POR MANUEL GARCIA CIENFUEGOS, CRONISTA OFICIAL DE MONTIJO Y LOBÓN (BADAJOZ)
Allí, en la sombra, las cantarillas del agua fraguaban la canción del espacio productivo de las eras. Las mulas tiraban del trillo dando vueltas sobre la parva. Después faenas con la rastra, el bieldo y la pala. En los pozos abrevaban las bestias tras un largo día de trilla. Unas manos de oficio ahechaban el grano en la criba.
Brazos bien dispuestos que agarraban la cuartilla para medirlo, cargando, llenos de trigo desnudo, los costales de lona en el carro, conducidos al granero bajo el resoplido del tiro de mulas y el rebuzno de un burro tordo y entero. Así transcurría aquel rito del ciclo que, en su esencia, en su raíz, traía la vida, la dureza de los quehaceres y sus días. Arar, sembrar, cuidar, segar, trillar y almacenar.
Es la historia de muchos hombres, hombres anónimos, que se levantaban bajo una orden dada por el sol, de esa luz clara que purifica vistiendo la mañana de femenino, por la devoción y oficio que da el campo. (Pozo en las eras, cerca de la huerta de Pedrito, el de la Gregoria)
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