POR ANTONIO SÁNCHEZ DEL BARRIO, CRONISTA OFICIAL DE MEDINA DEL CAMPO (VALLADOLID).

La Fundación Museo de las Ferias expone hasta este mes de agosto la espada llamada «de Cristóbal de Mondragón»
De la Fuente-.La Fundación Museo de las Ferias, bajo la dirección del historiador Antonio Sánchez del Barrio, sigue el curso habitual de su ciclo de «La obra destacada». En este caso, hasta este mes de agosto, el interior de este espacio cultural mostrará al público la espada llamada «de Cristóbal de Mondragón». El investigador Fernando Ramos, encargado de su estudio, se adentra en la anatomía del arma con minuciosidad de orfebre. “La hoja es ancha y recta, de doble filo corrido y tres mesas por lado; en el tercio fuerte dos vacceos o acanaladuras por cada lado, entre las cuales va grabada la inscripción”, describe. Un grabado que revela el nombre de su forjador: Luis de Ayala, heredero de una saga de maestros espaderos toledanos cuya fama alcanzó Europa en los siglos XVI y XVII.
La pieza combina elementos de distintas épocas: una hoja robusta, propia de finales del siglo XVI, y una guarnición que responde ya a modelos del primer cuarto del XVIII. Así, el arma se convierte en una paradoja material: un objeto rehecho, a caballo entre dos siglos, que pasó de ser instrumento de guerra a reliquia de familia.
Los Ayala, asentados en Toledo, fueron célebres por la calidad de sus aceros. El padre, Tomás, llegó a ser “uno de los forjadores más demandado y, con frecuencia, más copiado”, mientras que el hijo, Luis, firmó con su nombre la hoja de esta espada.
Pero el misterio se concentra en sus conchas decoradas, de cuya iconografía emerge la huella de los Mondragón. Leones, dragones y un águila bicéfala dialogan en el hierro con un lenguaje heráldico inequívoco: “No cabe la menor duda de que la representación de los dragones obedece a su utilización como símbolos parlantes del apellido Mondragón”. De este modo, la tradición atribuye el arma al célebre Cristóbal de Mondragón, el “héroe de Zierikzee”, militar al servicio de la Monarquía Hispánica en las campañas de Flandes.
El contraste entre la hoja antigua y la guarnición más moderna hace pensar en una recomposición: quizá, sugiere Ramos, el arma fue montada de nuevo en los inicios del siglo XVIII por algún descendiente del linaje, ya no como herramienta de combate, sino como “reliquia memorable” destinada a preservar la memoria de su glorioso antepasado.
La espada, con su vaina de terciopelo verde gastado y ribetes de plata, se alza hoy como objeto de contemplación y como metáfora del paso del tiempo: acero forjado en la frontera de las guerras, transformado en símbolo íntimo de una estirpe. Un vestigio que une la fragua de Toledo, las campañas de Flandes y la devoción familiar en una sola hoja.