POR LEOCADIO REDONDO ESPINA, CRONISTA OFICIAL DE NAVA (ASTURIAS)
Cuando, la tarde del miércoles, descolgué el teléfono y escuché la voz de Pedro, ya antes de que me comentara nada intuí el motivo de la llamada, y se me vino el mundo encima. Nos había dejado Pepe.
Uno sabe perfectamente que tiene que pasar, que un día tiene que llegar, porque todos los datos apuntan hacia ahí, pero haces por alejarlo de tu mente y, cuando, fatalmente, llega el momento, lo sientes como un amargo mazazo.
Es complicado, o muy sencillo, explicar sobre el papel lo que significa un amigo, y lo que supone su pérdida. Porque yo tuve la suerte de ser, a lo largo de los últimos años, amigo de Pepe el de Tresali, es decir, José María Díaz González. Un paisano, un hombre, en toda la extensión de la palabra. Con sus defectos, probablemente, como todos, pero con la suma de sus virtudes, su dignidad y su hombría de bien muy por encima de ellos.
Una amistad que empezó cuando tanto Pepe como Manolo Barbón me admitieron en su grupo, en el que pusimos en práctica la noble costumbre de tomar el café por Nava los sábados por la mañana, que mantuvimos hasta anteayer. Y fue él, por cierto, el que con ilusión, anclada en su juventud, se preocupó de “bautizar” el lugar habitual donde la paisanada se junta los sábados, que yo conozco como “el senado”, auspiciando la colocación de una placa que dice: Punto de reunión.
Tenía su genio Pepe, gracias a Dios, pero no era menor su agudeza y su afilado sentido del humor, que pude disfrutar a menudo en su compañía, y puedo decir bien alto que, en tantos años de relación que mantuvimos, primó siempre, por parte y parte, la fluidez en el trato, la confianza, el respeto y la mutua aceptación de nuestras respectivas maneras de ser y pensar. En resumen, estábamos de acuerdo en algo esencial, como es la amistad y la voluntad de entenderse por encima de todo.
Aporto un ejemplo. Un día, cuando llevábamos años compartiendo las mañanas sabatinas, va y me dice: “Oye, Calo; fai ya tiempu que tomamos el café juntos y nunca discutimos”. Respuesta: “¿Y pa qué vamos a empezar ahora, Pepe?”. “Tienes razón; vamos a dejalo así”.
Queda para la historia su trayectoria profesional como contratista de obras relacionadas con el mundo de las traídas y conducciones de agua, llevadas a cabo tanto en nuestro concejo (entre las que se cuenta la que dio origen a la senda de las Foces del Pendón, hoy tan conocida), como en otros varios municipios de Asturias, y quedan como testigos de su afición los miles de pumares que plantó en su decena de bien atendidas pumaradas, por las que también recibió premios, como cosechero precursor (que estuvo en el inicio de Grusifás) y de reconocido prestigio que era.
Porque Pepe fue sin duda un hombre trabajador, que no tuvo más remedio que abrirse paso en la vida por sí mismo, al quedar huérfano de padre a muy corta edad, y ser el primero de sus siete hermanos, con lo que ello significaba en aquellos complicados tiempos de posguerra.
He intentado tener por Pepe todo el afecto y el cariño que estimo se merecía, cosas que guardaré para siempre en mi corazón, pues él, que era recio, pero entrañable y cariñoso a su manera, nunca me decepcionó. Antes al contrario, detallista y atento, me sorprendió siempre muy gratamente. Porque la verdad es que hubo entre los dos un cierto entendimiento desde que empezó nuestra relación, y aquí no cabe engañarse al respecto, pues el que le conocía sabía bien que era él el que escogía a sus amigos.
Me queda ahora, amigo Pepe, superar el hueco de su ausencia, pero también me ayudará a ello tener presente el recuerdo de tu figura, alta y delgada, de tu sonrisa y de tantos momentos inolvidables pasados juntos, en compañía de Manolo Barbón, y las múltiples conversaciones y anécdotas que disfrutamos, generalmente en torno a un café, producto del que, por cierto, tenías a gala entender. Y me quedo, también, con la lección de entereza con la que hiciste frente a los últimos tiempos. Porque merece admiración y respeto.
En definitiva, amigo Pepe; sé bien que fuiste muy feliz trabajando en tu finca del Baín, que era un poco el centro de tu mundo. Ahora, justamente, puedes descansar, bien cerca, en paz y para siempre. No te olvidaré. Y vaya para la familia mi más sentido pésame.
FUENTE: L.R.E. Publicada en La Nueva España, Viernes, 12 de septiembre 2025, página 10.
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