POR FULGENCIO SAURA MIRA, CRONISTA OFICIAL DE CRONISTA OFICIAL DE FORTUNA Y ALCANTARILLA (MURCIA)
Estamos en Cuaresma, una etapa previa a la Semana de Pasión que nos habla de ayuno y penitencia una vez que don Carnal ha gozado en demasía y llenado su cuerpo de viandas en época de Carnestolendas. Solo que con la “ vieja flaca e vil carnosa “ de nuestro Arcipreste las cosas cambian y hay que darle al alma lo suyo, austeridad en la pitanza y generosidad en la limosna. Y es así como las pedanías de Abanilla reciben este tiempo penitencial una vez que transcurre el miércoles de ceniza que nos dice que somos polvo.
Lo que sucede es que al pueblo se le figura que es larga la penitencia, cuarenta días desalojados de placeres, que hay darle un descanso al cuerpo y dejarlo retozar a mitad de la roñosa Cuaresma, lo que se ha considerado por la etnografía como “ Partir la Cuaresma”, tema muy estudiado por Caro Baroja en su célebre obra con una especial resonancia en Madrid en referencias goyescas en las que incide Mesonero Romanos. Es así que se representa a la Cuaresma con siete piernas y a mitad del tiempo cuaresmal se aserraba a la vieja. La potencia de la imagen, el hecho de aserrar a la misma señala unas notas tenebrosas que dejaban el pasmo en el argot popular, pero a la vez representaba algo que formaba parte del sentimiento del pueblo. Dar sentido a ello lleva a algunos como Frazer a señalar que se trata de partir la muerte con referencia a la Cuaresma.
Las circunstancias por las que este evento pasa a otras regiones deja cierto vacío que nos llevaría a otras reflexiones, el hecho es que esta costumbre se desarrolla en pueblos murcianos como Abarán y Abanilla, cada uno con sus propios matices. En nuestro libro “Abanilla, Carnaval y Semanas Santa” damos detalles del tema advirtiendo, en un viaje por sus moriscas pedanías en el año 2009 de ese evento popular de “Partir la vieja” a mitad del tiempo cuaresmal, lo que se manifestaba en las carnavalescas figuras dispuestas en un balcón junto al Ayuntamiento de Abanilla, a modo de muñecos enfundados en ropajes coloristas, hombre y mujer, como incitando a reflexión. De gran impacto aparecía en el balcón de Lola “La Mona” con una sola figura con harapos pintados de amarillos y rojos Que otros había en calles recoletas. Versiones de toda índole nos daban sus vecinos avalados por una tradición de sus antepasados ignorando sus razones.
En dirección a pueblos del interior atravesando aldeas tan desconocidas como bellas en un paisaje edénico Aparece El Cantón entre sierras, donde con más intensidad se celebra esta costumbre mostrada en una cantidad de escenas por sus calles donde aparecen figuras a modo de moharrachos tan graciosamente ataviadas, a veces con rostros solanescos que impresionan, los mantienen hasta entrada la noche. A este respecto los vecinos de la calle de Santa Ana desde hace más de cincuenta años configuran unas figuras de viejos que disponen adecuadamente en las puertas de las casas. Lo hacen por tradición sacando de sus arcones las ropas más antiguas que ya utilizaban sus abuelas. Doña Esposoria la más anciana del lugar nos refirió todos los pormenores de esa tradición, con tantos datos que daría para mucho. Se celebraba así mismo el “Día de la vieja” con cierto regocijo y celebrándolo con una comunal pitanza a base de “ trigo picao “, y por la tarde los jóvenes iban a la sierra a merendar. Señalaba que su padre José se disfrazaba de viejo con una careta que “daba susto” y los críos .le tiraban piedras como a ella que se solía disfrazar de viejo con un sombrero que perteneció a su padre, su figura misma plantada en el portal de su casa era fantasmal. No le faltaba argucia a los vecinos para poner una pareja de viejas demacradas en una de las calles del pueblo como lo hizo en una ocasión Ascensión Marcó Torá , que daba risa y temor a los jóvenes, que en el arte de pergeñar muñecos de paja se distinguían Josefa Rocamora y María Vives Pérez que ellas mismas se vestían y se colocaban en lo Alto de la calle de San José. Nuestro viaje por estas pedanías en tiempo tan señalado gratificaba en demasía por ese sabor de tradición popular en la presencia de los peleles, a modo de viejos pertrechados con desaliñados ropajes que inundaban calles y balcones y que al caer de la tarde depositaban en el visitante asombro y misterio. Sabemos que El Cantón en esta fecha vive con fuerza esta tradición de “ Partir la Vieja” en el empeño de recrear una costumbre tan arraigada como necesaria para retener la crónica de su pasado.