POR HERMINIO RAMOS, CRONISTA OFICIAL DE ZAMORA

No hay nada semejante a esta singularísima composición que ofrece el río Duero cuando se contempla a su paso por la ciudad. Esa trilogía que forman la geografía, el paisaje y la historia. Los tres elementos constituyen un conjunto de tal belleza que es muy difícil encontrar nada parecido a todo lo largo y ancho del territorio nacional.
La geografía ha sido el factor determinante, con el cerro donde se asienta la ciudad que ofrece todas las características de un mirador natural único, no siempre aprovechado. Pero sí muchas veces mal utilizado, cuando no mal ocupado por esos depredadores de ocasión que siempre están activos, aunque la culpa no es solo de su avaricia, sino de quien o quienes se lo permiten. Y si ese mirador es único, no lo son menos las características que el bueno del Duero nos da. Todo con esa placidez incomparable que desde la vecina Toro ofrece, como si quisiera quedarse para siempre en esta llanura por la que zigzaguea incansable, con una pendiente que no supera los treinta centímetros por kilómetro hasta pasar el Puente de Piedra y la zuda de Olivares. Pero en ese tramo plácido y sosegado nos ha dejado esas dos grandes islas como grato recuerdo de las Tierras de Campos y del Pan, dos parques bellos y acogedores, las Pallas y los Conejos, dos parques de recreo que esperan su puesta a punto. Hasta en esto el padre Duero ha querido dejarle a su ciudad amada el único ejemplo de los ríos de la península que ofrece un doble perfil. El primero termina en este tamo que completa este paisaje urbano de primerísima categoría, y cuyas orillas en este momento están tratándose con esa atención y deferencia que el conjunto merece.
Y si de la historia hablamos y junto a todo lo que la ciudad guarda y mantiene, sin contar lo que los depredadores se han llevado por delante, tenemos un conjunto de ricos recuerdos históricos de sus orillas y de su margen izquierda desde la Fuente de los Compadres hasta pasada la ermita de la Cruz, con más de una docena de recuerdos históricos. Y para que no queden dudas sobre el conjunto, en medio una de las grandes obras de la Edad Media la Puente Mayor que Alfonso VII el Emperador (1126-1157) mandó levantar en 1151 con motivo de su visita a Martín Cid, hombre de grandes virtudes, en su Hospedería de Bellofonte donde el monje Bernardo levantaría el Monasterio de Bellofonte. De aquella regia visita no solo el Puente, sino se inicia la construcción de la Catedral y una iglesia dedicada a María Magdalena.
Pero hoy es solo el Puente nuestra llamada de atención, y a él le dedicamos la máxima atención y cuidado para el que pedimos un trato exquisito. Si de algo se tratara sea por obligación devolverle los atributos que las necesidades de aquellos momentos obligaron a privarle. Ya tenemos en la historia de la ciudad bastantes atropellos y barbaridades sin cuento para que por una vez se recupere con un gesto algo tan digno, serio y noble. El puente es intocable salvo para devolverle lo que se le quitó y romper ese paisaje me parece un atropello más de la ciudad en su conjunto.
Fuente: http://www.laopiniondezamora.es/