POR GOVERT WESTERVELD, CRONISTA OFICIAL DE BLANCA (MURCIA)
Todos ellos, excepto el árbol de lima, aparecen en los versos de Ibn Khafaja, el gran poeta de jardines del siglo XI en Valencia. Sus poemas no solo hablan de la naturaleza; la respiran. En sus líneas se percibe el aroma de las flores, el susurro de las hojas y la sombra fresca de los huertos. Para él, la naturaleza no era un simple escenario: era un compañero vivo de los sentimientos, un espejo del alma humana.
Estos árboles —albaricoques, granados, palmeras datileras, limoneros, naranjos, higueras, perales, olivos, almendros y otros— no solo se cultivaban, sino que se moldeaban con cuidado y sabiduría. Mediante injertos, riegos precisos y selección meticulosa de semillas, nacían nuevas variedades, y los huertos se transformaban en auténticas obras de arte vivientes, donde la ecología y la cultura se entrelazaban. El árbol era más que alimento: era símbolo de cuidado, de belleza y de profunda conexión con la tierra.
Hoy, algunos de estos árboles parecen casi desaparecidos. Las dulces manzanas de Blanca, antaño una joya regional, apenas se encuentran ya. Los periódicos del siglo XIX recuerdan un tiempo en que su nombre resonaba en todos los mercados: “¡Peros de Blanca, peros!” Ahora quedan solo ecos del pasado, atrapados en archivos y en la memoria de quienes los conocieron. Y, sin embargo, aquel pasado no ha muerto. Se mantiene vivo, no como un museo, sino como un susurro que se percibe: en el aroma de los cítricos, en la sombra de un muro, en el silencio de un patio interior.
El fragante patio de Blanca: Filosofía de los árboles frutales en la poesía de Al-Ándalus
