POR LEOCADIO REDONDO ESPINA, CRONISTA OFICIAL DE NAVA (ASTURIAS)

Estaba leyendo que el tanatorio de Nava se había inaugurado en 2001, y esto me llevó a pensar en que forma la entrada en servicio del citado equipamiento había cambiado ciertos hábitos arraigados en los pueblos desde hace siglos, como, por ejemplo, el de la vela. Y, como nací en 1946, lo que cuento a continuación es lo que conocí y me tocó vivir en lugares de la parroquia de Cecea como El Tropel, Los Llendones, La Piedra, Grandiella, Ali, La Vega de Cecea, La Cueva, etcétera, en cuyas casas, cuando llegaba la noticia de la muerte de un vecino, se asumía de inmediato el compromiso de acudir sin falta a su domicilio, para acompañar a la familia en el pesar por la falta y estar presentes en el rezo de la oración tradicional.
Como por entonces casi todo el mundo era propietario de ganado vacuno, lo primero que solía hacerse era ordeñar y dejar arreglados los animales en la cuadra; después se cenaba algo ligero y luego se procedía a cambiar la ropa diaria de faena por otra un poco más presentable (pero sin llegar a la reservada para los días de fiesta), para salir de casa y acercarse a la de la vecina o vecino fallecido. Bien se sabe que la gente falta en todos los meses del año, pero yo voy a hacer hincapié en los decesos que ocurrían por el invierno, porque era entonces cuando las dificultades para trasladarse eran mayores, ya que no solo había que hacer el camino de noche, sino contar con el mal estado que por lo general presentaban los caminos.
Era complicado caminar de noche porque no existían los puntos de luz que hoy tenemos en la aldea, y entre cada casa y casa lo que imperaba era la oscuridad sin paliativos. Cierto que había viviendas con mejor acceso, pero eran las menos, y el recorrido, con lluvia, viento o frío (pues entonces xelaba en condiciones) había que hacerlo por caneyes, caneyones y caminos de carru en los que solía abundar el barro y los charcos más o menos profundos, o bien por senderos y atayos abiertos en las fincas, cuando los había, pues conviene recordar que tampoco existían las carreteras, pistas y caminos que se construyeron o mejoraron después.
De modo que bien abrigados, y calzando madreñas, o botas, o chanclos, y con la ayuda de una linterna, si la había, y un palo en el que apoyarse, iban los convecinos acercándose en procesión hasta la casa del deceso. Luego, lo que al llegar solía ocurrir más habitualmente era que las mujeres pasaran al interior de la vivienda, bien a la cocina, bien al medio de casa, para acompañar en el duelo especialmente a la parte femenina de la persona fallecida, cosa que hacían con la naturalidad y la disposición adecuada y requerida por el momento, que es, a mi entender, una condición innata en el género femenino.
Mientras los varones (más retraídos en general según mi criterio y vivencias), después de acreditar la presencia y hacer constar la condolencia al dar el pésame a los familiares, solían agruparse ante la entrada de la vivienda, en el portal y la antoxana o, si la lluvia o el frío lo requerían, a buscar acomodo bajo techado, bien en el tendejón, bien bajo el horru, porque ese día los espacios solían estar abiertos y disponibles. (Por cierto, recuerdo casas con perro de malas pulgas, pero en estas circunstancias el can desaparecía, como si él también estuviera de luto).Y allí se estaba, charlando en voz baja, a la espera de que empezara el rezo del santo rosario, que acostumbraba llevar a cabo una vecina habituada a hacerlo, pues había familias en las que existía la costumbre de rezarlo a diario.
El inicio del rosario era como una señal, a partir de la cual todo el mundo pasaba a guardar un silencio respetuoso, acompañando voluntariamente a la orante guía en el desgranar minucioso de los misterios correspondientes, que terminaba, como el rumor cambiante del mar, con el bisbiseo continuado del ora pro nobis, que se mezclaba con el repicar sordo del agua en paraguas y tejados si la noche era lluviosa.
Y como se consideraba de mal gusto abandonar el lugar en cuanto terminaba el rosario, todavía quedaba un tiempo para entretenerse charlando un rato antes de que cada uno tomara el camino de vuelta. Porque se había cumplido el compromiso de asistir a la vela, con todo lo que ello significaba, pero quedaba pendiente para el día siguiente el asunto, no menor, de acudir al entierro y al funeral. Pero esa ya sería otra cuestión.
Esto es lo que yo conocí. En cualquier caso creo que un ritual tradicional, o por lo menos sus formas, como parte de un rito de paso cuya antigüedad probablemente hunda sus raíces en los antiguos tiempos en los que género humano empezó a honrar a sus muertos, se ha modificado, o desvanecido, en unos pocos años.
FUENTE: L.F.E.
Calendario
| L | M | X | J | V | S | D |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 |
| 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 |
| 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 |
| 22 | 23 | 24 | 25 | 26 | 27 | 28 |
| 29 | 30 | |||||