciscojose.rozadamartinez

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