POR MARÍA DEL CARMEN CALDERÓN BERROCAL, CRONISTA OFICIAL DE CABEZA LA VACA (BADAJOZ)

En las últimas décadas del siglo XX, la lucha contra el crimen organizado en Italia se intensificó gracias al compromiso de numerosos magistrados que, desafiando al poder mafioso, buscaron restablecer el imperio de la ley en territorios profundamente marcados por la ilegalidad.
Rosario Livatino, el juez mártir, símbolo de justicia y fe en Sicilia frente al poder mafioso
Entre estas figuras, Rosario Angelo Livatino (1952–1990) destaca no solo por su integridad profesional, sino también por la dimensión espiritual que marcó su ejercicio judicial. Asesinado a los 38 años por la mafia siciliana, su figura ha adquirido un valor emblemático que trasciende lo jurídico, siendo reconocido como mártir por la Iglesia católica. Este ensayo examina el significado ético, cívico y religioso de la figura de Livatino, abordando su legado como juez, su martirio como consecuencia de su fidelidad a la justicia y su posterior beatificación como símbolo de una lucha en la que convergen legalidad y fe.
Durante los años ochenta y noventa, Sicilia vivía una escalada de violencia impulsada por organizaciones mafiosas como la Cosa Nostra y la Stidda. En este contexto, Livatino ejerció como juez de instrucción en el tribunal de Agrigento, sin escolta ni protección personal, lo que da cuenta de su concepción del servicio público: actuar con firmeza sin convertir el cargo en una plataforma de poder personal.
Su trabajo se caracterizó por el rigor técnico, la independencia frente a las presiones externas y una notable reserva, atributos que le valieron el respeto incluso entre quienes no compartían su visión cristiana de la justicia.
Livatino consideraba que la justicia debía ejercerse no sólo como una función del Estado, sino como una vocación moral. En sus escritos privados, señalaba que el juez creyente no puede renunciar a la dimensión ética de su tarea, pues «administrar justicia es participar en la obra de Dios«. Esta perspectiva lo llevó a oponerse abiertamente al uso de prácticas corruptas y a combatir con valentía las redes de poder que vinculaban a las mafias con sectores políticos y económicos.
El asesinato: martirio civil y religioso
El 21 de septiembre de 1990, cuando se dirigía al tribunal conduciendo su propio automóvil, Livatino fue interceptado y asesinado por sicarios de la Stidda habiendo sido el crimen cuidadosamente planificado. Se entendió esta ejecución como represalia por su obstinada labor contra las finanzas ilegales de la mafia.
Su muerte generó una fuerte conmoción nacional, en un momento en que también otros magistrados como Giovanni Falcone y Paolo Borsellino eran objeto de amenazas y atentados.
La figura de Livatino comenzó a adquirir connotaciones que excedían el ámbito judicial. Juan Pablo II, pocos años después, lo definiría como “mártir de la justicia y, de forma indirecta, de la fe cristiana”, aludiendo al hecho de que su lucha por la legalidad estaba inspirada en una profunda fe vivida con discreción, pero con radical coherencia. En efecto, Livatino nunca usó su religiosidad como discurso público, pero sí como fundamento íntimo de su compromiso con el bien común. Fue esta coherencia entre creencia y acción la que finalmente condujo a su beatificación.
Ya es beato
En la ciudad siciliana de Canicattì, provincia de Agrigento, se vivieron recientemente días marcados por la solemnidad y la devoción en torno a la figura del Beato Rosario Angelo Livatino, juez asesinado por el crimen organizado en 1990.
En diciembre de 2020, el Papa Francisco aprobó el decreto que reconocía oficialmente el martirio de Livatino in odium fidei, es decir, como víctima del odio a los valores del Evangelio encarnados en su vida.
La ceremonia de beatificación tuvo lugar el 9 de mayo de 2021 en la Catedral de Agrigento, en una fecha altamente simbólica: el aniversario del célebre discurso de Juan Pablo II en el Valle de los Templos, en el que exhortó a los mafiosos a la conversión bajo amenaza del juicio divino.
Recientemente, los restos del juez fueron trasladados a la iglesia de Santa Chiara en Canicattì, donde están expuestos a la veneración de los fieles. Un detalle que ha generado una profunda impresión es el estado incorrupto del cuerpo, interpretado por algunos como signo de santidad, aunque la Iglesia no lo ha confirmado como fenómeno milagroso. Para su exposición, se utilizó una máscara de silicona que reproduce fielmente su rostro, símbolo visual de una vida ofrecida sin concesiones.
Livatino representa hoy una figura puente entre el ámbito civil y el religioso, entre el Estado y la fe. Su testimonio interpela a los juristas, pero también a todos los ciudadanos, recordando que la justicia no puede separarse de la ética, y que la lucha contra la corrupción requiere una firmeza espiritual que muchas veces solo puede sostenerse desde convicciones profundas.
Está presente
Su memoria, lejos de desvanecerse con el tiempo, ha cobrado renovado vigor tras el traslado de sus restos desde el cementerio local hasta la iglesia de Santa Chiara, donde ahora pueden ser venerados públicamente.
Este evento, que reunió a numerosos ciudadanos, fieles, autoridades eclesiásticas y representantes civiles, fue considerado por el arzobispo Alessandro Damiano como una ocasión significativa no sólo para la comunidad local, sino para todos los comprometidos con la causa de la justicia y la legalidad.
La figura de Livatino ha pasado a encarnar precisamente esos valores: la integridad, el coraje y la fidelidad a la verdad, incluso ante las amenazas del poder criminal.
Conservación intacta de su cuerpo
Un hecho que llamó especialmente la atención durante el proceso de traslado fue el estado de conservación del cuerpo del juez, descrito como “incorrupto”, símbolo de santidad, esto impactó profundamente en quienes participaron en la exhumación.
Para facilitar su exposición a los fieles, se elaboró una máscara de silicona que reproduce fielmente su rostro, permitiendo preservar tanto el respeto por sus restos como el impacto visual de su testimonio.
Rosario Livatino tenía apenas 38 años cuando fue emboscado por cuatro sicarios vinculados a la organización mafiosa Stidda, competidora de la Cosa Nostra. El ataque ocurrió el 21 de septiembre de 1990, mientras se dirigía sin escolta al tribunal. Su asesinato fue motivado por su firme lucha contra las estructuras mafiosas y su ética incorruptible, que lo convirtió en un objetivo para las organizaciones criminales que buscaban intimidar al Estado de Derecho.
Mártir
Su muerte fue reconocida posteriormente por la Iglesia como un acto de martirio. Un martir en pleno siglo XXI, pero hay muchos más. El Papa Juan Pablo II lo definió como “mártir de la justicia y, de modo indirecto, de la fe cristiana”.
Años más tarde, el Papa Francisco firmó en diciembre de 2020 el decreto que reconocía oficialmente su martirio in odium fidei, abriendo así el camino para su beatificación, celebrada el 9 de mayo de 2021 en la catedral de Agrigento.
Esta fecha coincidió simbólicamente con el aniversario de la enérgica denuncia que el propio Juan Pablo II dirigiera a los mafiosos en el Valle de los Templos en 1993: “¡Convertíos! ¡Llegará el juicio de Dios!”.
El Beato Rosario Livatino hoy
La figura del Beato Rosario Livatino se proyecta hoy como un referente moral no sólo para juristas y políticos, sino para toda la sociedad. Su vida y su muerte continúan inspirando a quienes creen que la justicia no es una utopía, sino un deber que puede y debe cumplirse, incluso cuando el precio es la vida misma.
El testimonio de Rosario Livatino trasciende la tragedia de su muerte. En él se conjugan la excelencia profesional, la integridad moral y una fe silenciosa pero firme, que lo llevó a entregar su vida en fidelidad a sus principios. En un tiempo en que la justicia se ve frecuentemente cuestionada, su figura resurge como referente de esperanza, especialmente para las nuevas generaciones de jueces, abogados y ciudadanos comprometidos con la legalidad. Su beatificación no debe entenderse como un gesto meramente devocional, sino como un acto político y espiritual que reafirma la necesidad de una justicia animada por el bien común, resistente ante el miedo, y fiel incluso ante la muerte.
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